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La encuesta que surja de un particular -aunque lo rodeen con un nombre fantasía de empresa- no sirve porque no brinda imparcialidad. Directamente en la Argentina la mayoría de las encuestas es paga. Por dinero el principal cliente es el gobierno de turno, antes Duhalde y ahora Kirchner. Pero también lo paga algún partido político y gobernaciones, aunque esta práctica es menos frecuente en el interior.
Sí hay, en cambio, buenas encuestas de mercado para actividades productivas porque un cliente no arriesga tanta inversión contra un informe inseguro o falso de quien no inspire confianza. Los que hacen encuestas políticas por eso no logran clientes para estudios de mercado. Es como si fueran dos mundos, y en el primero todo valiera, lo cierto y lo falso.
En política no hay ningún código para frenar lo falaz, excepto que el que paga exija para sí una encuesta real.
¿No hay manera entonces de conocer encuestas serias? Sí, pero no es fácil llegar a las verdaderas. Eduardo Duhalde, por caso, vive haciéndolas para sí y las consideró indispensables para su accionar político, pero sólo las deja trascender cuando le son favorables. No suele difundir falsas. Las últimas le detectaron una caída de imagen a él, a su esposa Chiche Duhalde y a los Kirchner, incluyendo a Cristina Kirchner. Eso lo obligó a lanzar su dura advertencia de hace 45 días: «Podemos perder la elección legislativa de 2005». El gobierno paga encuestas falsas para los diarios y revistas pero ningún gobernante es tonto como para creerse lo que falsea. A Kirchner le acercan encuestas reales. Vio que coincidían en la baja con las de Duhalde y por eso políticamente se arreglaron ambos: no se quieren, nunca se querrán, pero deben permanecer unidos durante al menos un año porque, si no, pueden perder dominio del gobierno a manos de sus adversarios políticos, aun cuando su plan principal para ganar votos se base en distribuir fondos desde el Estado para el año próximo.
La revista «Noticias» publicó una buena nota donde coincide en algo que Ambito Financiero viene diciendo desde hace años: los encuestadores argentinos están sobornados. «Noticias» descubre, con buenas pruebas y hasta confesiones de algunos de los implicados, que Artemio López de Consultora Equis, Enrique Zuleta Puceiro de OPSM y Analía del Franco de Analogías están contratados por casi 200.000 dólares para hacer encuestas adulteradas para el gobierno. Más tímidamente «Noticias» revela otra verdad sin la cual las encuestas truchas morirían en el tacho de basura: existen unos veinte periodistas y diarios que también cobran por difundir las falaces para impresionar a la población.
Probablemente los periodistas y editores sean un poco menos -están detectados 16 de cierto relieve- y existen los medios gráficos -inclusive algunos que aparecen como opositores- que cobran por difundir las encuestas adulteradas con la única condición de que aparezca «alguien conocido como responsable». Allí está el negocio de los Enrique Zuleta Puceiro, Artemio López o Analía del Franco en tal prestación. Los dos primeros ya falseaban encuestas para Kirchner antes de que ganara la Presidencia el 27 de abril de 2003. Pero hay más.
Los llamados «encuestadores o encuestólogos» en nuestra vida política son de 4 tipos:
1) Los directamente contratados por el Estado Nacional o provincial, sobre todo por el primero, como son los citados, a los que «Noticias» agrega un cuarto, Roberto «Tito» Bacman del CEOP. Este Bacman surgió para trabajar encuestas interesadas que sólo publicaba «Clarín». En vísperas de la elección de Néstor Kirchner, «Clarín» -que estaba endeudado y al borde de la quiebra- necesitaba sacarle leyes al nuevo gobierno. Por eso no quiso arriesgar encuestas porque no sabía quién ganaba, si Kirchner, López Murphy, Carlos Menem, Elisa Carrió o Adolfo Rodríguez Saá. Podría serle fatal como empresa falsear para alguien que no fuera en definitiva el ganador. A «Clarín» le pesa el antecedente de que nunca acertó en elecciones grandes. Cuando en la interna del PJ, en los '80, apostó a Antonio Cafiero terminó ganando Menem la candidatura. En la elección presidencial se jugó todo al candidato cordobés Eduardo Angeloz y ganó finalmente Menem. Otra vez apuntó a la fórmula José Octavio Bordón-Chacho Alvarez que no ganó y cuando le hacía campaña intensa a «Graciela», así titulaba toda nota sobre Fernández Meijide, se le evanesció políticamente. Siempre falló y tuvo que ir a arreglar de apuro con Menem (así logró «Canal 13»), luego lo atacó e hizo detener con el invento del caso «armas a Ecuador». En vísperas de la elección del 27 de abril de 2003 el gerente-dueño del monopolio, Héctor Magnetto, se puso serio en la Asociación Empresarios Argentinos (AEA) y logró que lo pongan en la cabecera, en una cena, precisamente junto a Carlos Menem para otra famosa foto de reconciliación.
El único aporte propio de encuestas a la última campaña presidencial del CEOP que publicó «Clarín» fue para dar como «ganadora» a Elisa Carrió, que salió última entre los que se presentaban con posibilidades. Bacman, al perder a su principal cliente en el CEOP, ha pasado a cobrar también del gobierno de Kirchner, cuenta «Noticias».
2) Otro tipo de encuestadores es el que no se sabe que cobre pero que hace encuestas sospechosamente muy favorables al gobierno. ¿Tratan de lograr su contratación?
3) Un tercer grupo es el de quienes las hacen deliberadamente adversas al gobierno y pueden engañar a los medios porque, en realidad, querrían el estatus de contratados como López, Zuleta Puceiro, Bacman y la señora Del Franco.
4) Hay una cuarta categoría, la única creíble, que da encuestas reales aunque uno no sepa hasta cuándo, porque todo encuestador negociante tiene que tratar primero de crearse un nombre invirtiendo en hacer encuestas en serio, que son costosas. Si no hay «nombre» -que es lo que exigen los medios pagos para difundir falsedades- no hay contratación del Estado.
Hay una quinta categoría de encuestas reales pero con confidencialidad de resultado al político que la contrató, como se dijo. Las tiene Duhalde, también para sí las tienen el gobierno y algunos políticos y gobernadores. La exigencia de confidencialidad hace que muy difícilmente las consiga el periodismo (por supuesto la prensa que no especula con esto y quiere publicar verdades). La encuesta que ordenó y pagó la Embajada de Estados Unidos hace tres meses (le dio al gobierno una imagen más baja, de 54%) fue bien hecha pero es difícil de conseguir en detalle para el periodismo, al que le acercan las «truchas».
En Ambito Financiero sólo damos de la cuarta categoría -no politizadas- y, cuando las logramos, de la quinta categoría -las más reales-. Además, tratamos de chequear con miniencuestas propias, para ver probabilidad de certeza.
Nunca como ahora ha sido tan pervertido el mundo de las encuestas hasta llegar al descreimiento total, no obstante lo cual se sigue gastando dinero en este tipo de manipulación. Será por aquello de «miente, miente que algo quedará» (práctica del nazi Goebbels a partir de 1933). Más aún, un ministro como Roberto Lavagna adultera encuestas en su área que puedan afectar su prestigio. Así termina por minar la fama de neutralidad que tiene el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC). Una fama capaz de preservar a la entidad de cualquier directivo que le pongan al frente. Lavagna cae en la tosquedad de publicar encuestas e índices favorables a él desde la consultadora Ecolatina, que le pertenece y maneja su hijo.
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