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Sin embargo los porteños devolvieron el plato. Y de la peor manera: hicieron ganar a Mauricio Macri, la peor opción para los intereses de Kirchner. El santacruceño no debería, sin embargo, lamentar más de lo debido por esta incomprensión: a Carlos Menem le sucedió lo mismo entre esa misma gente en la primera elección legislativade su mandato. En 1991, la Capital eligió a Fernando de la Rúa como candidato a diputado. También el riojano se había desvivido por seducir al mismo público: privatizó, cambió de amigos, halagó también a la prensa y hasta resolvió su política internacional en una dirección que era más sensible a las pretensiones metropolitanas que a las que podían registrarse en el resto del país.
El triunfo de Macri es, de los tres resultados que preveían las encuestas, el más mortificante para el gobierno nacional. Primero porque significa la victoria de una visión del país y de la función pública claramente opositora. Segundo, porque Macri tiene una facilidad para interpelar al peronismo clásico de la que carece cualquier otro extrapartidario. La popularidad agregada por Boca Jr. y la capacidad económica de ese dirigente completan un cuadrante que inquieta a Kirchner, quien jamás alude siquiera al vencedor porteño de ayer. Una indiferencia que es hija de la astucia no del desdén.
No consiguió el gobierno el premio principal pero tampoco el que se repartía dentro del segmento centroizquierdista, que anoche iba a las manos de Elisa Carrió. Por eso el kirchnerismo comenzó temprano a evaluar las principales fisuras de su estrategia porteña. Sobre todo una, atribuible a Alberto Fernández, responsable principal de la operación del oficialismo en el distrito. Se trata del empecinamiento por reflotar una marca desprestigiada allí, como es la del «PJ». Un afán que, además, quedó a mitad de camino: Bielsa no puede ser visto como un arquetipo del peronismo pero tampoco su proselitismo se orientó a la progresía que alimentó las urnas del Frepaso y del radicalismo de izquierda. Tampoco fue un vocero oficialista sino que más bien estimuló el morbo de quienes andan a la pesca de disidencias en quienes sólo deben exhibir obediencia.
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