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1 de marzo 2006 - 00:00

El mensaje convocará a una saga antiinflación

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Aún en la planicie de esa falta de novedades será posible, sin embargo, distinguir algún significado especial. Como siempre sucede, el texto definitivo no estará listo hasta la mañana. Carlos Zannini es, como siempre, el encargado de detectar cuáles son las melodías que más agradan a su jefe y agregarles un poco de pólvora. Como viejo «chino», sabe que toda revolución comienza por la retórica. Algunas, además, terminan en ella.

Entre esos párrafos a los que los informados les prestaban anoche mayor atención habrá uno sobre la lucha contra la inflación. Tal vez sea el más relevante, si se tiene en cuenta que es la saga más importante en la que se siente involucrado el orador. Nadie debe esperar, sin embargo, demasiados detalles técnicos. Mucho menos monetarios. Kirchner suele confesarse en estos términos: «Para mí la inflación se debe 20% a la política monetaria y 80% a las expectativas. La política monetaria no la voy a tocar así que me voy a dedicar a lo que conozco, que es trabajar sobre las expectativas». Por eso hoy las palabras del Presidente, prometían sus amigos, tendrán el grado de voluntarismo habitual.

De los problemas de inestabilidad de precios se pasará, de manera casi imperceptible, a lo que el gobierno espera de los empresarios. Aquí Kirchner caminará sobre una cuerda delgada. Sabe que el programa que él conduce requiere de niveles de inversión superiores a los actuales. Pero nadie le quitará el placer de montar ese aparato retórico que tanto resultado le ha dado a lo largo de su carrera política. En el tablero mental del Presidente figuran, para este drama, tres actores. Basta prestar alguna atención a los discursos que repite a diario en el Salón Blanco para encontrarlos. Ellos son «las hermanas y hermanos de mi Patria», acosados siempre por la codicia por «la rentabilidad» de los «señores empresarios» (Lorenzo Miguel apelaba a la misma retórica para mencionar a los malos de la película). Entre unos y otros, él mismo, Kirchner, dispuesto a defender a sus «hermanas y hermanos» de los avarientos hombres de negocios, que no tienen siquiera la categoría de primos segundos. «Los empresarios se llevarán su rentabilidad pero sólo la que les corresponde» termina siempre esa parte de la canción. No es necesario -o tal vez sí- exhumar la cantidad de supuestos que cobija este montaje verbal y, sobre todo, las hipótesis morales y políticas que encierra respecto de la creación de riqueza y la función de la iniciativa privada en ese proceso.



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