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Pero este criterio, el de los grupos de pertenencia, es sólo uno de los puntos de vista desde los cuales se pueden evaluar los daños de esta crisis. Si se observa el fenómeno desde la perspectiva de la dinámica electoral y del máximo objetivo de Kirchner para los próximos dos años, su propia reelección, hay que sospechar que alguien habrá festejado en la intimidad del oficialismo el reemplazo de Ibarra por Jorge Telerman. Porque de esa lectura se desprende una conclusión categórica: el martes pasado el Presidente, perdiendo, ganó.
Está fuera de duda que la Ciudad de Buenos Aires, siempre decisiva, lo es más para las pretensiones de Kirchner. No sólo por sus veleidades centroizquierdistas -que desde Alfredo Palacios tuvieron un mercado entre los porteños- sino porque, además, sus dos principales adversarios en la escala nacional -Mauricio Macri y Elisa Carrió- hacen política en la Capital Federal. Por eso en el drama de Ibarra está encerrado, indirectamente, el de la reelección presidencial.
Con el reemplazo del jefe de Gobierno porteño, Kirchner está en condiciones de modificar la ecología en la que se discutirá su reelección en ese distrito crucial. Imaginar al Presidente buscando el voto de los porteños en 2007 con Ibarra instalado en el otro extremo de la Plaza de Mayo obliga a pensar en una sombra proyectada sobre la figura del candidato. En principio, porque estaría garantizada para el santacruceño la movilización permanente de las víctimas y familiares de los fallecidos en Cromañón. Una pesadilla para Kirchner, quien teme en cada tragedia la posibilidad de una secuencia de marchas de silencio incontrolable. Así fue con las convocatorias de Juan Carlos Blumberg y lo mismo ocurrió con los padres de los adolescentes que murieron el 30 de diciembre de 2004. Ese miedo presidencial tiene asidero en la realidad: el único episodio desagradable que debió afrontar su esposa Cristina durante la campaña del año pasado se registró cuando esos familiares la increparon a ella y a Estela de Carlotto, en el Teatro Cervantes, durante una presentación del juez español Baltasar Garzón. Con independencia del mayor o menor grado de cultura institucional que se manifestó en la presión en favor de la salida del alcalde, es innegable que ese episodio tiene, al menos por ahora, el efecto de una catarsis. Es decir, Kirchner puede suponer que ha despejado un factor de tensión importante para la campaña de su reelección en la Ciudad.
El otro dato que convierte en una victoria, para el mediano plazo, la «derrota» del martes, es que el gobierno puede probar a Telerman como un candidato aceptable para la disputa municipal de 2007. Sobre todo si el reemplazante de Ibarra revela una vocación superior a la de su antecesor por las tareas más elementales que le demanda el vecindario a quien gobierna la comuna: desde juntar la basura a eliminar los baches. El nuevo alcalde no necesitará aplicar demasiados esfuerzos para superar la performance de Ibarra en ese rubro: la propensión del «intendente» caído a mejorar la gestión urbana fue bajísima. Tanto que hasta se puede apostar que, si hubiera aplicado a la administración la mitad de la imaginación que dedicó al marketing para evitar su salida, tal vez la destitución de anteayer no hubiera sido tan fácil para sus adversarios. Ahora a Kirchner se le abre también la posibilidad de exhibir algún logro en el gobierno local para reclamar la adhesión del electorado metropolitano a su continuidad en la Casa Rosada por otros cuatro años.
Todas estas especulaciones son razonables para un candidato como el santacruceño. Después de todo, en los comicios del año pasado el candidato de su gobierno no tuvo un papel desastroso: Rafael Bielsa salió tercero pero con 20,49%, detrás de 22,01% de Carrió y 34,09% del triunfador Macri. Números que deben ser interpretados también, siquiera en parte, como una consecuencia del peso que tuvo la crisis de Cromañón en la percepción del electorado (situación que Bielsa intentó gambetear sin éxito). Para la interpretación de Kirchner, esos resultados cobijan señales optimistas: él está dispuesto a demostrar que, cuando la oferta de su gobierno sea su propia candidatura, buena parte de los votos que no capturó Bielsa facilitarán su reelección, sobre todo los que en la escala local prefieren al ARI.
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