Ocuparon la Catedral, reclamaron dinero a Macri, el cardenal cerró los baños y el intendente les pagó

Política

Un toilette improvisado junto al altar mayor de la Catedral Metropolitana quedó, al caer la tarde, como emblema de los modos poco majestuosos con que, en la era Kirchner, opera la política. Un remix, escatológico, del discepoliano «la Biblia y el calefón».

Fue el fin de una novela frenética que se extendió por algo más de seis horas desde que, cerca del mediodía, Hebe de Bonafini «copó» el templo religioso y lo usó como trinchera para reclamarle a Mauricio Macri que destrabe más de un millón de dólares girados por el gobierno nacional.

Más que novela tuvo rasgos de la picaresca circense. Bonafini irrumpió en la Catedral, los religiosos les echaron llave a los baños y cerraron los confesionarios y, preparada para una larga estadía, la titular de Madres mandó a improvisar un toilette en un rincón de la Catedral.

Un posgrado en la escuela invasiva que tiene, por estos tiempos, como exponente mayor a Hugo Moyano. Pero ni el camionero, evangelista practicante, de rezo diario, se atrevió a tanto.

En esto Bonafini es vanguardia aunque, como todo vanguardista, se repite: la de ayer fue su cuarta toma de la Catedral; lo hizo durante la dictadura, lo repitió con Raúl Alfonsín y reeditó esa práctica para protestar durante el gobierno de Carlos Menem.

Años atrás, menos permisivos que los Kirchner, otro gobierno le mandó mujeres policías y le cortó la luz. Ayer, la dirigente festejó un final más feliz: en un pestañeo, la usualmente morosa burocracia estatal liberó los 3,4 millones de pesos enviados por la Casa Rosada.

La Fundación Madres de Plaza de Mayo recibe esos fondos en una cuenta del Banco Ciudad. El Gobierno porteño arguyó que faltaba una serie de instancias administrativas antes de depositar el dinero destinado a emprendimientos inmobiliarios en villas porteñas.

Absortos, Macri y Jorge Bergoglio habían tardado en reaccionar. Ambos lo hicieron a través de la misma boca: la de la vicejefa de Gobierno, Gabriela Michetti. «Deben cumplir con la instrumentación legal que se le exige a cualquier empresa», trató de ponerse firme.

Michetti, se sabe, forma parte del poblado séquito de políticos que consulta con frecuencia o busca consuelo espiritual en el cardenal Bergoglio. «Ninguna empresa, organismo y ONG tendrán privilegios respecto de otras» advirtió, a media tarde, la segunda de Macri.

La resistencia duró un suspiro. Hasta Julio Macchi, presidente del Banco Ciudad, se apersonó en la Catedral para ofrecerse como mediador.

- Levanten la toma: el dinero está depositado. Salgan que se arregla todo -invitó Macchi.

- De acá no nos vamos hasta que nos den la plata- apagó Bonafini el ánimo mediador.

Mientras tanto, con la dirigente atrincherada en la Catedral -luego de que los párrocos les hayan echado llave a los toilettes y a los confesionarios para impedir que como en otras tomas se usen como «baños»- su delegado Sergio Schocklender negociaba con Esteban Bullrich, ministro de Desarrollo Social de la Ciudad.

En reserva, había otras figuras activas. En el Ministerio de Planificación estaban varios funcionarios abocados a destrabar la crisis. Cumplían un mandato de Cristina de Kirchner: si Bonafini permanecía en la Catedral, el conflicto podría volverse costoso para la Casa Rosada.

Sería poco oportuno que en medio de la lidia por el plácet de Alberto Iribarne como embajador ante el Vaticano, la prensa internacional se aboque a la toma de la principal catedral argentina por parte de una dirigente ligada estrechamente al gobierno.

Absorto, magullado por la sucesión de conflictos que estallaron desde que asumió la jefatura porteña, Mauricio Macri casi ni tuvo capacidad de reacción. Unas horas después de que se enteró de la toma cedió: hoy mismo, Bonafini podrá acceder a los 3,4 millones reclamados.

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