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30 de mayo 2006 - 00:00

Sin Kirchner, la Iglesia y la CGT planean un pacto social

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Jorge Casaretto, el obispo de San Isidro y presidente de la Comisión de Pastoral Social del Episcopado, dialogó ayer durante dos horas con los sindicalistas más experimentados del país. Con él llegaron hasta la sede de la Federación de Luz y Fuerza el vicario porteño, Joaquín Sucunza; el obispo de Zárate-Campana, Oscar Sarlinga; y el presbítero Jorge Lagazzio, secretario de esa comisión de obispos.

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La casa elegida para la reunión huele a incienso desde los tiempos en que Carlos Alderete, aquel ministro de Trabajo de Raúl Alfonsín y titular del PAMI con Carlos Menem, ocupaba la Secretaría General de Luz y Fuerza. Julio Ieraci y Oscar Lescano, sus conductores actuales, siguieron aquella senda de piedad. Al menos eso se supone.Además de ellos, ayer recibieron a los obispos Armando Cavalieri (Comercio), Oscar Pardo (Mecánicos), Daniel Amoroso (Juegos de Azar), Luis Cejas (Viajantes), José Pedraza (Unión Ferroviaria), Omar Maturano (La Fraternidad) y el matrimonio de Luis Barrionuevo y Graciela Camaño, quienes amenizaron la tertulia hasta con alguna broma familiar («¿Nunca te arrepentiste de haber provocado el pacto de Olivos?», castigó, por ejemplo, la diputada).

El motivo formal de la reunión fue la invitación de Casaretto a reinstalar la Mesa del Diálogo Social. Se trata de aquel experimento nacido de la imaginación de Enrique Olivera y José Ignacio López para rescatar de la caída final al gobierno de Fernando de la Rúa (entre las «últimas imágenes del naufragio» figura aquella del ex presidente ingresando a la sede de Cáritas entre insultos de los ocasionales caceroleros que rodearon su coche; al día siguiente dejaría el poder). La iniciativa cobró volumen semanas más adelante, cuando Eduardo Duhalde la ubicó en primer plano: todavía se recuerda la escena del convento de Catalinas, con los obispos inaugurando aquel grupo, acompañados por un diplomático español hasta entonces desconocido, Carmelo Angulo Barturén, representante en la Argentina del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo. «El diálogo» se convirtió en una especie de confesionario de la crisis. Los obispos y el diplomático escucharon (y grabaron) durante días enteros manifestaciones de empresarios, piqueteros, sindicalistas, políticos, académicos, como si fueran el gran diván de la Nación. Duhalde, atemorizado por la insurgencia, tercerizaba en ellos la catarsis. Todo quedó, al parecer, en la nada.

Desde aquellos tiempos muchas cosas cambiaron. Angulo ahora representa en la Argentina al gobierno socialista de España. El obispo Ramón Staffolani falleció en marzo de este año. Juan Carlos Maccarone fue separado del cargo por inconductas sexuales y se encuentra recluido en una casa de retiros espirituales en México. Casaretto fue designado al frente de la comisión más vinculada a la política de la Iglesia y, desde allí, pretende retomar la tarea. Por eso visitó ayer al grupo de los «gordos», entre los que Barrionuevo y su esposa figuraron como «extrapartidarios».

El motivo principal de la entrevista fue invitar a esos sindicalistas a formar una especie de comisión de monitoreo permanente de la agenda social del país. Examinan salidas para la pobreza, la marginación, el trabajo en negro. Se lo plantearán a Hugo Moyano el lunes próximo, cuando visiten la sede de la CGT. Todavía no pudieron ver al secretario general por varios motivos. Los prelados no quieren suponer que entre ellos está la profesión de fe del camionero, que es evangélico.

