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4 de noviembre 2003 - 00:00

Demasiado preocupado por echar policías, gobierno no defiende

No hay ideas para enfrentar la inseguridad y el público se alarma. No es justo comparar el inmenso Gran Buenos Aires con la Capital Federal. Debe volver el recompensar por denunciar delincuentes. Hay que intranquilizar a los secuestradores, que hoy actúan fácil.

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Por eso los impresionantes «cacerolazos» y bocinazos del viernes pasado por la inseguridad enardecieron al Presidente, en busca constante de consensos totales. Debió meditar más sobre el grado de concientización de los argentinos contra el azote de los secuestros.

El público se alarma más todavía porque se escuchan insensateces desde el gobierno. Desde ya es previsible la zoncera en ministros como Gustavo Béliz (por caso su última afirmación de «narcodemocracia» en los '90 cuando es el único problema que el país no tiene en grado grave). Pero no en el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, quien dijo que


Esa gente común tiene la idea de que las coimas policiales son por no hacer actas de infracción o por hacer la vista gorda con la prostitución y el juego clandestino. Será el grueso -y pedir la pizza es así-, pero hay tolerancias graves por coimas, por caso en los desarmaderos de autos, porque la sustracción de vehículos provoca muertes. También es grave extender la vista gorda a la droga.

Pero no olvidemos que, en Occidente al menos, la prioridad del ser humano es la vida, la salud y no la educación o la lucha contra la corrupción. El policía con cargo y actos de corrupción generalmente aporta a la comunidad más seguridad en su zona que el simple comisario, impecable en su moral y ética pero poco eficaz porque no puede «salpicar» al personal subalterno.

Llegamos así al nudo central de la inseguridad, que es la falta de aliciente en los ingresos salariales del policía. Un comisario que tiene más de 50 años de edad y 25 de carrera gana 2.400 pesos mensuales y un policía simple de 600 pesos -ambos con tremendo riesgo, además, de perder la vida en su tarea en cualquier momento- no pueden asegurar la tranquilidad a los vecinos que custodian. No tienen ni la cabeza despejada, por los apremios económicos, para meditar en aceptar o no una coima.





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