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8 de abril 2008 - 00:00

Política exterior se mueve a golpes de fotos

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Los gobiernos de la Argentina y de Francia se empeñaron en colocar el caso Betancourt al tope de la agenda de esta visita de Cristina Kirchner a París. Es más elegante apelar a causas humanitarias que hablar del endeudamiento supermillonario de un país con 75 por ciento de sus rutas en mal estado para una obra de lujo como un tren de alta velocidad.

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El protagonismo desmesurado de la Presidente en el tema Betancourt lleva al interrogante de cómo define el gobierno sus prioridades en materia de política exterior. Aunque la pregunta más pertinente sería: ¿fija prioridades el kirchnerismo en ese terreno o va simplemente de improvisación en improvisación? El riesgo es que sin metas claras se termina sirviendo a los propósitos de los demás.

Por impulso de la Presidente cuando todavía era primera dama, el gobierno argentino abrazó, con entusiasmo inversamente proporcional a su conocimiento del tema, la causa por la liberación de la ex senadora franco-colombiana Ingrid Betancourt, cautiva de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) desde hace seis años.

El fracaso de la misión de rescate de la que participó,en diciembre pasado, el ex presidente Néstor Kirchner, por impulso de otro entusiasta de causas ajenas -el mandatario venezolano Hugo Chávez-, no desanimó a la Presidente. Ella no ha alcanzado aún el estatus de «comisionado» -comisionada, para que no se enoje- de su esposo, pero no por ello priva a la diplomacia argentina de un papelón sin escalas, de Colombia a París.

Su desembarco en la Ciudad Luz se produjo en momentos en que el presidente francés consideraba abortar la misión que lanzó con el fin de dar asistencia médica a Ingrid en la selva. La guerrilla hizo saber que «hasta para una liberación unilateral se necesita que las partes acuerden (.) Extraña que Sarkozy sea tan ingenuo». Poco después, las FARC dijeron que no habría liberación sin intercambio por guerrilleros presos. Se cae así la cobertura mediática de un viaje cuyo solo fin era avanzar en un proyecto ferroviario con beneficios más evidentes para Francia que para la Argentina.

Y, por más vueltas que le den, el tema Betancourtpasa por Alvaro Uribe, el presidente de Colombia, a quien todos quieren eludir. Algunos tuvieron que ir hasta la selva para ver que éste tiene mucho más control de la situación de lo que diversos intereses quieren hacer creer.

En la marcha por la liberación de Ingrid Betancourt, el domingo en París, Cristina de Kirchner fue protagonista, en primera fila con look de resistente francesa, posando para una fotografía que difícilmente pueda encontrarse en archivos argentinos puesto que, según los organismos de derechos humanos de Santa Cruz, los Kirchner brillaron por su ausencia en esas manifestaciones. Pero París bien vale una marcha.

La manifestante interpeló en París al gobierno colombiano para que «comprenda que deben cesar las operaciones militares para poder arribar a un final feliz». Esta abierta injerencia en asuntos de otro país fue lo más aplaudido de su discurso, lo que revela el espíritu que mueve a la mayoría de los que se movilizan por Ingrid: han hecho de ésta una causa contra el gobierno colombiano porque simpatizan con la guerrilla que la secuestró. Por eso llegan al colmo de incriminar por su calvario a Uribe antes que a las FARC, a las que raramente interpelan y mucho menos condenan. Finalmente, le niegan a un gobierno constitucional el derecho de combatir la agresión de que es objeto.

No hay excusa humanitaria que disculpe este nuevo derrape de la política exterior kirchnerista.

En Estados Unidos, el embajador argentino, Héctor Timmerman, justificó las trompadas de Luis D'Elía y envió una carta al Ejecutivo, al Congreso y a la prensa de aquel país, explicando que el conflicto agropecuario era con «un grupo minoritario de propietarios de la tierra».

En Buenos Aires, poco después de haber dicho que el caso Antonini Wilson era una «burda operación política para limitar la autodeterminación argentina», Carlos Kunkel, otrora diputado de la Tendencia revolucionaria, se reunió con el embajador norteamericano, Earl Wyane, en medio del conflicto agropecuario, para tranquilizarlo respecto de la seguridad de las empresas de capital norteamericano radicadas aquí. Pelearse y reconciliarse con el «imperio», pedir por Ingrid y explicar las piñas de D'Elía son las últimas expresiones de una política exterior que parece no tener brújula, al menos para el público.

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