«Jordania fue una idea que se me ocurrió en primavera, a eso de las cinco y media de la tarde.» Así dejó para la posteridad Winston Churchill su invención de la corona hachemita de Jordania, en una de las clásicas repartijas geopolíticas del poder en la segunda posguerra. Pero la boutade de Churchill distaba de ser meramente tal: se trataba más bien de la práctica, en lugar de la excepción, en los lugares que los imperios encontraban poco saludables para seguir habitándolos. Mejor teleguiarlos a distancia dejando in situ un aparato de Estado con ciertos entorchados de legitimidad. ¿Pensaba en algo así Néstor Kirchner, que ha desencadenado el impulso monárquico en la Argentina?
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Por lo general, la regla clásica a seguir por los fabricantes de falsas monarquías, que a veces devenían luego en repúblicas por el simple expediente tercermundista del golpe de Estado, consistió en conferir todo el poder y todo el ejército a las minorías étnicas, que muchas veces resultaban ser las clases más favorecidas y opresoras del resto. Dividir para reinar. Así, por ejemplo, en Jordania, los hachemitas representados por el rey Hussein y por su actual sucesor nunca representaron más de 10 por ciento de una población compuesta mayoritariamente de beduinos y palestinos. En realidad, algo más de lo que representan los santacruceños sobre el total de la población de la Argentina. En Irak, el poder a través de los sucesivos regímenes siempre se encarnó en la minoría sunnita, que encontró su expresión suprema en Saddam Hussein y sus hijos (los tres eliminados por la invasión estadounidense). Es que el díscolo Saddam siempre menospreció el destino decorativo con el que el rey jordano siempre pareció tan satisfecho.
En Siria, donde el sistema superpresidencialista enmascara en realidad una monarquía hereditaria (con la sucesión hace pocos años de Hafez al Assad por su hijo Bachar, un oftalmólogohasta entonces radicado en Londres), fue la misma historia: una minoría de 10 por ciento de alawitas presidiendo sobre chiitas y sunnitas. En Irán, pese a que su vindicación de legitimidad era mayor, la monarquía persa del sha Mohammad Reza Pahlevi sólo pudo ser reinstaurada en los años 50 por un golpe de Estado respaldado por Estados Unidos contra el gobierno del presidente nacionalista y laico Mohammed Mossadegh.
Después están las coloridas y a menudo sangrientas monarquías africanas. Basadas en alianzas de clanes, militares y aventureros y mercenarios extranjeros, usaron las cuantiosas materias primas (petróleo y caucho, principalmente), así como sus riquezas en oro, diamantes y piedras preciosas diversas para montar gigantescos aparatos de enriquecimiento personal. Estuvo Bokassa I, quien se entronizó como emperador del Imperio Centroafricano con una ceremonia copiada de la de Napoleón I.
Estuvo también Idi Amin Dada, estruendoso en proclamas internacionales y mentado comensal de carne humana junto al entonces presidente francés Valery Giscard d'Estaing. Y, por supuesto, no puede obviarse al inolvidable Mobutu Sese Seko, siempre ataviado con sus famosos gorros de piel de leopardo, y cuya fortuna personal llegó a representar la mitad del Producto Interno Bruto de su país, El Zaire (hoy República Democrática del Congo).
¿Significa esto que la mayoría de las monarquías son revoltijos de masacres y materias primas, sin ninguna legitimidad superior que las enaltezca? Más o menos. Hay, por cierto, versiones más pulcras, como los príncipes de Mónaco (aunque, detrás del oropel, siempre se parecieron bastante a una banda de aventureros internacionales). Lo que parece marcar la diferencia es el peso y la consolidación de la historia (como en el caso de la casa Windsor en Gran Bretaña) o la limpieza y corrección de una conducta (como la de Juan Carlos I de España, cuyo rol como monarca, paradójicamente, estriba en garantizar el funcionamiento del sistema parlamentarista).
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