La candidatura presidencial de Roberto Lavagna corre el riesgo de constituirse sólo por la vía negativa antes mismo de su postulación formal. En el radicalismo el debate sobre los pros y los contras de ese emprendimiento ha desatado una crisis que enfrentó al presidente del partido, Roberto Iglesias, con el líder «natural» de esa fuerza, Raúl Alfonsín. La discusión sigue abierta pero acaso tenga un remate el próximo martes.
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Para ese día está citada una reunión informal de análisis de la que participarán dirigentes importantes del radicalismo. Un avance de lo que puede suceder allí se registró la semana pasada, durante un encuentro similar, que se realizó en la Fundación Arturo Illia. Allí comenzó a esbozarse lo que podría decidirse el 31. Es decir, la decisión de dejar de lado cualquier candidatura a la Presidencia para, antes, establecer comunicaciones con sectores sociales y políticos que permitan una base mínima en la cual instalar a un aspirante.
El principal defensor de que antes de abrazarse a Lavagna hay que urdir una red independiente de cualquier pretensión personal fue Juan Manuel Casella. El ex embajador en Uruguay reapareció en la superficie del partido y le puso a los movimientos internos el inevitable signo anti-Moreau o anti-Storani que siempre tuvo su orientación política. Moreau, Storani, además de Alfonsín, son hoy los padrinos de la candidatura de Lavagna en la UCR.
Pesimismo
El planteo de Casella abre espacio a la tesis de Iglesias y de la bonaerense Margarita Stolbizer a favor de que el partido concurra a las urnas con una candidatura propia. También saca a ese proyecto del atolladero en que se encuentra: nadie cree que exista ese afiliado radical capaz de hacer que la sigla supere aquel 2% que le reconocieron a Moreau en las últimas presidenciales. Por eso para comprender con mayor claridad la propuesta de Casella conviene espiar su agenda de los últimos días.
Allí figura un almuerzo con Enrique Olivera, el radical porteño que acompaña a Elisa Carrió en el ARI. No es la primera reunión que mantiene Olivera con dirigentes destacados de la UCR. Ya antes había explorado en las inmediaciones de Iglesias («yo no puedo ir a una reunión con Lilita, soy el presidente del partido», se excusó el mendocino), a sabiendas de que la candidatura de Lavagna es vista por muchos radicales como un subterfugio de Alfonsín y los demás dirigentes clásicos de la provincia de Buenos Aires, destinado a evitar una embestida interna a favor de una renovación de liderazgos.
¿Hay motivos para conjeturar una alianza entre la UCR y el ARI que convierta a Carrió en la candidata de su antiguo partido? Por lo pronto existen conversaciones sistemáticas. Y también un dato alentador que Iglesias comunicó en la reunión de la Fundación A. Illia: «Si vamos con Lavagna los socialistas no nos acompañan; si vamos con Lilita podemos empezar a hablar».
Dificultad
Figura principal en este vínculo, Stolbizer mantiene una relación muy activa con Hermes Binner, el candidato a gobernador de Santa Fe por el PS. Para toda esta estrategia, sin embargo, los radicales que desdeñan a Lavagna encuentran una dificultad irónica. La propia Carrió le escapa a una candidatura radical. El razonamiento que se le viene escuchando a la jefa del ARI es muy similar al que esgrime Alfonsín cuando quiere eximirse de una alianza con el macrismo: « Kirchner va a ganar, ¿para qué desfigurarnos con asociaciones que nos desvían de nuestro sector ideológico?». No debería olvidarse una enemistad provinciana pero decisiva para toda esta operación: el odio del ex gobernador del Chaco, Angel Rozas, y de la diputada porteña. Tal vez ella se refiera a él cuando habla de deformaciones.En el caso de Lilita, este modo de pensar está envuelto en una profecía: hacia 2008 veremos una nueva hecatombe en la esfera pública, en forma de huracán, tsunami o terremoto. Las conversaciones entre la UCR y el ARI seguirán su curso, en medio de otras gestiones de aproximación como las que recomienda Casella. Pero todo el minué servirá a varios caciques radicales para tomar distancia, sin ofender, de la candidatura de Lavagna, a la que hace un par de meses parecían condenados.
Todo un desafío para el economista. El se pasea por los salones «haciéndose el Premio Nobel», según la simpática caracterización de un pícaro kirchnerista, mientras en el cruel territorio de los acuerdos políticos se debilita su entramado. Porque tampoco en el PJ residual de la provincia de Buenos Aires el ex ministro las tiene todas consigo. Francisco de Narváez, por ejemplo, lanzó su candidatura a gobernador sin consultarlo. Y ahora dialoga con Juan Carlos Blumberg, acaso con la idea de que el ingeniero se anime a una candidatura nacional que deje libre la pista bonaerense. ¿Estará enterado de estas aproximaciones?
Si no lo está, seguro que sabe movimientos similares de Ramón Puerta: el misionero ya ventiló que le gustaría volver a ser presidente, por más tiempo que el que le tocó a finales de 2001, en medio del incendio. Mientras tanto, Lavagna recuerda al Carlos Reutemann de 2003 y repite: «A mí no me manejan los tiempos ni Kirchner ni Alfonsín». Está bien. Pero sería bueno que alguien se encargue de esa tarea.
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