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25 de agosto 2006 - 00:00

Radicales transmiten virus del internismo al kirchnerismo

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Raúl Alfonsín
Alfonsín, una vez más estratega de la UCR para las próximas elecciones presidenciales, se ha propuesto efectuar, para la convención partidaria que sesionará hoy en Rosario, una carambola a tres bandas. Primero, formular una definición institucional que permita retener la «marca» de la agrupación para que sirva de bandera principal a la candidatura de Roberto Lavagna. Segundo, emitir una señal política hacia el propio Lavagna para que precipite su lanzamiento como aspirante a la presidencia: en eso consistirá el acto que compartirá el ex presidente con el socialista Hermes Binner en Rosario, esta noche. Tercero, doblegar a sus opositores internos, encabezados por Roberto Iglesias, demostrándoles el fracaso de la estrategia que llevaron adelante para destronarlo: sus principales puntales, los radicales «ganadores», prefirieron marcharse con Néstor Kirchner antes que demorarse en ese parricidio doméstico. 

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Presentadas así, las tres operaciones muestran a un Alfonsín casi triunfal. Pero, como todo en la vida de este hombre de Chascomús -salvo aquel triunfo contundente sobre el peronismo, en 1983-, también esta secuencia estará dominada por el promedio y la paradoja. Porque conservar la marca radical no significará atesorar esa red de distribución política que contaba, hasta hace poco, con gobernaciones e intendencias. Además, la presencia de Binner en el escenario rosarino no liquida la incógnita socialista: el propio diputado tiene una lucha ciega con el principal «alfonsinista» de sus filas, el senador Rubén Giustiniani; y los socialistas de la Capital y la provincia de Buenos Aires no aceptan la candidatura de Lavagna. Finalmente, si Iglesias, Angel Rozas y Gerardo Morales deben someterse de nuevo a la jefatura de Alfonsín es porque el partido en su conjunto no ha podido evitar que Kirchner se apropie, de modo tan hostil que desmiente cualquier inspiración progresista, de los principales activos de la UCR.

Esta ambigüedad quedará reflejada en los papeles que emita la convención. Los radicales, tan apegados a la textualidad, ya están sacralizando el documento que preparó Adolfo Stubrin para delinear la posición partidaria:   

  • Dirá que el radicalismo está llamado a constituir una alternativa opositora, subrayando este adjetivo. Es decir, irá contra Kirchner en 2007.

  • Encomendará al Comité Nacional y a las conducciones de los bloques de legisladores nacionales el diseño de la estrategia electoral para ese año.   

  • Quedará sugerida la sanción que tendrán quienes desobedezcan el dictamen y se sumen al oficialismo: se les intervendrá el distrito y no tendrán, entonces, derecho a usar la sigla UCR en las listas. El documento no hablará de la candidatura de Lavagna. Claro, el economista todavía no expresó formalmente su postulación, aun a riesgo de evocar las circunvoluciones de un Carlos Reutemann. Pero acaso ese vacío en el papel de Stubrin seguiría allí con un Lavagna lanzado: lo que se pretende al eludir el problema de la fórmula presidencial es evitar el reproche más fácil que podría llegar desde la vereda «gubernista»: «Llevan al partido tras un candidato peronista». Tiene lógica y cinismo, ya que Kirchner tampoco es candidato, por ahora.

  • La indefinición sobre Lavagna obedece también a que la escuadra de quienes resisten el «saqueo-concertación» oculta mal sus propios desequilibrios. Desde hace una semana, Iglesias viene insinuando que la candidatura del fundador de Ecolatina no es la única opción para el partido que preside. Un intento de poner límites a Alfonsín, quien no solamente adoptó a Lavagna en nombre del radicalismo sino que, además, repudió a Mauricio Macri y condicionó una alianza con Ricardo López Murphy a una reafiliación del presidente de Recrear.

