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Néstor Kircher
Esta resignación opositora no alcanza a encubrir las simulaciones de Olivos por pegarse a banderas ajenas, pero ganadoras, como lo intenta también cuando se pega al seguro triunfo de Gerardo Zamora en Santiago del Estero con una fórmula que no inventó el kirchnerismo sino los radicales para apoderarse de una provincia que había sido desde siempre peronista -la misma que habían inventado los radicales para quedarse años antes con Catamarca y, más cerca de ahora, con Misiones-.
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¿Para qué tanto alarde de festejo? Lo que no ha podido modificar Néstor Kirchner desde la derrota ante el campo - en realidad un revés ante la opinión pública y el voto moderado de clase media, el que decide las urnases su propio pronóstico de que el peronismo puede perder las elecciones del año que viene. Cuando hizo en julio la primera evaluación de daños después de la guerra con el campo, sancionó que la derrota era segura. La escucharon varios de sus acólitos que se quedaron con esa profecía como un programa de vida. Desde entonces el oficialismo sufre una sangría de apoyos en todo el país, en especial de los márgenes de la transversalidad -piqueteros o aliados por izquierda, que se van hacia Elisa Carrió-. También se van de su lado los socios de la raza de los políticos con la defensas bajas, es decir legisladores que terminan sus mandatos el año que viene y no tienen buen pronóstico de reelección. Este tipo de legisladores es la muestra testigo de quien tiene el poder.
Cuando estos hombres sin mucho que perder se aferran al gobierno, es prueba de que allí está el poder. Cuando se los lleva la oposición, lo sabe Kirchner, es que el poder está mirando hacia allá.
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Estas migraciones lo dejan más cerca del peronismo ortodoxo, ése que se alambra en el conurbano para impedir que nadie entre, pero del cual nadie puede salir. Desde aquellas presunciones de julio, Kirchner ha mejorado sus pronósticos. Es lo que les dice a sus visitantes a Olivos, jefes de distritos problemáticos, como Ricardo Spinozzi, un hombre de Carlos Reutemann que preside el PJ de Santa Fe y a quien recibió el martes en la residencia presidencial. Con él analizó más de una martingala para revertir el revés en esa provincia clave por la cantidad de votos y que navega según el ánimo pausado y medroso de un Hermes Binner. El miércoles lo llevó a la hora de los tragos a Diego Kravetz, jefe del bloque de legisladores porteños, a quien instruyó en la madre de todas las batallas: esmerilarlo a Mauricio Macri en la Capital Federal en un momento de debilidad de quien presume ser el socio oculto de Felipe Solá. Macri libra una batalla cruel con la oposición y el gobierno nacional que saben que si le hacen reprobar el examen del nuevo Presupuesto le habrá hecho fracasar el primer año de gobierno y le habrán complicado en serio el segundo.
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Para revertir ese pronóstico que él mismo había proferido en un momento de depresión («Prefiero perder», había dicho,con el mismo ánimo, en plena pelea con en campo), emprendió todas las acciones que le reclamaban las encuestas: arreglar con el Club de París, arreglar con los hold outs (fracasaron por la crisis internacional), subir las jubilaciones, apoderarse de esas enseñas ajenas que son estatizar las AFJP y Aerolíneas. Con todos esos gestos buscó amigarse con la sociedad que se peleó con el gobierno en la puja del campo. Abrazarse a las banderas de los opositores al peronismo en los años 90 reconduce la gestión de su esposa a lo que mejor hizo desde 2003: apoderarse de la agenda del Frepaso -y de sus hombrespara quitarse el ropaje del peronismo que rechazan las clases medias. Ese peronismo al que ahora parece condenado para apostar, como única chance que le queda, para cambiar el pronóstico de derrota que él mismo instaló.




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