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13 de junio 2006 - 00:00

Hábeas corpus para Julio De Vido

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Julio De Vido
Todavía no se sabe, a ciencia cierta, cuál es el impacto que han tenido los aprontes electorales de Roberto Lavagna en la opinión pública. Pero ya es fácil advertir sus efectos en el reino más limitado del gobierno de Néstor Kirchner. El desafío del ex ministro está llevando a cabo un revalúo de todo el gabinete, capaz de modificar el diseño que Kirchner le imprimió en el momento en que exoneró a Lavagna.

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La víctima principal del ingreso de Lavagna en el campo de juego es, en estos días, el hombre que más parecía beneficiarse con su salida: Julio De Vido. Tiene lógica. El titular de Infraestructura se regodeó en los últimos meses con lo que parecía ser una promoción a la condición de «superministro». Con el reemplazo que se dispuso en Economía, no había área del gabinete que le fuera ajena. Una sobreexposición que tiene sus costos. Ahora De Vido es un blanco móvil. Tanto que es difícil encontrarlo hoy en la superficie de los diarios.

Hasta hay quienes, jocosamente, piensan presentar un «hábeas corpus» en su favor. Es cierto que Lavagna lo tiene en sus oraciones y lo roza, sin jamás mencionarlo, en cada una de sus insinuaciones sobre corrupción oficial (la frase « capitalismo de amigos» saca de quicio a Kirchner). Pero el fundador de Ecolatina no hizo más que aprovechar un espacio ya abierto por Elisa Carrió cuando inauguró la imagen del «cajero» y le puso el rostro del arquitecto. Inquietante: si Lavagna y Carrió tejieran, en el futuro, un acuerdo, ese entendimiento comenzaría por machacar sobre De Vido.

Sin embargo estas agresiones serían las más fáciles de enfrentar, si no fuera porque el ministro tiende a esconderse y a angustiarse cuando descargan contra él. Además, Kirchner no lo autoriza a defenderse. Las descargas más violentas y peligrosas son las que provienen del seno del propio gobierno, en el que De Vido es víctima de un malentendido cada vez más consolidado. Sucede que el Presidente detesta que se concentre demasiada capacidad de decisión en uno solo de sus subordinados. Por eso ha resuelto ubicar debajo de cada ministro a hombres que tambiénle reportan directamente. Es uno de los métodos posibles para la toma de decisiones. En caso de conductores muy controladores y absorbentes, como el santacruceño, esa vía termina casi siempre en un gran desorden. Sin embargo, hay otras consecuencias más visibles en ese modo de administrar.

Por ejemplo, que el ministro termina por hacerse cargo de problemas que se generan debajo suyo, es decir, en áreas que le están subordinadas en lo administrativo,pero dependen políticamente del primer mandatario. No son muchas las personas que conocen la enemistad que vincula, por ejemplo, a De Vido y al secretario de Obras Públicas, José López. O, todavía peor, lo mal que se lleva el ministro con el secretario de Transportes, Ricardo Jaime. Pero, ¿quién va a pensar que, cuando Lavagna y el Banco Mundial hablan de sobreprecios en las licitaciones de obras públicas, De Vido tiene menos que ver que sus subordinados directos? ¿O que el informe de la Auditoría General de la Nación denunciando el desbarajuste en la aplicación de subsidios al transporte, contamina sólo a Jaime y exime de cualquier responsabilidad al ministro? Sea por sus pecados o por los de los vecinos, el gerente principal de Kirchner se va convirtiendo en lo que Chacho Alvarez, con más apego al marketing que a la Justicia, llamaba «los emblemáticos» durante la salida de Carlos Menem del poder. Se refería -palabras más, palabras menosa gente que debía ir presa por tener mala imagen. Ahora ese criterio comienza a proyectar su sombra sobre funcionarios de este nuevo gobierno al que Chacho ha prestado su fe.

La ecología del equipo de Kirchner muda con estos cambios de aire. Felisa Miceli, a quien De Vido miró por encima del hombro ni bien se libró de su vecino «El Pálido» (así llaman a Lavagna los kirchneristas puros), ahora ha sido consagrada como vocera del gobierno, en un escalón equivalente al de Alberto Fernández. Una expansión agradable pero peligrosa para Miceli: debe defender políticas que no comparte, llevadas adelante por hombres con quienes tiene poca relación (y mala). Es bastante obvio que la imagen que la ministra tiene del proceso económico y sus dificultades se parece mucho más a la de Lavagna que a la de De Vido o Moreno. ¿Será por eso que la ministra aclaró, con énfasis, que «le contestaremos a Lavagna cuando critique al equipo económico»? Habrá que ver si esa funcionaria, mucho más celosa de su carrera y rol de lo que parece, logra limitar así su papel en el combate: hay pocas cosas que deleitenmás a Kirchner que observar cómo alguien lo homenajea atacando a aquellos a quienes, tiempo atrás, servía. Que lo diga si no Aníbal Fernández, a quien se le encomendó especialmente denostar a los Duhalde, sus antiguos «amos», durante la campaña del año pasado.

Sin embargo el paso de un discreto primer plano de Miceli tal vez sea algo más que un recurso táctico en la guerra contra Lavagna. La debilidad de De Vido no se debe exclusivamente a que lo eligieron como centro de imputación de todos los males. Sus errores técnicos, además, le han restado credibilidad en los últimos tiempos. Ya no alcanzan las conspiraciones que infiltró en la imaginación de Kirchner para dar cuenta de una política energética que hace agua por los cuatro costados (a tal punto que el Presidente está pensando en promover la Secretaría de Energía como una más de las que dependen de su mando directo). Lo mismo ocurre con el vínculo con Hugo Chávez, por el que el ministro de Infraestructura se hizo responsable: el «bolivariano» terminó provocando a Bolivia, Paraguay y Uruguay en contra de Brasil y la Argentina. Por algo Lavagna ha descubierto un odio hasta ahora desconocido a la «revolución» bolivariana, lo que hace reaccionar a Kirchner de modo automático en favor de Chávez (el voto argentino en favor del ingreso de Venezuela al Consejo de Seguridad está más asegurado que antes). De Vido podrá aducir ante sus amigos del «Council of the Americas» que el nexo con Caracas lo administra Claudio Uberti. Ya es tarde.

Un efecto adicional de esta guerra que recién comienza -y que tiene al mismísimo Kirchner como combatiente más agresivo- es el de cualquier enfrentamiento automático. Cuando en la vida pública se produce un contrapunto sistemático de acusaciones entre dos protagonistas destacados, siempre hay terceros que sacan ventaja del duelo. El Presidente, por ejemplo, está convencido de que Leandro Despuis, el titular de la AGN, hizo publicar su informe negativo sobre los subsidios al transporte por su confesa amistad con Lavagna. No se le cruza por la cabeza que sea otra mano la que tiró esa piedra, aprovechando que todos la imputarían a la cuenta del ex ministro de Economía. La historia del menemismo estuvo plagada de zancadillas internas que se imputaban a los ataques del furibundo Domingo Cavallo. El aire de familia entre una situación y otra es bastante obvio: casi induce a pensar que Cavallo es a Erman González lo que Lavagna es a De Vido. Resulta casi increíble que etnias tan distintas terminen protagonizando vidas paralelas. Salvo que se tienda a pensar que el poder impone una dinámica implacable, a la que ningún político puede escapar con su albedrío.

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