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23 de agosto 2006 - 00:00

Influencia Chávez-Castro: el país vuelve a "No Alineados"

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Jorge Taiana
Néstor Kirchner ha resuelto tomar otra decisión destinada a consentir a quienes suponen que para él la oposición automática a «los 90» es una estrategia en sí misma. La Argentina volverá a participar del Movimiento de Países No Alineados, adonde revistó desde 1973 hasta 1991, en que Carlos Menem dispuso el retiro. La papelería para que esta decisión se haga efectiva ya salió de la Dirección de Organismos Internacionales de la Cancillería, a cargo de Raúl Ricardes; obtuvo también el visto bueno de Roberto García Moritán, el vicecanciller, y se encuentra aprobada sobre el escritorio de Jorge Taiana.

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Lo importante es que la representación ante la ONU pedirá al embajador de Cuba en ese organismo que se invite a una delegación de la Argentina a la próxima cumbre de los No Alineados, que se celebrará en La Habana el 11 de setiembre.

  • Pliegues

  • El significado de esta decisión tiene varios pliegues. Quienes la defienden de manera vergonzante -la mayoría de los diplomáticos- utilizan la coartada de que en Cuba se celebrará entre el 11 y el 13 del mes próximo una cumbre del Grupo de los 15, que integra la Argentina y se nuclea en torno a reclamos económicos de países periféricos, junto con otra de los No Alineados. Por eso se pediría la participación en esta última. Una excusa inconsistente: otros miembros del G-15 no creyeron necesario seguir el mismo camino. Lo extraño es que este club se reúna en La Habana, ya que Cuba no forma parte de sus filas.

    Más allá de pretextos protocolares, vale la pena observar el sentido político de esta reincorporación. Los No Alineados surgieron en 1955 como un bloque de países que pretendían asumir una especie de «tercera posición» en la contradicción bipolar de la Guerra Fría. Sus inspiradores fueron el indio Nehru, el indonesio Sukarno y el yugoslavo Tito. Era natural que en el clima «camporista» de 1973, durante la cumbre de Argelia, la Argentina se sumara a esa agrupación cuya principal manifestación hay que buscarla en las votaciones de Naciones Unidas, donde los países que integran esta red forman un bloque.

    La «no alineación» fue, sin embargo, un eufemismo. El motivo principal de acercamiento entre este grupo de países fue el antiimperialismo entendido como oposición a los Estados Unidos. A tal punto que en Latinoamérica fue siempre el régimen cubano el que lideró, con visible cinismo, la negativa a alinearse (Castro presidió esta liga entre 1979 y 1983). Por mucho tiempo, la Argentina y Chile fueron los únicos dos países que se sumaron a esta bancada, además del castrismo.

    Al poco tiempo de llegar al poder, Menem participó de una cumbre de los No Alineados, celebrada en Belgrado. Tal vez recuerde todavía la manera en que lo recibió Muhamar Kadhafi, en una carpa de beduino instalada sobre un arenero traído desde Libia. Un año más tarde de ese encuentro, en 1991, la asociación con Estados Unidos hacía imposible esa participación. En la conferencia de Accra, en Ghana, la Argentina anunció su retiro después de provocar adrede el rechazo de varias propuestas, inspiradas en principios del liberalismo clásico, que incluían la libertad de prensa. Entre los delegados que aplaudían esa «entrada al Primer Mundo» se encontraba Taiana, por entonces subordinado a Menem, casi una puerta giratoria. La decisión fue vista en aquel entonces como un obsequio a las «relaciones carnales» con Washington y recibió la censura de la oposición radical y de buena parte de la prensa. El argumento de los críticos era el mismo en casi todos los casos: a los Estados Unidos les serviría más la permanencia de una voz moderada entre los No Alineados.

    Con el fin de la Guerra Fría y la caída del socialismo real, la existencia de este grupo perdió su sentido originario. Pero resaltó otros significados que antes eran subliminales: por ejemplo, el antinorteamericanismo militante. Además de Cuba, ahora están también allí Venezuela y Bolivia. No los demás países del Mercosur. El club se ha convertido en una caja de resonancia para reivindicaciones de carácter nacionalista, de izquierda y, sobre todo, pro árabe en el conflicto de Medio Oriente. Habría que recorrer la agenda que se prepara para la cumbre de La Habana para captar ese clima. Entre las propuestas que serán votadas habrá, por ejemplo, un aval al plan nuclear iraní.

    La reincorporación, aunque más no sea en calidad de observador, en este núcleo le permite a Kirchner alcanzar varios objetivos simultáneos. El primero, ya mencionado, realizar otro «ballottage» imaginario contra Menem en relación con una de sus decisiones simbólicas. Segundo, estimular la imaginación de quienes lo premian en las encuestaspor sus relaciones con Evo Morales, Hugo Chávez y Fidel Castro (un sondeo elaborado por Analía del Franco a pedido de Alberto Fernández reveló que la amistad con esos tres líderes de la izquierda «pop» es bendecida por más de 60% de los ciudadanos).

    Hay un tercer motivo por el que, a los ojos de Kirchner, luce razonable regresar a ese club «tercermundista»: el reclutamiento de votos para tratar la cuestión Malvinas en la ONU. El traslado de ese conflicto desde el campo bilateral de la relación con el Reino Unido a la discusión en los organismos internacionales es una estrategia cada vez más definida del gobierno actual. Tal vez incluya como dispositivo un endurecimiento del vínculo con Londres en materias como la pesca y la explotación de hidrocarburos en el Atlántico Sur (habría que prestar atención a las reuniones que se realizarán en Inglaterra el 6 y 7 de setiembre).

    Todos estos imperativos estarán presentes cuando Taiana visite Cuba para asistir a la cumbre del 11, donde la estrella principal de la región será Evo Morales (ahora en apuros por el empantanamiento de sus dos iniciativas más ambiciosas: la Constituyente y la nacionalización de los hidrocarburos). Pero también le darán un tono al paso siguiente que en materia multilateral dará Kirchner: la presentación en la Asamblea General de la ONU, que sesionará a partir del 12. Hará falta que toque la campana muchas veces en la Bolsa de Wall Street para que el Presidente se saque de encima el perfume anticapitalista con que llegará a Nueva York, aún sin haber pasado por La Habana.

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