Si algo se le reconoce al menemismo es su capacidad para ofrecer gobernabilidad al país. Es una condición incuestionable aun para los que desconfían de otras capacidades del grupo. Sin embargo una mirada que revise la intimidad de la campaña electoral que lleva adelante el riojano tal vez sacaría otras conclusiones: la guerra del entorno es allí de todos contra todos. Nada que envidiar a otras facciones de la política actual: el duhaldismo no termina de entenderse con los Kirchner, el ARI ya tiró por la borda dos asociaciones (con el socialismo y con el peronismo de Mario Cafiero) y hasta en las proximidades de Ricardo López Murphy se libra una pelea sorda entre quienes en la reencarnación anterior fueron conservadores o radicales.
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La prueba tal vez más delicada llegará el jueves que viene, cuando los equipos del ex presidente realicen la propuesta que llevarán al poder. Un tejido delicado debería unificar las distintas bandas de «técnicos» que se alinean con distintos caciques.
Como decía Edmund Burke de las casas reales que se reponían en los tronos europeos tras el ocaso de Napoleón, de los epígonos de Menem se podría afirmar que «no aprendieron nada y, lo que es más doloroso, no olvidaron nada». Eduardo Bauzá y Alberto Kohan libran un nuevo capítulo de una vieja batalla, que en los '90 dividió al entorno del riojano en «celestes» y «rojos punzó». La primera víctima de esta nueva edición de la pelea tal vez haya sido Julio César Aráoz. En el acto organizado en Costa Salguero hace tres semanas, se había previsto que «Chiche», regresado a su antigua fe, dirigiría brevemente la palabra a la concurrencia para convocar a los fiscales electorales. «Me parece que no va a hablar», dijo un colaborador directo de Kohan, ni bien vio la lista de oradores y recordó que Aráoz trabaja en las oficinas de Bauzá, de Esmeralda y Arroyo. En efecto, Aráoz no habló y, con la carpeta que sostuvo durante una hora al lado del escenario, se marchó a su casa antes de que termine la concentración. Kohan lo despidió con un golpe cariñoso en la espalda.
Siguió garabateando Aráoz la lista de fiscales de todo el país pero se encontró, inesperadamente, con un adversario del que nadie le había hablado: Luis Giacosa, «el Loro», estaba haciendo el mismo trabajo en nombre de Juan Carlos Romero. Giacosa es salteño y se mueve a dúo con Esteban Llampar. Como representan a la fórmula ante la Justicia, son los dueños de la nómina de quienes defenderán los votos de Menem el día de las elecciones.
• Reacción
El avance de Romero, en este campo y también en otros, consiguió un milagro que se creía imposible: por un momento, Kohan y Bauzá se unieron en un mismo objetivo. No sólo bloquearon el plan de comunicación y prensa que el candidato a vice le acercó al riojano, también comenzaron a alentar que «si quiere ser jefe de gabinete debería renunciar a la fórmula». El salteño reaccionó rápidamente y Buenos Aires se llenó con carteles más que claros: «Menem-Romero, una marca registrada». En realidad no está registrada en ningún lado ya que es la primera vez que integran un binomio y sólo se explica el mensaje si se advierte que está más dirigido a la interna que al público general. Una curiosidad adicional: la campaña la hizo el publicista Enrique «Pepe» Albistur, el mismo que promueve, en otros carteles, la imagen de Kirchner. Como Menem, también este empresario de la publicidad sabe sacar provecho de las contradicciones.
Faltaba la buena nueva para agregar discordia: llegó Carlos Corach, quien recorre las distintas tribus esperando que lo incluyan en alguna. Pero se topa con viejos rencores, alimentados por frases referidas a Menem que se le escaparon antes de marcharse a Oxford, combinadas con una herida en la relación con Bauzá (ambos fueron senadores en la misma etapa) que tardará en cerrar.
La campaña entró en una fase que requerirá cierta cohesión en el grupo, por más que para Menem existe orden donde otros sólo ven caos. Finalmente, la lógica de «todos contra todos» le ha sido útil hasta ahora. Y, más importante, también le resulta divertida como al filósofo Spinoza ver pelear en una caja a sus arañas.
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