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19 de junio 2008 - 00:00

Sin calma, Cristina volvió a pegar y agudizó el conflicto

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Sin tregua, el gobierno volvió ayer a pulverizar la alternativa de un acuerdo en el conflicto del campo. Frente a una multitud que pobló Plaza de Mayo, aportada por el PJ y los piqueteros, Cristina de Kirchner retomó la belicosidad al cuestionar con dureza a las entidades rurales.

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Mundos paralelos, bipolares, la Presidente zigzagueó entre los extremos al combinar ayer la convocatoria, apacible y ecuménica, a un «acuerdo nacional» con la encarnizada crítica a la dirigencia del campo que redujo a «cuatro personas que nadie votó».

En la segunda «plaza del sí» en algo más de dos meses y la tercera cadena nacional en 10 días, la Presidente volvió a contaminar su pulseada con los chacareros y, premeditadamente o no, empujó otra vez a la trinchera a los ruralistas. Realimentó el conflicto eterno.

«¡Liberen las rutas!», invocó con una ronquera que emuló para algunos a la Evita de los discos de pasta (para otros fue fatiga de combate, con tanto discurso) en nombre de «la democracia», «la Constitución» y «las leyes». Fue casi sobre el final de un discurso de 25 minutos: «Dejen que los argentinos volvamos a producir y trabajar».

Unica oradora, con su esposo Néstor Kirchner como custodio político, y escoltada por un universo de ministros, gobernadores, legisladores, intendentes, piqueteros y caciques gremiales, la mandataria matizó un mensaje calmo con raptos explosivos.

En uno de esos tramos, apuntó a los caceroleros y a los productores que mantienen piquetes, y los acusó indirectamente de querer dar un golpe. «Con tanto golpe de Estado, creímos que todo se arregla con intolerancia, con cacerolas, bocinas y cortes de ruta», enumeró.

En otro párrafo áspero, le lanzó un desafío a la cúpula rural que comparten Eduardo Buzzi (FAA), Luciano Miguens ( Sociedad Rural), Mario Llambías (CRA) y Fernando Gioino (Coninagro) a los que un rato antes había acusado de no haber sido votados «por nadie».

«Si realmente son representativos no va a ser necesario que corten ninguna ruta para que no se comercialicen granos o carne», los chanceó. Con esa frase, despertó uno de los escasos seis aplausos -lo refleja el site de Presidencia- que sonaron a lo largo del discurso.

Con eso, la Presidente contribuyó al milagro permanente de mantener la alta intensidad en el conflicto con el campo que, anoche,luego de sus palabras en Plaza de Mayo, mostraba a autoconvocados en las rutas y forzó a las entidades a extender el paro por 48 horas.

  • Demora

    Fue el fin de la leve distensión que se entrevió el martes luego de que, otra vez por cadena nacional, la mandataria anunció que enviaría al Congreso -lo concretó unas horas después- un proyecto para que se discutan las retenciones móviles.

    Con más de una hora de demora para esperar que lleguen las columnas de gremios y del PJ, el discurso empezó a las 16.21 luego de una quermés improvisada por Coco Sily y unos rasgueos de Horacio Fontova y de Ignacio Copani, apenas audibles entre los bombos y la pirotecnia.

    Dos palcos, a los costados del escenario, funcionaron de vidriera para que los diferentes referentes K puedan mostrar su presencia por TV. Arriba los dirigentes, en la Plaza las caravanas del conurbano, sindicales, piqueteras y de la JP kirchnerista.

    Ese tumulto garantizó una cobertura casi total de la Plaza. Los organizadores hablaron de más de 80 mil personas. La Policía, en reserva, estimó en 50 mil la asistencia. Kirchner aportó el soporte político; Oscar Parrilli la logística oficial para «facilitar» la concurrencia.

    La CGT de Hugo Moyano, cuyos muchachos llegaron tarde, aportó con un paro desde el mediodía para «liberar» a los trabajadores que querían participar del acto pro Cristina.

    Frente a ese abanico variopinto, la Presidente retomó la idea que su esposo difunde en las charlas con caudillos del PJ, respecto de la existencia de un partido agrario.

    «A los que crean que pueden hacerlo (gobernar) mejor -dijo Cristina de Kirchner- los invitamos a que democráticamente se constituyan como partido y en las elecciones reclamen el voto del pueblo.»

    Transitó, además, otro asunto habitual en el libreto oficial: la política, iniciada por Kirchner y continuada por su mujer, de derechos humanos.

    Lo hizo para imputar a los caceroleros de tener intenciones desligadas de la demanda del campo. «Algunos que parecían colarse y que ya no cuestionaban las retenciones, nos insultaban por haber reinstalado la vigencia de los derechos humanos», señaló.

    Al final, como siempre, se arrimó a las vallas para saludar y repartir besos. El frío del otoño había espantado a algunos de los asistentes, que comenzaron, antes de que termine el discurso, a abandonar la Plaza.

    Pablo Ibáñez
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