Por supuesto, nadie ignora la realidad de que la Capital actuó en ocasiones con criterios diferenciados del resto de las provincias (votó contra Roca, Yrigoyen, Perón, Menem); siempre se ha considerado un electorado distinto. Lo es también por su condición económica, menos crítica y pobre. Pero la referencia histórica no explica otros comportamientos: en fenómenos de surgimientos masivos y populares, como se anuncia el kirchnerismo en todo el país y con preferencia en Buenos Aires -copiando a lo que fueron el radicalismo de Raúl Alfonsín o la propia Alianza de Fernando de la Rúa, ambos distritos electorales procedieron a la hora de la verdad en forma semejante. Hubo paralelismo para sostener ciertos liderazgos y en este caso, el Presidente se encargó de martillar frente a todos los auditorios que esta elección es de características nacionales, no locales, que juega su cabeza, hasta en un momento de extrema confianza -de la cual luego se apartó sabiamente- la planteó como un plebiscito para su gestión. Si hay plebiscito en Buenos Aires, ¿por qué no se registra en la Capital?
Se habla de otro argumento para justificar esa dicotomía insondable de los resultados que se anuncian en ambos distritos: como suele decirse, la gente vota más en «contra de» que «a favor de». O sea que, en Buenos Aires sería formidable la repulsa al duhaldismo ancestral y, a contrario sensu, la gente se inclinaría por la propuesta de Kirchner. Eso explicaría una victoria, aunque en el recuento final, el Presidente podrá exhibirse como vencedor con una primera minoría, ya que la mayoría dividida del resto de los partidos, en la provincia, se pronunciará en su contra. Pero lo que vale para la provincia -lo de «contra de» o «a favor de»-, también puede aplicarse en la Capital Federal. Es decir, que Kirchner sea tan rechazado por los porteños como lo sería Duhalde entre los bonaerenses, ya que le asignan un castigo popular semejante debido a la concentración de votos opuestos tanto o más importante que la del hombre que lo hizo presidente. Singular el caso, además, porque el santacruceño goza de un respaldo cercano a 50% entre los capitalinos y, sin embargo, nadie le registra siquiera la mitad de esa simpatía a su candidato el día de los comicios. No habría que ignorar, es cierto, un dato obvio. En un distrito el gobierno se hace representar por la mujer del Presidente y en el otro va detrás de un ministro que al propio oficialismo le genera desconfianza.
Conclusión: resulta por lo menos complejo este enigma sobre la conducta de los ciudadanos de un mismo lugar, separados apenas por una avenida -mimetizados además en el denso primer cordón-, a menos que se acepte como determinante la práctica de las dádivas en el resultado (planes, subsidios, electrodomésticos, dinero en efectivo). Si ése es el saldo, se ha avanzado hacia la africanización.
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