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6 de septiembre 2004 - 00:00

Regreso sin gloria para "socialistas" K

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Cristina F. de Kirchner

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La senadora y el resto de sus acompañantes habían llegado de Chile hacia la medianoche pero demoraron más de una hora en aterrizar. La tormenta los obligó a sobrevolar un largo rato el Aeroparque y al final debieron bajar en Ezeiza. ¿Habrán echado a alguien mientras diluviaba en el «maldito conurbano»? Es una pregunta casi graciosa para rematar un viaje con más relevancia que la que dejaron entrever los diarios del fin de semana, a uno y otro lado de los Andes.

La partida había sido el viernes y la visita venía a compensar desencuentros provocados por la crisis del gas. En efecto, la reunión de dirigentes del kirchnerismo puro con socialistas de la Concertación chilena estaba prevista para la primera mitad del año. Pero debió suspenderse. A pesar de estos contratiempos, los funcionarios de Ricardo Lagos recibieron a los argentinos con gran cordialidad. Estaban el ministro del Interior, José Miguel Insulza; el de Trabajo, Ricardo Solari; la de Defensa, Michelle Bachelet; el presidente del Socialismo, Gonzalo Martner; los vicepresidentes Jaime Gazmuri y Jaime Pérez del Arce; el embajador en Buenos Aires, Luis Maira, y el ex embajador Jorge Arrate.



Si bien nadie quiso recordar los enfrentamientos de abril en torno a la cuestión del gas, a ambos lados de la mesa se festejó una iniciativa: la Argentina pretende impulsar, en acuerdo con Chile, la firma de un Protocolo de Integración Energética para toda la región. En Santiago se admitió que para que ese documento tenga alguna operatividad debería incluir a Bolivia y Perú, dos actores importantes en el mercado de la energía. Los chilenos reconocieron que «el planteo que nos hacen los bolivianos puede ser legítimo pero es para nosotros intratable». Insistieron en que cualquier disidencia sobre soberanía o provisión energética debería disolverse en una política conjunta de desarrollo regional. «De otro modo es políticamente imposible hablar de esos temas en público.»

Si hubieran profundizado en sus agendas con mayor sinceridad, los dos gobiernos podrían haberse visto en un espejo. Los chilenos sobrevolaron el problema que se les plantea con la próxima elección presidencial. Hay dos aspirantes a representar a la Concertación y las dos son mujeres. No se llaman Cristina y Chiche, sino Michelle (Bachelet, ministra de Defensa, socialista) y Soledad (Alvear, de Relaciones Exteriores, democristiana). Explicaron los chilenos su método de selección, con una especie de interna abierta, sobre el que tomó nota furtivamente el perspicaz Alessandro.

Tampoco se detuvieron los dos grupos en sus duelos con el FMI. Es cierto que Rodrigo de Rato tuvo palabras elogiosas para los chilenos, que Kirchner y los suyos no escucharon. Pero Solari, el ministro de Trabajo trasandino, comentó en la reunión el enojo que le había provocado que el director gerente del Fondo diera instrucciones sobre el manejo del mercado laboral en Chile. Martner, el presidente del partido, levantó la voz explicando: «Nosotros no dependemos ni un milímetro del FMI porque no le debemos una sola moneda y eso es lo que nos da, y estamos orgullosos de ello, la garantía de que nuestra política económica y social se determina en Chile y no en Washington». Se detuvo a tiempo, antes de que el argumento fuera, involuntariamente, ofensivo para los visitantes.

A las 16.30 ese sábado, Ricardo Lagos recibió a sus visitantes en La Moneda, el palacio presidencial. Los agasajó con té, sándwiches, masas y tortas. Aunque el festín para estos argentinos pasablemente izquierdistas que pasearon por Santiago, fue otro: la visita guiada que el propio presidente de Chile les hizo a las habitaciones en las que Salvador Allende pasó sus últimas horas, el balcón al que se asomó antes del copamiento de ese edificio, el rincón donde se suicidó. Después, Lagos habló muy cordialmente de sus aspiraciones respecto de los gobiernos «progresistas» de la región.

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