Los gremialistas quedaron encantados, ayer, con que se los convoque para establecer una comisión orgánica de diálogo. Estarán en Mar del Plata, cuando la Comisión de Pastoral Social realice su simposio anual, que clausurará Jorge Bergoglio (su principal contacto con la CGT es Cavalieri, quien coparticipa al arzobispado en la explotación de Tierra Santa, el parque temático de la Costanera Norte que administran los empleados de comercio). Estará también Renato Martino, un cardenal decisivo de la política del Papado.

Sin embargo, ayer se habló de un marco más amplio de referencia para estos contactos relativos a los dramas de los más necesitados. Cuándo no, fue Barrionuevo quien llevó la conversación al terreno más crudamente político. «Monseñores, nosotros, los gremialistas de la CGT somos, con ustedes, los que realizamos el mayor trabajo social de la Argentina. Y estamos cansados de que los políticos nos vengan a sacar plata para las campañas y, después, cuando llegan, no nos atiendan el teléfono. Por eso tenemos que reunirnos y llevar adelante una tarea en común, durante todo el año, no para un congreso solamente».

Casaretto anotaba. A nadie se le escapa el interés que puede tener el Episcopado en una alianza como ésta, por más tinte corporativo que se le pueda reprochar. Por razones distintas a las de los gremialistas, también los obispos respiran un aire extraño en una Argentina que tiende a secularizarse de manera acelerada, con un gobierno que por momento acelera ese proceso. Los jerarcas católicos están inquietos por el rumbo que tome la reforma a la Ley de Educación, por ejemplo (ayer dedicaron un párrafo a Daniel Filmus, el ministro del área). También por el dinamismo parlamentario que registran materias que tienen que ver, directa o indirectamente, con la reproducción y sus dilemas morales. La Iglesia carece, se confesó de algún modo ayer, de una ventana hacia el Congreso. Ahora la que anotaba era Graciela Camaño, elogiada por Casaretto por su rol como ministra de Trabajo en medio de la crisis y ahora convertida en una de las llaves de la Cámara de Diputados.

  • Emoción

    Nadie quiso avanzar más allá. Aun cuando el obispo de San Isidro se mostrara tan bien predispuesto. Hasta contó sus conversaciones con Juan Pablo II, cuando el Papa le preguntaba las razones por las cuales el gremialismo argentino era, con el de Polonia, el único que no se encuadraba en la tradición marxista. «Yo le hablaba de ustedes, de Juan Perón, de la adopción de la doctrina social de la Iglesia...». Lescano casi se emociona, de tan pío.

    Sería una superficialidad interpretar que el diálogo que se produjo ayer quedará, si se desarrolla, encapsulado en un temario de asistentes sociales. Los obispos que visitaron Luz y Fuerza son los que hablaron por boca de Jorge Bergoglio el jueves pasado, en el tedeum de la Catedral metropolitana. Los sindicalistas que oficiaron de anfitriones son los mismos que, un rato después, movilizaron 60.000 personas en la Plaza de Mayo. Que ambos sectores converjan en una mesa no será indiferente para alguien con una tendencia a controlar todo lo que se mueve, como Néstor Kirchner. Sobre todo cuando la persistencia de la pobreza, que se mantiene ajena a los niveles de crecimiento, lo mortifica cada vez más como una de las graves fisuras de su programa. No es necesario llegar a la organización de una marcha de reclamo (aunque ayer se sobrevoló, sin mucho detenimiento, esa idea) para que lo que comenzó ayer se vuelva un motivo de gestión política para el Presidente. Empresarios como Ignacio de Mendiguren -que suele visitar los sindicatos junto a Héctor Méndez y Héctor Massuh- ya le hablaron de constituir un Consejo Económico Social que trabaje sobre cuestiones de largo plazo. Gerardo Martínez, desde la CGT, también. Kirchner tomó esas sugerencias como ocurrencias ociosas. Ahora tal vez le convenga pensar esas ideas -aunque sea para desalentarlas-. Si es que la ansiedad, la agenda sobrecargada y los berrinches cotidianos se lo permiten.
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