En verdad, el astillero -que en algún momento se iba a convertir en la Feria de Milán y luego quiso ser adquirido para fines inmobiliarios por el grupo Elsztein- dispone de dos submarinos y medio congelados desde los tiempos del Proceso militar, considerados casi inservibles hace más de una década por haber estado totalmente a la intemperie y porque algunas de sus partes sirvieron para reparar otras naves.
También ya ha sido reinaugurado en junio pasado cuando se inició un proceso de mantenimiento del «Salta», desde entonces allí amarrado. Lo de pasado mañana será una formalidad de algo que ya fue iniciado, una ceremonia más partidaria que castrense, y que se pospuso en apariencia hace 7 días porque al parecer algunos almirantes plantearon dudas sobre los anuncios que allí se harían (3.000 puestos de trabajo). El nuevo acto, como entonces, incluye el acompañamiento de núcleos derivados de las intendencias del conurbano y grupos piqueteros adictos. Habrá carteles y cánticos para que relate «Canal 7» con reportajes en exclusividad al exclusivo Luis D'Elía.
Está claro que Kirchner, con esta movida, pretende ofrecer una política de trueque con las Fuerzas Armadas, ya que para compensar su política de derechos humanos -hoy bastante discreta y silenciosa, por lo menos a la hora de detener militares, en retiro o actividad, sin que nadie diga nada-el gobierno ha prometido actividad castrense e industrial a través de distintos proyectos en cada fuerza. Para la Armada, además de lo que se consiga de Fabricaciones Militares si autoriza Roberto Lavagna, llegará un buque francés («Orage», desembarco anfibio), logro de José Pampuro en su último viaje, donde también obtuvo trabajos de reparación para submarinos de Portugal y hay una promesa de Brasil de que enviaría submarinos para ser repotenciados en el país. En cuanto al Domecq García, en particular para los marinos locales, tiene como próxima etapa el trabajo de «media vida» para el S-42 San Juan y terminar el S-43 Santiago del Estero, cuyas partes mayoritarias se encuentran en Mar del Plata (de las herramientas del astillero, material precioso por calidad y precio en su momento, parece que las principales desaparecieron como suele ocurrir con otros bienes del Estado cuando no se aplica atención para protegerlos).
A esto se vuelve desde que en l933 llegaron los primeros 3 submarinos que portaron bandera argentina, construidos en Taranto, Italia. En cuanto al astillero García en particular, si uno hace caso de lo que escribió Cavallo, al margen de su oposición desde lo económico -entre lo que costó y lo que no sirvió ese astillero de Massera- también criticaba el ex ministro porque «esos megaproyectos son poco adecuados con la política que un gobierno democrático debe desarrollar en el marco de un nuevo contexto internacional». Tal vez hoy haya cambiado ese contexto, ya no está el país en amenaza de guerra con Chile y Gran Bretaña, los brasileños a su vez se prestan para colaboraciones mutuas; sólo alerta, entonces, la viabilidad económica (el costo) del proyecto. ¿O acaso Lavagna no compartirá con Cavallo algunas de estas ideas, magníficas en su concepción nacional pero dilapidadoras de los ahorros del Estado? Si en algún momento, hasta la Thyssen ofreció terminar los submarinos en Alemania a un precio inferior de lo que iba a costar proseguir la obra en la Argentina.
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