La primera misión de Sergio Massa ayer en Olivos fue aplacar la furia de los Kirchner con Alberto Fernández por haber mandado la renuncia a los medios antes que al matrimonio. El jefe de Gabinete organizó en su departamento de Puerto Madero junto a su equipo de prensa la bombaracimo de su renuncia, que conoció el público antes de que la secretaria de Fernández tocase el timbre en la residencia presidencial con el sobre que contenía la renuncia. Fue la forma que encontró Fernández de que no lo forzasen a dar marcha atrás.
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La Presidente solicitó dos llamadas: a las 9 le pidió a Sergio Massa que a las 11.30 estuviese en Olivos. Antes de que llegase éste escuchó los argumentos de Fernández sobre la renuncia. Fue la continuación de una larga charla del fin de semana en la cual el jefe de los ministros acumuló reproches: «No tengo ningún poder. Cualquiera se me anima. Doy una orden a un subsecretario y no me da ninguna bola. De afuera me critican y nadie me defiende. Eso quiere decir que alguien los avala. Todos los ministros están atornillados a la silla y eso no te ayuda. Yo me voy. No tengo ya ningún espacio para ejercer el cargo si nadie me respeta ni nadie me defiende. ¿Para qué me voy a quedar? ¿Para qué se van a quedar todos?».
De otro lado Cristina admitió el reproche sobre que alguien avala las críticas desde muy arriba, es decir Néstor, ex presidente. El jefe de Gabinete se había quejado de esas intrusiones y hubo un reproche de alcoba: «Estoy cansada de que estés llamando a mi jefe de Gabinete». Néstor dejó de llamarlo pero le hizo saber de ese diálogo en el matrimonio. Ahí entendió Fernández que el reloj se había detenido.
Tamaño pliego de quejas hizo circular la noticia de que existía, además de la renuncia formal, una carta privada de Alberto a Cristina, amigos, en el cual le enumeraba críticas al tren bala, el INDEC, la persistencia del dúo De Vido-Moreno, las valijas bolivarianas. Hasta la desautorización de sus negociaciones con el campo durante la guerra de las retenciones móviles.
Todo quedó encapsulado en esa llamada en la cual Fernández repitió lo que le había dicho el domingo a los pocos funcionarios que fueron a verlo a su departamento, en donde volaba de fiebre con diagnóstico de presunta neumonía. Cuando Massa entró a la residencia lo llevaron a la oficina que tiene la Presidente en el pabellón principal. Néstor miraba entre los visillos desde el chalé de huéspedes que ocupa como residencia y sede de trabajo desde hace dos meses. Lo sentó y le habló durante 40 minutos: «Siempre has sido un gran comunicador un hombre muy eficiente en todo lo que se te confió. Ya sabés lo que ha pasado, por eso te llamé para decirte que te necesito en la Jefatura de Gabinete». Mencionó de paso lo abrupto del portazo de Fernández, disgusto que ocupó el desayuno de los Kirchner, que se cruzaron acusaciones de quién era el dueño del ya ex jefe de Gabinete. (No es mío, es tuyo. No, es tuyo. Te lo dije. No, el que te lo dijo fui yo, etc.)
Massa hizo los cumplidos del caso y recibió las instrucciones, la principal: que se ocupe de la buena suerte del proyecto de estatización de Aerolíneas en el Congreso. «Después de lo que pasó, eso tiene que salir bien», le casi rogó la Presidente.
Lealtad
Massa es un hombre de la casa, especialmente en la canchita donde los sábados Kirchner les tomaba examen a sus funcionarios cuando era presidente. Lo testimonia una foto que ha tenido Massa en su despacho de la intendencia de Tigre que es un tatuaje de lealtad (el equipo completo con los pantalones cortos). Por esa familiaridad se sintió con el derecho de poner alguna condición. «No se va nadie más.» Cristina le comentó que Fernández había hecho llegar las renuncias de todos los secretarios de la Presidencia y de algunos fieles que se sentían ligados a su permanencia, entre ellas las del titular de la AFIP, y la de la ministra de Salud, Graciela Ocaña.
«No me gustan los efectos dominó», le dijo la Presidente. ¿Dominó? «Sí, que se instale la impresión de que una renuncia arrastra a otra». «Y los...», quiso saber Massa. Respuesta: «Ni los que están mencionados en los trascendidos o que se les discute más. Después vemos, con tiempo, paulatinamente vamos a seguir haciendo algunos cambios. Pero por ahora no se va nadie más.»
Massa pidió algunos detalles más. La corrida de rumores del fin de semana que lo daban como candidato a reemplazar a Fernández lo había hecho revisar la sucesión en el municipio de Tigre. «Si renuncio -le explicó a la Presidentehay elecciones y con el efecto de mi salida no puedo asegurar que se gane. «Por eso voy a pedir licencia.» Aceptado. Luego de poner el día y la hora de la asunción, Massa se retiró del chalé y lo interceptó el otro presidente Kirchner, que sabía todo y, cachador, lo abrazó: «¡Se te terminó la joda de Tigre, papá! ¡Te felicito!», y lo puso en la vereda.
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