Néstor Kirchner recibió ayer a la CGT. Los sindicalistas, que ya consiguieron el aumento del salario mínimo a $ 450, venían con "espíritu de conquista". Pero encontraron a un presidente parco en materia de distribución. "No pidan todo de golpe, moderen la demanda", les dijo. En principio, se sugirió estudiar la mejora en las asignaciones familiares, que aumentarían $ 80 antes de fin de mes. La suba de $ 100 para todo el sector privado quedará para otra ocasión. Por ahora, sólo se discutirán $ 50, sin fecha de entrega.
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El Presidente recibió a la cúpula de la CGT acompañado por Alberto Fernández y por Carlos Tomada. Los peregrinos fueron José Luis Lingeri (Obras Sanitarias), Hugo Moyano ( camioneros), Gerardo Martínez (construcción) y Juan Manuel Palacios (colectiveros). Susana Rueda, que forma parte del triunvirato, no concurrió por encontrarse fuera del país.
La cuestión por la que demostró mayor interés Kirchner fue la del salario. Les reclamó a los gremios que no exijan un aumento de $ 100 para el sector privado de manera inmediata. Los sindicalistas le hicieron saber que la apertura de paritarias no beneficiaría a todos los gremios, sobre todo porque la mayoría no está en condiciones de instalar conflictos cuando el nivel de desocupación es muy alto. «Mejor vayamos al decreto», le dijeron.
Kirchner admitió, encargó a Tomada la negociación de la norma y pidió que «no vengan por todo de golpe». De este modo, quedó casi establecido un cronograma por el cual se aumentarán las asignaciones familiares en $ 80 antes de fin de mes y un poco más adelante habrá un incremento de $ 50 en todos los salarios de la actividad privada.
La posibilidad de mejorar el poder adquisitivo por una rebaja en el IVA fue analizada, de nuevo, pero no abrazada con fervor. «Va a haber evasión; es difícil que los empresarios bajen los precios; lo único que vas a conseguir es mejorarles la rentabilidad», le dijeron a Kirchner los de la CGT. «No sé, creo también que es difícil. Hablen con Lavagna», recomendó el dueño de casa. El ministro acababa de salir del área y había alcanzado a saludar a algunos de los recién llegados.
No podía faltar de la mesa la discusión sobre salud. Los sindicalistas le reprocharon al gobierno la retención que realiza Economía, desde hace años, de parte de los aportes, que forman parte del presupuesto, aunque deban ser derivados a la Superintendencia de Salud. «Está bien, vayamos viendo cómo los transferimos. Pero de a poco; hay que cuidar el superávit», les recomendó el Presidente, siempre conservador con su «caja». En cambio, se mostró más generoso Kirchner cuando se trató el problema del PAMI. Lingeri fue el más enfático en señalar, como sindicalista de una privatizada que paga sueldos relativamente buenos, que la obra social de su gremio se hace cargo de los jubilados del sector, pero que Graciela Ocaña no les deriva el aporte correspondiente. «Por lo menos, que nos compensen con parte de la contribución, ya que no provocamos gastos», dijo el sindicalista de Obras Sanitarias, acaso el que mejor trato tiene con Kirchner. «Alberto, hablá con Graciela», le ordenó el Presidente al jefe de Gabinete.
Al pasar, hubo una alusión al problema que altera la vida doméstica del gobierno: la pelea entre Lavagna y De Vido. Como si hubiera un discurso instalado en el sillón presidencial que repiten impersonalmente quienes lo ocupan, como un karma, Kirchner dijo lo que dicen los presidentes en estos trances: «No hay nada. Exageran porque no tienen noticias y crean escándalos para no decir que todo anda bien». Al salir, los capitostes de la CGT, inesperadamente, recordaron a Carlos Menem.
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