En septiembre de 2015, un Mauricio Macri algo cansado pero exultante llegaba a Radio La Red para ser entrevistado en el tradicional pase de las nueve por los periodistas Luis Novaresio y Jorge Rial. Se preparaba para la segunda vuelta electoral del 26 de octubre, donde enfrentaría al entonces candidato del oficialismo Daniel Scioli, quien iba en tándem con el kirchnerista Carlos Zannini. Minutos antes de ingresar a la emisora, había repasado con su equipo de campaña las últimas encuestas que el asesor ecuatoriano Jaime Durán Barba le había sintetizado.
Los números le garantizaban el optimismo: si todo salía como estaba proyectado, no habría problemas en vencer al bonaerense y convertirse en el próximo presidente para el período 2015-2019. Luego de los saludos de rigor, el candidato se acomodó su elegantísimo traje azul sin corbata, se sentó en el estudio, se colocó los auriculares como si fuera un verdadero profesional y les aclaró a ambos conductores que estaba dispuesto a contestar todas las preguntas, sin importar la dificultad. La entrevista transitó en sus primeros momentos por incómodos temas sobre el futuro rol del radicalismo en el poder, sobre las recientes polémicas que su aliada Elisa Carrió ya le provocaba con sus propios colaboradores, sobre su pasado, sin situaciones de penurias económicas, sobre su secuestro, sobre la relación con su padre Franco Macri y sobre los pocos conocimientos con respecto al siempre difícil conurbano bonaerense. Se llegó finalmente al tratamiento de los temas económicos y Macri se relajó en el sillón del estudio mayor de la radio. Ahora sí se lo sentía cómodo y dispuesto a profundizar en los temas donde, sabía, tenía las de ganar. Novaresio y Rial insistían en conocer si iba a devaluar el peso, cómo haría para que el país volviera a crecer luego de casi cinco años de estancamiento y cuál era su estrategia para abrir el cepo cambiario, solucionar el retraso en la actualización del impuesto a las Ganancias y normalizar el INDEC, todas trampas que se había autoimpuesto el kirchnerismo en la última gestión de Cristina Fernández entre 2011 y 2015.
Llegó un momento en que Macri abrió sus brazos parando las embestidas de los dos periodistas y pidiendo unos minutos para contestar sin interrupciones. Con educación pero con firmeza, calló a sus interlocutores, afirmó su espalda y con voz firme relató que “todas esas cuestiones que ustedes me preguntan son problemas coyunturales que de ninguna manera serán importantes en mi presidencia. Mi sola presencia en el poder, y la tranquilidad que le daremos a los inversores, hará que lleguen dólares al país por más de 10.000 millones por año, y sólo para proyectos de infraestructura”. Ante el intento de repregunta de Novaresio, Macri volvió a levantar un brazo para pedir completar su concepto. “Usted me va a preguntar por la inflación. Le contesto que en mi presidencia no será un problema. Tendremos el alza de precios que tiene el resto de la región, porque no hay ningún problema, salvo los políticos y la desconfianza que genera el oficialismo, para que la inflación no tenga una evolución normal”. Inmediatamente después Macri se burló del cepo y de las restricciones para la compra de dólares para atesoramiento que aplicaba el kirchnerismo desde hacía ya cuatro años, calificándolas de “bizarras”, y pidió “confianza” a sus seguidores y a los que aún no tenían definido su voto afirmando que “voy a lograr que muy pronto, en menos de un año, la situación económica mejore lo suficiente como para que todos sientan que ya hay un bienestar en sus vidas”. Luego de casi veinte minutos de filípica de impecable optimismo, el candidato cerró su faena lanzando un convincente llamado a estar preparado para “una década de crecimiento sostenido y de desarrollo del país”. La entrevista terminó con esa frase. Apurado por sus asesores de turno, quienes además de felicitarlo por su faena radial lo arrastraban hacia el automóvil de la puerta para que pudiera cumplir con el próximo compromiso de campaña, Macri tuvo tiempo para lanzar un concepto más a los periodistas, ya fuera del aire. Contabilizó los “miles de billones de dólares que hay en el mundo dispuestos a invertir en países en desarrollo como el nuestro, que tiene un retraso de más de quince años en inversiones de infraestructura”, aventurando que “la llegada de divisas será en catarata”. Así, un Macri confiado tanto en la victoria como en que el bienestar económico y la caída de la inflación llegarían casi al mismo tiempo que su asunción presidencial del 10 de diciembre comenzaba a encarar el último tramo de la campaña que lo condujeron a la Casa Rosada.
La intención de este libro es ensayar una crónica de los hechos que llevaron a este más que entusiasta y voluntarista hombre de negocios, heredero de una megafortuna y exitoso dirigente deportivo y jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires, que llegó a la presidencia de la Nación en diciembre de 2015, a convertirse en el jefe de Estado que no pudo dominar, casi en ningún momento, las variables macroeconómicas del país. Macri, que rehusaba en aceptar el mote de liberal o de ortodoxo, sí gustaba llamarse como desarrollista y el heredero natural de Arturo Frondizi y su sincero proyecto de armado sólido de una plataforma de crecimiento genuino para la Argentina del futuro. Sin embargo, años después, tuvo que aceptar que, directamente, la economía durante su gestión no funcionó, y que la mayoría de sus promesas no pudieron cumplirse. Y que, cuatro años después, los muy malos números de los fundamentos económicos con que recibió el poder terminaron en peores condiciones. En definitiva, este libro intentará ser la crónica de una desilusión.
Dejá tu comentario