Madrid (enviado especial) - A pesar de que el protocolo español le había garantizado a Néstor Kirchner que no aparecería en foto alguna vestido con frac, el Presidente se siguió negando a lucir esa prenda. De ese modo, no sólo contrarió el ceremonial de la corona, que debió sustituir una cena de gala por un almuerzo (numeroso, eso sí, con 150 invitados).
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También se apartó de una larga tradición peronista. El frac es un atuendo muy identificado con ese partido, a pesar de que a sus antiguos militantes se los conociera como «los descamisados». La foto oficial de Juan Domingo Perón en los 50 lo mostraba vestido de frac y moño blanco. Del mismo modo, frac y menemismo componen otra pareja bien avenida. A Carlos Menem siempre lo deslumbró la etiqueta y no dejó oportunidad de probarse todo el ajuar que ofrece la liturgia estatal. Contrarió por eso a algunos subordinados, como Carlos Corach, quien en una visita a Roma confundió frac con jacquet (éste es para ocasiones diurnas y, a diferencia del frac, tiene cola redondeada y no se usa con moño sino con plastrón: detalles que jamás se le escaparían a un Aníbal Fernández, claro).
Mucho tiempo atrás, Francisco Franco vio a Héctor J. Cámpora ataviadocon frac en esta ciudad, durante la cena de gala que le ofreció cuando el presidente de la juventud dorada llegó para buscar a Perón y llevarlo de regreso a la Argentina. En aquella oportunidad, sin embargo, Perón no se mostró con frac. Directamente no asistió a la comida. Adujo que tenía que hacerse unos estudios médicos pero, en realidad, no quería saludar a Franco. Ambos se llevaban mal pero el episodio de esa última pelea fue la recepción, en exceso calurosa, que el Generalísimo le había ofrecido a Alejandro Agustín Lanusse. Un encuentro del que se salvó una anécdota: la de la confesión de Lanusse «estoy amargado, le tengo que entregar el poder a este hombre (por Perón)» y la respuesta de Franco quien, con voz chillona, asesoró: «Pues no se lo entregue, no se lo entregue». Lo cierto es que Perón faltó a la gala y, leal y obediente, tampoco fue José Ignacio Rucci. Los sindicalistas se hicieron representar por Lorenzo Miguel, quien no podía desairar a Cámpora: el dentista le había «pagado» con el Ministerio de Trabajo, en manos de Ricardo Otero. Así fue cómo, en un hotel de Madrid, un par de diplomáticos se encargó de enfundar al «Tordo» en un frac, «sin que se le viera la campera debajo», como comentó un gracioso en ese entonces.
Acaso la anécdota emocione a José María Díaz Bancalari, un metalúrgico de toda la vida, a quien le hubiera gustado que Kirchner diera el brazo a torcer para disfrazarse él, por un momento, de «pingüino», algo que -según dicen algunos amigos- está intentando hacer hace tres años, con bastante rédito.
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