Aunque se asegura que comenzó a aliviarse la intensidad del conflicto entre el gobierno y los sectores militares, quedan saldos preocupantes. Hasta el propio Néstor Kirchner parece inquieto por este proceso: es que determinadas respuestas oficiales, casi agresiones de los últimos meses a los uniformados, provocaron un inesperado interés hasta en los jóvenes cadetes por conocer «toda la verdad» de lo ocurrido en los años 70. Cuando, se sabe, las camadas más nuevas ni siquiera se interesaban por ese trágico proceso de antaño. Al Presidente, tan jugado por uno de los sectores del pasado, no le agrada esta conversión.
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De ahí que han empezado contactos para restarle intolerancia a la situación -de modo que no afecte la institución de las Fuerzas Armadas como pilar del Estado-, tarea que tal vez no involucre a la ministra de Defensa, Nilda Garré. En esas conversaciones, por supuesto, se han cruzado quejas y lamentos, también alguna explicación sobre la cadena de episodios. Uno de ellos, referido a cierta irascibilidad presidencial, señala que Kirchner se manifestó en ciertos momentos -cuando dijo: «No les tenemos miedo»- con el comprensible disgusto de que su familia, concretamente su hija, habría recibido algún tipo de insinuante amenaza verbal. Obviamente, ese hecho se lo atribuyó a elementos castrenses retirados y habría sido una de las razones para espiralizar el pleito.
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