Con algo de ironía, se llama « asignaturas pendientes» a los reclamos legítimosque la sociedad formula a la clase política. La Argentina se reconoce varias en materia de educación, salud pública, justicia, seguridad... Pero, curiosamente, salvo que se incendie nuestro único rompehielos (¡en pleno Año Polar Internacional!) y se nos estrelle trágicamente otro caza Mirage, la Defensa Nacional sigue sin aparecer en la agenda mental de casi ningún compatriota.
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Fuera de la reciente -y breve- polvareda mediática disparada por ambas desgracias, hace rato que la palabra «defensa» está fuera del debate electoral y legislativo. Sin embargo, ante la realidad de un país bastante codiciable y bastante indefenso, habría que empezar a reconstruir con urgencia nuestra credibilidad militar, antes de que seamos superados por acontecimientos no previstos pero -si miramos la historia humana- muy previsibles. Y sumamente indeseables.
El objetivo último de las armas es no tener que usarlas, lo que define el papel de las Fuerzas Armadas en cualquier democracia creíble: deben ser creíbles. ¿Lo son las de la Argentina?
Un reciente artículo en un matutino firmado por ex ministro de Defensa Horacio Jaunarena muestra hasta qué punto dejaron de serlo: con sus 24.500 oficiales y suboficiales, el despliegue del Ejército disponía tradicionalmente de 100.000 soldados conscriptos, reemplazados hoy por 18.000 soldados voluntarios. La estructura resultante no sólo es raquítica «de cuello para abajo», sino que por limitaciones de entrenamiento, equipo, vestuario, vehículos, munición e incluso personal, tiene una capacidad real operativa de 30%.
Según la misma fuente, la Armada Argentina, que en términos regionales nunca fue la mayor, pero sí la más moderna, sufre ahogos presupuestarios que minan su operatividad, paralizan su mantenimiento e impiden su actualización tecnológica. Y Jaunarena añade números escalofriantes para la Fuerza Aérea: de sus vetustos aviones de combate A4, Mirage y Dagger, sólo 16,4 por ciento está operativo. Y por la reducción de horas de vuelo, el bajo nivel de entrenamiento promedio se ha vuelto un peligro en sí.
¿Cómo se sale de este brete? El cuerpo legal vigente comienza por la Ley 23.554 de Defensa Nacional (1988), y sigue con la 24.059 de Seguridad Interior (1991).
La Ley 24.948 de reestructuración de las Fuerzas Armadas, sancionada en marzo de 1998, aprobada por unanimidad en el Congreso, permitió ciertos brotes de modernización institucional, ya que si bien establecía un marco muy general para gestar cambios, daba plazos para que el Ministerio de Defensa propusiera reformas concretas, lo que se fue demorando.
El reciente Decreto 727 -junio 06- reglamentó por fin la Ley 23.554 (con apenas 18 años de demora), pero lo hizo a contramano de su letra y espíritu, y con una metodología de puertas cerradas que obvió toda discusión social. En suma, en materia de Defensa tenemos algunas buenas leyes sin cumplir, y una dosis de decretazo sin mucho consenso político.
Las recurrentes crisis económicas y el desinterés social por la materia nos llevaron a la actual indefensión operativa. Porque no es que falte sólo dinero o equipamiento. Mucho peor: faltan ideas. Por ejemplo, el reemplazo del conscripto por el soldado profesional suponía cambiar el viejo ejército de masas por otro más entrenado, culto y moderno. En Malvinas, frente a una fuerza profesional, educada, entrenada y compacta quedó en evidencia la necesidad de instrumentar este cambio de cultura organizacional. Para completar el desquicio, se puso franca marcha atrás a la modernización educativa iniciada a fines de la década del 80, que apuntaba a sacar al Ejército de su autista cultura cuartelera, y que trató de multiplicar el escueto número de oficiales con título universitario, así como de suboficiales con título técnico en disciplinas llamadas «civiles». Es que tales saberes se han vuelto imprescindibles en el combate moderno, y me refiero a un abanico que comprendedesde las ciencias duras y sociales,hasta las de la administración, así como todas las ingenierías y el manejo de idiomas. Esta fue la base de la llamada Nueva Educación Militar, que se desarrolló en los 90 bajo la asistencia y certificación de calidad de la Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria (CONEAU), pero hoy, increíblemente, se vuelve a la educación cerrada y castrense del siglo XIX.
El resultado es una contradicción en término: un amorfo ejército de masas, pero sin ellas. Y sin parque, además, porque tras el desguace de nuestras fábricas, ya no fabricamos más nuestro armamento básico de tanques, fusiles y cañones.
La Argentina no tiene ningún imperio, pero sí 2,8 millones de kilómetros cuadrados casi vacíos, un Estado democrático, un nivel de vida aceptable, y una cantidad y calidad casi apabullantes de recursos humanos y naturales muy escasos en el planeta. Durante el siglo XXI, en un mundo superpoblado, caótico y lleno de miseria, ¿se defenderán solos?
(*) General de División retirado, ingeniero militar. Par evaluador de la CONEAU.
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