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La reunión de De Vido con la segunda línea del nuevo régimen boliviano quedó en la nada y los funcionarios que preparaban informes para esa cumbre debieron guardar sus biblioratos. La agencia oficial había adelantado una negociación según la cual se le compraría gas a Bolivia a cambio de transferencia de tecnología y otros bienes, como se pactó con Venezuela la compra del fueloil. De nada de eso se comenzó siquiera a hablar. Todo este clima de desinteligencia reforzó una incógnita mayor: ¿por qué Morales, quien viajó a Cuba, estuvo ayer en Caracas, llegará hoy a Madrid y se verá después con Lula da Silva, no tiene previsto verse con Kirchner en la Argentina? La respuesta oficial del gobierno no podría ser más convencional, sobre todo si se tiene en cuenta que el protocolo es una materia muy secundaria para la administración actual: «La Cancillería no lo invitó porque las relaciones con Morales pasaron siempre por otra área», dijo un funcionario. Un argentino que ejerció funciones diplomáticas en Bolivia y que conoce bien a «el Evo» comentó así esa excusa: «Puede ser que sea cierto; como todo 'colla', Morales es muy formal y si no lo llamaron para ofrecerle una agenda en Buenos Aires, no se debe esperar que él tome la iniciativa».
Es verdad que el vínculo del gobierno de Kirchner con el Movimiento al Socialismo de Morales fue siempre fluctuante. El único contacto estable, amistoso, fue casi secreto: lo estableció el viceministro del Interior, Rafael Follonier. Se trata de un viejo militante de la izquierda dura, acaso el que ostenta un pasado más radicalizado entre los hombres que revistan en las filas de Kirchner, el único que intervino personalmente en la anticumbre de Mar del Plata. Esos antecedentes lo convirtieron en un puente privilegiado con Hugo Chávez a través de otro ex guerrillero, el actual canciller venezolano Alí Rodríguez. También con los bolivianos Peredo, a quienes el secretario de Provincias está unido por una amistad de 30 años. Las tratativas de Follonier con el nuevo poder de La Paz, coordinadas con las del brasileño Marco Aurelio García, se desarrollaron casi clandestinamente durante los últimos dos años. A tal punto que fue por un viaje secreto a La Paz que este funcionario pudo persuadir a los dirigentes del MAS de lanzar una sublevación extrema, seguramente sanguinaria, contra el gobierno de Carlos Mesa.
Sin embargo, esta dimensión del vínculo entre el kirchnerismo y Morales es del todo ajena a la cuestión bilateral más importante: la provisión de gas de Bolivia a la Argentina. Hoy ese flujo representa sólo 5% del gas que se consume en el país. Pero si el ritmo de la demanda se mantuviera constante, hay técnicos que prevén que esa proporción llegaría a 20% en 2 o 3 años. Un lapso en el que, además, no se puede pensar en una fuente alternativa; un megagasoducto desde Venezuela, por ejemplo. En cuanto a los costos, los cálculos que el subsecretario de Energía, Cristian Folgar, hacía para Rafael Bielsa a mediados del año pasado, en plena crisis boliviana, resultan hoy inconsistentes: la Argentina está pagando desde comienzos de año u$s 3,40 el millón de BTU, por un gas que a mediados de 2005 costaba u$s 2,08.
Estos datos llevan a prestar especial atención a otra explicación, mucho más inquietante, sobre la decisión de Morales de no pasar por Buenos Aires durante su gira y tampoco enviar a representantes para hablar con De Vido de la cuestión gasífera. ¿Y si se tratara de una estrategia? Es decir, ¿si fuera la señal de un endurecimiento respecto de uno de los dos principales clientes -el otro es Brasil- que tiene Bolivia para ofrecer su gas?
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