Más deslumbrante que nunca Fernando Henrique Cardoso dedicó su última cena como presidente del Brasil con un presidente argentino a desplegar consejos, recuerdos y retratos que los comensales del Palacio de la Alvorada creen que nunca olvidarán.
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Olímpico, profesoral, amortizado -diría Perón- el profesor Cardoso dejó mudos a Carlos Reutemann -no costó mucho-, Eduardo Duhalde, Felipe Solá, Carlos Ruckauf, Hernán Olivero (gobernador interino de Córdoba) y Aníbal Fernández con un largo monólogo que fue desde la situación financiera argentina a la crisis en Medio Oriente pasando por las elecciones en su país. Más allá de cualquier miserabilidad, Cardoso, quizás el hombre con más altas calificaciones académicas que asumió la presidencia en América latina en la era contemporánea, bordeó la mordacidad cuando le dijo a Duhalde: «Se puede pagar una deuda, se puede no pagar, pero cuando se hace esto, ¿para qué decirlo? Hay otros caminos».
El presidente argentino se conmovió en la silla pero Cardoso lo tranquilizó: «Ya has hecho demasiado, has aguantado lo indecible, es suficiente». Se identificó con el visitante, al que ofreció el plato clásico del país, la moqueca bahiana -arroz, leche de coco, aceite de demdé- con camarao pistola (como llaman en Bahía al camarón gigante). De segundo, un europeo pato a la naranja. «Yo también estoy en un país en campaña, me dicen de todo. Hay que entender a los candidatos, te dicen cosas. Pero después entienden, se sientan acá y no duran un minuto; dejalos que hablen».
• Experto
Discretísimo, el dueño de casa se mostró como el mejor experto en la Argentina pero evitó en todo momento preguntar sobre personas, cosas o problemas. De memoria nomás, le hizo saber a la mesa que conocía que los compromisos de la Argentina con los multilaterales de acá a mayo próximo es un monto equivalente a las reservas. Confió lo demás a los gestos; disculpó ausencias: «A Celso Lafer lo tengo en Cuba, a Pedro Malan, en la reunión del Fondo en Washington».
Admitió entre cuatro paredes que Lula Da Silva es número puesto para las elecciones del 6 de octubre. «Está para la primera vuelta, pero si hay ballottage no hay que descartar que le gane José Serra. Siempre el ballottage -explicó el profesor Cardoso- es otra elección y hay que medir a los candidatos con otra vara».
La referencia a Lula lo dejó a todos con ganas de más y Cardoso admitió: «Lula es buena persona, es honesto, no hay que preocuparse tanto».
Nunca dos presidentes que no son amigos -tal era el caso de esa noche- pueden hablar en confianza de sus respectivos países. Francisco Gross, presidente de Petrobrás, se permitió el desliz al glosar a su jefe: «No es pecado no tener dinero y no poder pagar. Lo que no se puede es aplaudir». Los argentinos se dijeron con la mirada «Este Adolfo...».
Lugar común fue contar las diferencias en el valor social que tiene el dólar en uno y otro país. «Nos critican que pesificamos, pero no podían seguir atados al dólar», musita Duhalde. «La Argentina va a terminar pensando en pesos», sentencia Cardoso.
Al llegar los delegados argentinos en los primeros minutos de ayer al Blue Tree Hotel de Brasilia caminaban sobre nubes. Creían haber escuchado una lección imperdible, quizá la más fuerte que recibieron desde que son gobierno; tampoco creen que lo que les queda de tiempo en sus cargos les depare algo comparable de eso a que sólo se accede en la cúpula del poder.
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