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12 de enero 2007 - 00:00

El disparate Chávez

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Presurosas, autoridades de Brasil y la Argentina se despegaron de las últimas novedades discursivas de Hugo Chávez. «Somos capitalistas», clamó el ministro Aníbal Fernández, instrumento oral de Néstor Kirchner para los peores mensajes (los buenos se los reserva el Presidente para sí o, en ocasiones, los deriva a su jefe de Gabinete, Alberto Fernández). No vayan a confundir al presidente argentino en Washington. Marco Aurelio García, pretencioso intelectual que dice regir al gremialista y mandatario Lula, se preocupó también por afirmar que las cuestiones que enuncia el venezolano poco y nada tienen que ver con su gobierno. Obvio: cuesta compartir la reencarnación, el leninismo tropical, las quimeras antidemocráticas, la suma de provocativas sandeces con las que se regocija el reelecto mandatario bolivariano. Tan bolivariano, como se sabe, que en otros tiempos no permitía que nadie se sentara en la silla de su derecha, pues según él allí se instalaba Simón Bolívar para aconsejarlo. No es una broma ni un episodio casual: lo confesó ante numerosos y reiterados testigos, gente común -claro-, que no disponía de esos privilegios extrasensoriales.

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Pero tal vez no sea tan sencillo para estos gobiernos vecinos de Chávez desembarazarse de él arguyendo que está en su derecho de hacer lo que se le antoja. El militar agraciado (sea por los espíritus liberadores de otros tiempos, los votos del pueblo o las ventajas del precio del petróleo) pertenece a una comunidad regional, y ésta se supone que contiene reglas que implican compromisos. Como la sólida Unión Europea, estricta a la hora de cumplir presupuestos básicos en materia económica o política. ¿O acaso no impone condiciones a sus nuevos ingresos o retarda entradas como la de Turquía porque no se aplica a determinadas normas?

Ese detalle -que ha hecho cada vez más amplio y poderoso al mercado común- parece no existir en esta región de América. Y vuelve más ficticia y falaz esa declaración perpetua de que cada vez estas tierras están más integradas entre sí, que cada gobernante impulsa esa voluntad de unidad. Néstor Kirchner acaso evite la próxima concurrencia a la cumbre del Mercosur, el 18, para no porfiar con Chávez por el tema de Irán (al menos, eso es lo que afirman sus voceros), nadie además se hace cargo de los insultos destemplados al titular de la OEA por parte del venezolano y, por si todo esto fuera poco, se supone que diciendo que «somos capitalistas» o que «es un problema de ellos», uno prescinde de otras realidades. Escapismo, que le dicen.

Como Chávez nacionaliza compañías norteamericanas o europeas, nadie se inquieta. Es un problema de otros, como diría Brecht. Pero, si son reglas a no respetar por un país o por una comunidad de países que se suponen integrados, ¿no podría ocurrir que la Argentina decida expropiar Petrobras? Entonces sería interesante saber lo que diría el brasileño señor García o, a la inversa, lo que apreciaría el argentino señor Fernández si Brasil procediera en el mismo sentido. La realidad es que naciones como la Argentina y el propio Brasil -se supone que por intereses económicos- han quedado presas de esos desmanes políticos y económicos a los que se atreve Chávez, quien del Mercosur ya no se siente miembro sino el monarca Luis XIV que lo administra. Al menos, frente a la pasividad de sus socios, irremediables adherentes a su titilante cabeza.

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