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• La peculiaridad que primero salta a la vista es la transgresión a jerarquías que se suponen consagradas. Un interventor (Pablo Lanusse) que no cuenta con antecedentes políticos y que fue designado en el cargo por un ministro que fue expulsado del poder (Gustavo Béliz), consiguió tragarse ya a los dos preceptores políticos que le designaron desde la Casa Rosada para llevar adelante su gestión. En efecto, Lanusse hizo renunciar antes a Luis Ilarregui, el ministro de gobierno que había puesto a su lado Néstor Kirchner; el martes se cobró la vida del sucesor de Ilarregui, Daniel Gurzi, delegado en la provincia del ministro del Interior Aníbal Fernández (ver Ambito Nacional). El poder de Lanusse, a quien muchos hacían fuera del cargo hace una semana, parece inconmensurable. Tanto que ya lo llaman, cariñosamente, «el joven Juárez», en comparación con el «viejo Juárez», el caudillo todopoderoso cuyo reinado venía a desmoronar. Esta desproporción, por la cual desde la segunda línea de la administración se pueden hacer gestos de poder más audaces que desde la primera, es muy típica de la gestión actual.
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