No hay modelo, sí derecho a festejar
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Es importante que muchos que no lo quieren no observen aún razones suficientes para que otro estuviera en lugar de Néstor Kirchner en la Casa Rosada. Fueron muy decepcionantes Fernando de la Rúa, Adolfo Rodríguez Saá, Eduardo Duhalde, Chacho Alvarez, el Menem actual con más ensañamiento que profundidad en las críticas. Salvo Elisa Carrió, que por lo menos actúa con agudeza en algunos temas puntuales, son muy sangrientos los opositores y pierden respeto como son muy fanáticos y soberbios los entornistas del Presidente y crean lógica alarma.
Entre estas percepciones de la sociedad caerá sobre los realmente independientes que se pueda calibrar el acto del jueves, si se puede llegar a percibirlos, porque con tanto dinero en el Estado se puede lograr hasta alquilar actores. A los otros, los «llevados», los que corren riesgo en ingresos si no van, algún día les cantarán en esa misma Plaza de Mayo -como ocurrió a la caída del general Juan Perón en 1955- «no venimos por decreto ni nos pagan el boleto».
No está mal que un presidente quiera festejar tres años de gobierno. No está bien pero apenas es pecado venial frente a la realidad argentina habitual que se vaya a gastar dinero público en un acto partidario, porque nadie espera que vayan a pasar de mención -si la hay- los nombres de Mariano Moreno, Juan José Paso, Castelli y otros iluminados de aquel 25 de Mayo de 1810. Tampoco está mal que se guarden un poco las formas no concentrando micros de transporte en la avenida 9 de Julio. De la misma manera es agradable que los sindicalistas se desesperen porque siendo un día festivo no laborable no pueden parar colectivos a las salidas de fábricas y ministerios para asegurarse llevar personas y esgrimir relevancia.
Más allá de los impactos que cualquier concentración de masas de cierta magnitud provoca en el mundo reunir cien mil, doscientos mil o más personas en una plaza en la Argentina hoy tiene escasa definición ideológica. No cabe eso de que «adhieren al modelo». ¿Qué modelo? Un dólar de $ 2,40 llevarlo arriba de $ 3 para tomar la diferencia como retención a los efectos de subsidios con fines políticos, sin dañar demasiado al productor, no es un modelo económico por lo menos coherente. Es sólo una actitud con consecuencias: cae el salario real y es necesario sobornar a los sindicalistas con medidas antiempresas que así se descapitalizan. No pueden dar más empleo y la desocupación es alta. Es costoso invertir con dólar artificialmente elevado, muy riesgoso tomar personal y la fábricas existentes no pueden satisfacer el consumo con lo cual surge la inflación que, a su vez, obliga a poner precios máximos que taponan la realidad económica y todo se mueve en un esquema viciado con acechanza de estallido. No hay plan económico, ni política industrial en busca de alguna eficiencia, ni agropecuaria. Estamos sólo en una acelerada máquina de gastar muy bien aceitada por abundante dinero externo.
Hay adhesiones, inclusive de empresarios muy afectados, al crecimiento, porque nadie podría desear lo contrario, pero entre los responsables de producir no hay mayoritariamente solidaridad con la forma de manejar el momento.
Este acto del 25 de mayo entonces, basado en la heterogeneidad de los convocantes, en adhesiones planteadas como inexcusables, en la concentración y en el oportunismo de un momento de grifos estatales abiertos, en un esquema con pies de barro puede reclamar como mérito mayor sólo uno: sacarle un complejo de convocatoria de gente a un primer magistrado. No es poco dada la responsabilidad que tiene y tampoco es alto el costo de «una Plaza de Mayo» si al satisfacerlo queda convencido de que no necesita los caminos tortuosos del autoritarismo, algo no fácil de evitar dado el fanatismo que lo rodea.




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