Daniel Scioli cedió a la más elemental de las tentaciones. A seis meses de jurar como gobernador, tocado por la crisis rural que le arrebató 10 puntos de imagen, se lanzó a moldear un espacio en el PJ, sin desmarcarse de la comandancia de Néstor Kirchner, pero con identidad propia en el universo bonaerense.
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Meticuloso y sin flashes de por medio, Scioli comenzó a estrechar relaciones con un puñado de barones del conurbano. En la primera etapa, la operación de acercamiento con el generalato peronista, siempre con la bandera K en la mano, la llevó adelante el jefe de Gabinete bonaerense, Alberto Pérez.
En pocos días, Pérez se citó con Hugo Curto, alcalde de Tres de Febrero, vice del PJ bonaerense y una especie de «alma pater» del kirchnerismo del conurbano oeste y norte. Tuvo, además, contactos con Raúl Othacehé de Merlo, «Cacho» Alvarez de Avellaneda y Julio Pereyra, de Florencio Varela. Hubo y habrá más.
Fue un operativo quirúrgico: en La Plata, el sciolismo enfocó para tejer sus enlaces al grupo de intendentes que considera más poderoso y que, en la práctica, encarna dominios territoriales que exceden a sus distritos. Ocurre con Curto y se replica, en menor medida, con Pereyra en el conurbano sur.
Hipótesis
Scioli se mueve con una hipótesis: excepto la jefatura de Kirchner, que juzga indiscutida, en el PJ de Buenos Aires no existe ninguna construcción extendida que estructure a la tropa y que, quizá por precaución, cree que un ordenamiento le aportaría algún tipo de previsibilidad futura. Frente a eso, montado en la figura de gobernador, no puede más que fascinarse con el ensueño de convertirse él mismo en el jefe que unifique y conduzca esa dispersión. Lo soñó antes, sin éxito, Felipe Solá; ni lo buscó Carlos Ruckauf que delegó la conducción política en Eduardo Duhalde.
Algo es cierto: el peronismo bonaerense luce fragmentado entre la ortodoxia que comanda José María Díaz Bancalari desde Avenida de Mayo, la costura del ministro del Interior Florencio Randazzo, lo que amontona Alberto Balestrini y el núcleo FAM, vía Pereyra, que casi se espeja en el PJ oficial.
No es casual, entonces, que esos cuatro actores figuren en todas las grillas que circulan para la definición de la nueva cúpula partidaria bonaerense. Los mandatos vencen a fin de año pero todo indica que el pulseo por la sucesión de Bancalari se postergará para principios de 2009.
Sacrílegos
El movimiento más previsible sería, a esta altura, que la jefatura recaiga en Balestrini. El dirigente de La Matanza, ahora vicegobernador, se mueve con la seguridad que le otorga la promesa privada que a mediados de 2007 le hizo Kirchner de bendecirlo para comandarel PJ bonaerense.
Sólo un sacrílego de «La Doctrina» podría presumir que ese compromiso no será, llegado el momento, respetado por el patagónico. Pero, a juzgar por lo aprestos, hay mucho herético dando vueltas si no no se explica por qué varios dirigentes desafían a Balestrini en la carrera por la jefatura partidaria.
Es imposible desvincular de esos escarceos la decisión de Scioli de imaginar un núcleo puro en la provincia. En eso concibe a Balestrini como un socio estratégico y por lo tanto, perjuran a su lado, no hará ningún movimiento para desbarrancar al matancero de la deseada conducción del PJ.
Entre tanto, las gestiones iniciales que llevó adelante Pérez, en estos días serán refrendadas, pronto, por el propio gobernador. Seguirán, además, las charlas con algunos referentes, sobre todo del conurbano. A Curto y Othacehé --separados por una rancia y arcaica antipatía mutua-, Alvarez y Pereyra se le sumarán otros contactos. También nexos en la Legislatura.
El argumento es darle solidez política a la gestión oficial y por eso, en cada diálogo, se detienen en precisar que ese circuito de relaciones no suponen ningún tipo de desmarque ni de diferenciación de la conducción que, a nivel nacional, ejerce Kirchner. «Esto es más kirchnerismo» dirán como eslogan.
Exponen como certificado de esa lealtad sin fisuras el rol que el ex presidente le dio a Scioli en el PJ nacional, donde además de vice lo convirtió en el portavoz formal de las decisiones del partido. En teoría, los recelos de otros tiempos entre Kirchner y su ex vicepresidente, se diluyeron.
En La Plata, no sin ufanías, rememoran que pocos meses atrás, el imaginario político pronosticaba que ante el primer traspié de los Kirchner, Scioli se convertiría en el primer Judas. Y que, contra los augures, el bonaerense fue el soldado más fiel. Olvidan citar la dependencia pecuniaria del gobernador.
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