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9 de septiembre 2002 - 00:00

Rodríguez Saá

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Como sucedió en 1946 contra el entonces coronel Juan Perón, como en 1988 en la interna justicialista a favor de Antonio Cafiero contra el provinciano Carlos Menem, que en definitiva la ganó, y luego en favor de Eduardo Angeloz contra el mismo Menem, que se consagró presidente de la Nación, el periodismo argentino históricamente sigue equivocándose. El mundo intelectual de donde el periodismo suele abastecerse de hombres sigue sin percibir la realidad de las masas sociales.

No es un mal exclusivamente nativo si tenemos en cuenta que en Francia hace unos meses la prensa, sobre todo la de izquierda, jamás sospechó que el socialismo y el comunismo franceses no iban ni siquiera a superar al ultraderechista Jean-Marie Le Pen, quien superó a toda la izquierda con sólo 18% de los votos y fue al ballottage junto con la derecha que representó Jacques Chirac.

Aun el periodismo norteamericano se desgañitó gritando contra Bill Clinton y pronosticando el «impeachment» tras el affaire erótico conocido como sexogate con Monica Lewinsky pero la sociedad norteamericana se rige por parámetros distintos de los que la prensa quiere imponerle. Por caso, los estadounidenses se sienten más lastimados si un presidente les miente o se muestra timorato frente a una decisión dura que si protagoniza un escándalo sexual en la propia Casa Blanca.

Lo mismo se nota aquí con los ataques de prensa a Rodríguez Saá, por no entrar en los límites que esa misma prensa dicta para tratar de modelar una sociedad a la que no le importan los encasillamientos.

La mayor acechanza contra Rodríguez Saá, entonces, no es el encono de cierta prensa, como tampoco lo es para Carlos Menem la campaña con «cuentas suizas y presunto contrabando de armas» con que martilla diariamente el monopolio «Clarín». En tantas respuestas filmadas de público -en el programa por «América TV» «Ambito Político» se irradian sólo unas pocas por razones de tiempose ve que es excepcional el ciudadano que invoca lo que la prensa pregona con estruendo para inculcárselo. Al contrario, los ataques parecen jugar a favor de la difusión de los atacados en la sociedad y lo reflejan las encuestas.

El periodismo argentino pierde credibilidad por demasiado paternalismo, por oponerse a las verdaderas fuerzas emergentes de la sociedad o tratar de «crear» candidatos mediáticos, como el caso de Elisa Carrió.

La verdadera acechanza de Rodríguez Saá para su proyección como candidato yace en que cuando se sorprende a un grupo de personas para encuestarlas sobre sus preferencias y tienen las fotos de todos los candidatos en una planilla muchos tienden a optar por el que más escucharon últimamente en televisión y ése es hasta ahora Rodríguez Saá. Como nuevo en la carrera presidencial tuvo que lanzarse antes, premura que no necesita Carlos Menem por ejemplo. ¿Qué pasará cuando todos se hayan expandido por televisión, actos y Luna Park, y no sea la gene-rosa sonrisa del puntano la única en llegar a todos los sectores?

El periodismo argentino ha perdido credibilidad y no detiene su derrape, además, porque la crisis económica le hizo perder ética para procurarse sus ingresos, sacándole con nombre y apellido leyes hasta al Congreso Nacional por presión. También porque los mismos que hoy atacan a Rodríguez Saá se han destacado por afanes extorsivos en los últimos tiempos al supeditar su opinión electoral a si hay aportes al medio o no.

Tampoco se ignora que los medios que hoy atacan al hombre de San Luis serán los primeros luego en buscar la paz y lograr ayuda económica si asciende a presidente. Está la historia del periodismo nacional llena de ejemplos.

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