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22 de octubre 2004 - 00:00

Pugna Arslanian-Blumberg no ayuda

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Es adjudicarle a una sociedad preocupada por la posibilidad de sufrir secuestros un espíritu de retorno al setentismo que sólo se ha visto en hombres del gobierno y como reivindicación quizá personal de pasados que lastiman, además de calmar a la izquierda para permitir operar con racionalidad económica, algo que es bueno.

A Arslanian hay que calmarlo. Decirle que vencer o reducir la inseguridad es la aspiración de todos y que no está en juego en eso su honor. Decirle, también, que no tiene en sí más corrupción que el promedio de funcionarios de éste y todo gobierno anterior. Digamos el promedio normal casi no delictivo en la Argentina: maniobras del pasado para percibir varios créditos hipotecarios de banca oficial, solicitándolos separadamente con su nombre y el de su esposa; trapisondas con la DGI; algún manejo directo de fondos reservados (hay hasta documentos que se han difundido) y algunas «ñoquiadas» sobre todo percibiendo haberes sin prestación en empresas armenias. Nada grave (siempre pensando que estamos en la Argentina).

León Arslanian no podría negar ante ningún neutral que no es autoritario, que le molesta el empinamiento de cualquier policía por una acción exitosa ante un sector de la población, así sea en un barrio; que es «garantista» o sea que no cree en penas más severas ni en límites para las excarcelaciones y, finalmente, que no tiene afecto por esa policía que debe conducir. Es un conjunto complicado si le agregamos que teoriza mucho pese a que lleva dos gestiones efectivas en la conducción de la seguridad bonaerense.

Es autoritario cuando expulsa al comisario de Pigüé por haber realizado algo que, luego, sería política oficial: desalojó el policía con persistencia pero sin violencia a quienes habían tomado la sucursal de la fábrica Adidas en esa ciudad. ¿Por qué deja el puesto ese comisario por orden de Arslanian si luego el gobierno nacional haría lo mismo, en estos días, con ocupantes en Caleta Olivia, en Santa Cruz?

Inventa un «complot» contra su vida en San Isidro -como Raúl Alfonsín inventó otro «antes de marzo», según dijo, y Horacio Verbitsky también con aquella fantochada de la cena que desde hace años realizan civiles y militares en el Regimiento Patricios- y decapitó 31 policías de San Isidro ante la protesta de los vecinos que lo abuchearon. Arslanian se ubica en aquella posición altiva de un alto militar argentino en un gobierno de facto que dijo «la única interrupción que admito cuando hablo es el aplauso».

Cualquier ciudadano -especialmente un delincuente- puede acusar a un policía con razón o sin ella. Se abre un sumario y a los que lo tienen, por sólo tenerlos, hoy los echan sin esperar que concluya la investigación. Esto es una injusticia y, viniendo de un ex juez, como Arslanian, grave.

Demuestra así que desprecia a la Policía Bonaerense como desprecia a la crítica de Mariano Grondona o de quien sea. Sueña con la teoría de cambiar a los 47.000 policías bonaerenses por otros nuevos e inexpertos y es lógico que esto preocupe. Jamás el ministro de Seguridad ha dejado trascender un nombre de policía que haya tenido destacada actuación en un secuestro. Su egolatría no permite eso. De ahí se da la paradoja contraria a la mejor imagen de su gestión: cada nuevo secuestro efectuado tiene un amplio despliegue en la prensa pero no los desbaratados en el momento o esclarecidos que con difusión y detalles de la efectividad policial son los que desalentarían a los delincuentes. No entiende que la población se calma más si hay «buenos» identificables, con nombre y apellido.

Esa personalidad particular de Arslanian lo lleva a concebir que es incorrecto felicitar públicamente a un policía. En eso su método de continuas purgas intimidatorias del cuerpo policial lo diferencia de su antecesor Juan José Alvarez, quien con experiencia creía en la felicitación al policía cuando correspondiera, en alentar a la institución, en depurarla pero cuando había certezas, algo que no crea resentimientos. Alvarez también creía en el premio inmediato del ascenso, en la exposición a la prensa para comprometerlo al policía públicamente con la honradez. El «método Arslanian» de atemorizar a la institución bonaerense no está probado que sea más eficaz que el de Alvarez. Y se duda que lo sea porque es propio de un hombre autoritario que se siente por encima del trabajo que realiza y que sobrelleva la omnipotencia de ex juez a un campo donde la crítica de gestión es parte del intento de mejoramiento.

Que le reprochen un fin de semana de descanso en un spa de Punta del Este a un funcionario que, con éxito o no, está sometido a una extrema tensión diaria es una estupidez. Un escarceo totalmente innecesario.

León Arslanian todavía no está perdido -aunque su ego sea enorme para admitir cambios y aceptar errores- en cuanto a ser un buen funcionario y lograr éxito en su innegablemente durísima tarea, de las más difíciles hoy del país, como es estar al frente de la seguridad del conurbano bonaerense. ¿Quién lo envidia? ¿Cuántos se postulan para ese cargo?

¿Pero cómo hacerle entender a Arslanian y legisladores que hay que censar las villas de emergencia sin que ello sea maltratar pobres, hacer nombrar un responsable de cada asentamiento? ¿O cree este ministro que en las propias villas no desean orden y no temen a los delincuentes que allí se ocultan?

El enfrentamiento Arslanian-Blumberg no le hace nada bien a la causa común de todos, que es mejorar la seguridad. Lo de Juan Carlos Blumberg y sus metas humanas y legislativas es de enorme valor y vital para el país porque este padre dolorido representa como nadie el sentir de la sociedad, sus temores y el ansia que los funcionarios tipo Arslanian y los legisladores -hijos de «listas sábana»- no captan. Pero pelear para sacarlo a Arslanian no está bien en Blumberg porque es un desgaste. No se lo van a conceder ahora sin darle al ministro un tiempo para medir resultados. En definitiva tampoco Blumberg confía en la Policía Bonaerense. Pedir que Arslanian cambie algunas actitudes sí es justo.

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