  • Desde la salida de Fernando de la Rúa del poder, Iglesias, Rozas, Cobos, Adolfo-Stubrin, Morales, Ricardo Colombi y Gerardo Zamora, entre otros, se empeñaron en una renovación interna que mande a sus casas a Alfonsín, Federico Storani, Leopoldo Moreau y el resto de los «derrotados del 2%». La candidatura de Lavagna es también una carta de estos desplazados para conservar el poder interno e impedir aquella defenestración. Quien mejor lo entiende es Margarita Stolbizer, que negocia con el Partido Socialista y el ARI una formación alternativa, sin el ex ministro de Kirchner a la cabeza. Iglesias pretende también contener ese ensayo con su declaración. Para él como para muchos otros dirigentes radicales, escudarse en Lavagna para ir en contra del Presidente es resignarse a ir contra lo negro en nombre de lo gris.

  • El compromiso de las conducciones parlamentarias en la diagramación de las alianzas y listas es más que una cortesía. Sirve para exaltar al senador por Mendoza Ernesto Sanz y al diputado por Río Negro Fernando Chironi. En otras palabras: demuestra que los dos puntales del gobierno dentro del partido, el gobernador Julio Cobos y su colega Miguel Saiz, no las tienen todas consigo en sus distritos. Un mensaje para Kirchner. Y también una habilitación: si los radicales aliados no garantizan la totalidad de su fuerza detrás suyo, ¿no tendrá el Presidente derecho a alegar que él tampoco controla a todos los suyos, impulsando con la mano izquierda candidaturas peronistas? Esta incógnita sintetiza, en rigor, el principal problema en que se encuentran Kirchner y Alfonsín en este momento de tormenta en la vida de los partidos: cómo trasladar a la base de cada distrito los acuerdos que se celebran en las conducciones nacionales. Por citar un caso, la semana pasada Alberto Fernández debió llamar al mendocino Cobos para que deje de denostar a sus opositores de la bancada provincial del PJ en una polémica por la creación del nuevo banco provincial. Esos objetores de hoy serán los aliados dentro de pocas horas. La escena se repite en cada comarca.   

  • La declaración de Rosario no hablará de expulsiones. Pero amenaza con la intervención del distrito para el cacique que se mude de toldería. O, visto por la positiva, ofrece la «marca» UCR a quienes se resistan a la capturade la Casa Rosada. Los radicales que irán a la convención pretenden estimular las divisiones en el otro bando no sólo con esta táctica. También exageran la interna del radicalismo K. Por ejemplo, preguntan, insidiosos: «¿Están haciendo todo lo que hacen para ir detrás de Kirchner cuando el único que se llevará algo importante es Cobos, con la vicepresidencia?». Es más que una chicana.

  • Propósito

    Como se ve, Alfonsín se propone, desde el piso y con una espada de plástico, dañar al gobierno de un modo sutil: enviándole a Kirchner, con los radicales que se le suman, el virus partidario del internismo deletéreo. Más allá de esta esgrima, la ausencia de los amigos del gobierno evitará el debate en la convención. Es difícil saber a quién beneficia más esa postergación, tan propia de la cultura de los hijos de Alem. Tal vez se trate de una ventaja para los que se van, acusados de una «borocotización» que el Presidente y Alberto Fernández se empeñaron en acentuar esta semana, armando una impensable cumbre gubernamental (nunca más inoportuna para sus propios aliados).

    O acaso haya que pensar que al evitar una discusión abierta también Alfonsín sale ganando: él sabe bien que detrás de la cacería indecorosa en que se ha ensañado Kirchner hay una «semilla de verdad»: nunca antes el peronismo había contado con un presidentecandidato capaz de seducir a la base radical como (todavía) puede hacerlo el santacruceño, antes de terminar su recorrido hacia el perfil autoritario que ya está consiguiendo. Muchos de los que rodean hoy al viejo caudillo de Chascomús no resistirían una hipnosis sin adherir a la restauración estatista, la agitación «progre» y el alineamiento tercermundista que propone hoy el trazo grueso kirchnerista. O, dicho de otro modo, muchos integrantes de la mesa de Alfonsín son presa hoy de un «dèja vu»: ¿o hace más de 30 años, cuando militaban en las universidades, no fueron desafiados también por el encanto que ejercían los Montoneros sobre una juventud que, naturalmente, estaba destinada a ser radical? De nuevo, casi como un chiste mal contado, la misma pesadilla.
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