Imperdonable para un ministro que presume de conocer, como ningún otro de sus antecesores -salvo el efímero radical Juan Carlos Pugliese-, las sutilezas de la política. Lavagna percibió de manera adecuada que la foto del triunfo, el domingo por la noche, no lo tenía entre sus protagonistas. Dirá, claro, que su prescindencia aspiró a sustraer su gestión de los cimbronazos electorales.
Según este punto de vista, quiso seguir siendo un ciudadano de dos reinos, que prefiere periodizar la administración del país según el calendario de su presencia en el Palacio de Hacienda antes que por los cambios que se verificaron en la Casa Rosada. Un hombre de Estado, no de partido. Fracasó en el intento por un factor incontrolable: para la opinión pública su distancia con el matrimonio Kirchner durante la campaña, sumada a las componendas poselectorales que insinuaba Chiche Duhalde, terminaron por convertir la neutralidad ministerial en un pronunciamiento discreto a favor de los adversarios del gobierno.
Durante la semana pasada Lavagna debió moverse para desmentir esa imagen. Lo hizo con una agilidad política que no demuestra cuando los problemas pertenecen al área económica. El ministro no sólo se entrevistó un par de veces con el Presidente, para divulgar después una declaración de apoyo político sólo comprensible para alguien que se había debilitado por el resultado de las urnas.
También se aproximó a un grupo de hombres que, en estas horas, tienen un tránsito por el oficialismo tal vez más franco que él.
El jueves, por ejemplo, invitó a almorzar a un grupo de empresarios que hasta ahora habían estado algo distantes de su gestión. Tanto como próximos a la de Kirchner y a la de Julio De Vido, el ministro de Infraestructura y uno de los varios integrantes del oficialismo con los que Lavagna se lleva pésimo. Porque también aquí, no sólo en la provincia de Buenos Aires, este economista busca el justo medio aristotélico y logra estar mal con De Vido y con Alberto Fernández al mismo tiempo. El almuerzo fue en el restorán Oviedo, de Beruti y Ecuador. Allí el dueño de casa, Emilio Garip, tenía listo el reservado del primer piso para servir el mero con salsa de wasabi, una de las especialidades del lugar.
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