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El nuevo superintendente de Servicios de Salud, Juan Rinaldi,
comenzó a notarse en su flamante empleo. Separó a funcionarios
y hasta cambió el sistema de seguridad de la oficina
que dejó el albertista Héctor Capaccioli.
En sordina, en la «Súper» hacían ayer la broma burda de que Cappacioli estaba preocupado por la inseguridad. Golpes al caído, nada más.
De a poco, Rinaldi parece mutar de escudero de los gremios en contralor de los mismos. Cierta sensibilidad del funcionario por el orden en los papeles habría sido el motivo por el cual Moyano, a la hora de proponer nombres para la SSS, se olvidó de mencionar a quien fue su abogado.
Lo dicen, claro, los defendores de Rinaldi, quienes siguen con atención otra batalla silenciosa: la que se juega, por abajo, y tiene múltiples pretendientes por el control de la Administración de Programas Especiales (APE) que despejó el ahora titular de la «Súper».
Ese proceso es complejo y vuelve a ubicar a Rinaldi y Ocaña en tándem contra Moyano. Nada está definido. A los suyos, el camionero les anticipó que Néstor Kirchner fue receptivo sobre la necesidad de que un dirigente gremial, referenciado en la CGT, se siente en la butaca vacante de la APE.
Se verá: ahora, Moyano, cree que la Casa Rosada -mejor dicho, Olivos- está obligado a darle una respuesta positiva luego de que desoyó su sugerencia de ubicar a Oscar D'Onofrio o a Octavio Argüello en la sucesión de Capaccioli.
El final se conoce: fue Rinaldi con soporte de Ocaña y, a través de ésta, del jefe de Gabinete, Sergio Massa.
En la SSS, con una lupa, Rinaldi revisará los movimientos de Capaccioli y se presenta como el que «limpiará» un área que apareció intoxicada por una seguidilla de prestaciones truchas y quedó, además, en la mira de la Justicia y la política, por la frecuencia con que droguerías y empresas de medicamentos aparecen como aportantes de campaña.
Esa cruzada la inició Ocaña y, en el tramo final, se trepó Rinaldi. Ahora socios, nadie sabe por cuanto tiempo. Aunque, eso sí, con enemigos en común.




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