Juró el nuevo gabinete con un Kirchner muy animado
Juró ayer Néstor Kirchner como presidente junto con Daniel Scioli como vicepresidente, al igual que su gabinete, y al margen de las formalidades protocolares (traspaso de banda y bastón en el Congreso, ceremonia con los ministros en la Casa Rosada, Tedéum posterior en la Catedral), importaba el mensaje inaugural. Sobre todo, porque necesariamente se compararía con el que pronunció el mismo día de la renuncia de Carlos Menem a la competencia por la segunda vuelta, discurso que generó polémicas y ciertas aprehensiones por su fuerte tono y algunos ataques. No ocurrió lo mismo en esta oportunidad. Más bien equilibrado (no gastar más de lo que entra, no déficit), voluntarista, con mínimas referencias al pasado y cierta propensión al populismo (no pagar la deuda con el hambre del pueblo, hay otros artículos de la Constitución por los cuales velaremos tipo vivienda digna). También planteó, por la crisis, mayor hegemonía estatal (poner igualdad allí donde el mercado excluye y abandona), y no formuló anticipos, aunque sí, quizás, un propósito de reformar la Constitución o, lo más probable, la utilización del plebiscito como fórmula de apoyo a determinadas medidas. Nadie debe olvidar el escaso respaldo que podría tener en el Congreso y que llegó a la Presidencia con un exangüe porcentaje de votos. Tal vez lo que no pudo lograr con la candidatura ahora lo busque con la gestión. También puntualizó la promesa de que gobernará "paso a paso", sin grandilocuencias. No mencionó a Perón ni a Evita; tampoco cuando agradeció en la Casa de Gobierno, aunque allí hizo una referencia favorable a la breve administración Cámpora con la cual coincidía en fecha (30 años atrás). Tampoco tuvo ningún gesto oral con Eduardo Duhalde, quien como final de fiesta hasta le organizó una manifestación en Plaza de Mayo. Para muchos fue un gesto de amplitud al resto de los ciudadanos, aunque el duhaldismo bonaerense -al igual que otros justicialistas-no lo observó con los mismos ojos; demandaba algún tipo de gratitud. Hizo alusiones a casi todas las áreas de gobierno, con lo cual resultó obvio que el mensaje se construyó con el aporte de cada ministro. No hubo precisiones ni sorpresas, más bien habrá que esperar las características cotidianas de la nueva administración. Ese es el estilo que se propone Kirchner.
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Néstor Kirchner buscó con exagerado humor desacartonar las ceremonias de asunción de la presidencia junto con Daniel Scioli. Tomó el bastón, símbolo del mando, al revés y salió del error agitándolo ante las cámaras de TV.
• Popularidad
Juan Carlos Maqueda, el juez de la Corte, debió interrumpir su larga charla con Leandro Despouis, auditor general de la Nación cuando comenzaron a llegar los ministros y se sentaron en la primera fila. Entre ellos apareció mezclado Antonio Cafiero, con la escolta de Eduardo Valdés y Jorge Argüello. Zalemas delante de Alberto Fernández y Rafael Bielsa, mientras aparecían esbeltas Cristina Fernández con traje manteca y Karina Rabolini, de gris. El canto «Olé, olé, olé, Lupo, Lupo» comenzó a crecer desde la platea y Esteban «Bebe» Righi y Guillermo Oliveri, el nuevo secretario de Culto, se asomaban por la ventana desde el salón contiguo para «pispear» el ingreso del Presidente y descubrir al adusto fiscal Norberto Quantín batiendo palmas. Al lado del Presidente se ubicó Daniel Scioli, quien ya había tenido tiempo de ubicar algunas pertenencias en su despacho de la Casa Rosada: un juego de ajedrez, un par de fotos con su esposa y un libro inconfundible: «Progettare per vincere», de Fabio Buzzi, un tratado sobre el diseño de lanchas.
Lo que siguió fue una seguidilla de juras, fallidos y bromas con el propio Kirchner como animador. Sirvió, antes que nada, para ponderar el ranking de popularidad de los santacruceños, que se han convertido en una comunidad sometida a estudios casi antropológicos. La que se llevó todas las urras fue Alicia Kirchner, la hermana del mandatario, de traje beige y estampado con motivos vegetales. Abrazó a su hermano brevemente y se lanzó sobre el público para besar a su mamá, doña María Ostoich, sentada en primera fila junto a Estela de Carlotto. Saludaba la escena, un asiento más allá, Cristina Fernández con aplausos que no le dedicó a su esposo en ningún momento más por nerviosismo que por indiferencia. Los otros dos santacruceños, Julio de Vido (ministro de Planificación y Servicios) y Sergio Acevedo (SIDE), fueron los que siguieron en el volumen de griteríos y adhesiones. Curioso lo de Acevedo: lo vivaban hasta los policías, que no lo conocen. Encantos del cargo.
Ni Roberto Lavagna se acordó de firmar el acta después de jurar, como casi todos los ministros (en cambio Lavagna se distinguió del resto por un detalle: no abrazó a Aníbal Fernández cuando reasumió el Ministerio; por lo visto, el marcador no volvió a cero a pesar del cambio de gestión). Kirchner mostró algo de su estilo cuando tampoco se acordó de rubricar el libro notarial el secretario Legal y Técnico, el robusto Carlos Zanini, acaso el hombre más influyente del nuevo gobierno desde el punto de vista intelectual: «Ya si el secretario Legal y Técnico se niega a firmar estamos perdidos», bromeó «Lupo», canchero. Había bromas para todos ayer, en el Salón Blanco. Si hasta el propio Presidente, terminada la ceremonia, volvió al micrófono para reírse por haber llamado «colegas» a los numerosos gobernadores que asistieron a la asunción. «Todavía no me acostumbré al nuevo cargo» bromeó en el micrófono y se marchó hacia el balcón de la Plaza de Mayo para saludar a la multitud concentrada ya entre las luces de la noche.



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