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29 de junio 2006 - 00:00

Error que empuja hacia Lavagna

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La negativa del gobierno a que un grupo de radicales, encabezado por Raúl Alfonsín, dejara una corona de laureles junto al busto de Arturo Illia, en la Casa Rosada, será incriminada por muchos como una muestra de sectarismo. Seguro tendrán razón. Pero además de exhibir esa fisura moral, también demuestra un incorregible error político del equipo de campaña de Néstor Kirchner. Justo en el momento en que desde el oficialismo se está procurando una «concertación» con gobernadores e intendentes radicales para integrarlos en una misma oferta electoral, en la sede central del poder se le negó un homenaje a uno de los próceres del partido, tributo que se le rindió por haber sido expulsado del poder por los militares en 1966.

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En el radicalismo, ayer, primero se lamentó el gesto. Después, se celebró. Una dificultad más para quienes quieren saltar el cerco hacia el gobierno: «Ahora se irán con quienes agredieron a 'don Arturo'», exageraban en la casa de Raúl Alfonsín. Emilio «Milo» Gibaja, otrora funcionario de aquel gobierno derrocado, fue el vocero del ultimátum: «Hoy, hoy, hoy deben decidir si se quedan o se van», gritó, enardecido. Sonrisas en lo de Roberto Lavagna. No se sabe si la cacería del culpable, que se lanzó ayer desde el despacho presidencial, tiene que ver con la indignación ética o con otra peor, la ira de Kirchner ante la torpeza política de los porteros del palacio. Las imputaciones saltaban de Aníbal Fernández -encargado de la Policía Federal- a Oscar Parrilli, secretario general de la Presidencia y, por lo tanto, responsable de la Casa Rosada. En vano se le puede achacar el daño a ellos. Todo el mundo sabe que el único que puede resolver cualquier asunto en el elenco actual del poder es Néstor Kirchner. Desde las negociaciones con Bolivia hasta la portería de Balcarce 50. Para alguien que maneja así su administración un error como el de ayer, más que un percance, es un objetivo.

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