19 de julio 2002 - 00:00

Suspendió Menem acto político ante amenaza creciente de violencia

Suspendió Menem acto político ante amenaza creciente de violencia
Carlos Menem decidió ayer suspender el acto que tenía previsto hoy en Santiago del Estero al conocer el saqueo que sufrió el organizador de ese encuentro, el diputado nacional José Figueroa. En un comunicado que se conoció anoche desde La Rioja, adonde el ex presidente regresó el miércoles procedente de Santiago de Chile, Menem condenó no sólo esa agresión inusualmente violenta que puso en peligro la vida de Figueroa. También avaló las denuncias sobre amenazas de atentados que habían hecho en los últimos días Néstor Kirchner y Adolfo Rodríguez Saá y condenó las agresiones que recibió otro precandidato presidencial de su partido, Juan Carlos Romero, en una conferencia en Madrid.

Ayer se agregó una denuncia que hizo pública el trotskista Luis Zamora de amenazas a través de un e-mail a su computadora personal con lo cual el clima de violencia comenzó a teñir otra vez el período preelectoral.

Funcionarios de gobierno procuraron minimizar esas acusaciones en las últimas horas. Graciela Camaño, ministra, ironizó las versiones de inminentes magnicidios al decir que para que eso ocurra tiene que haber gente «magna» y que eso no hay en la política argentina. Aníbal Fernández repitió el sonsonete de que un candidato no puede ser «cagón». Eduardo Amadeo, el otro vocero del gobierno, se mantuvo en su estilo más sobrio y negó que el gobierno tuviera constancias de hechos graves a la vista. Miguel Toma, un profesional de la vigilancia, dijo haber puesto en alerta a los espías como si hasta ahora, con Carlos Soria, hubieran dormido.

Cuando se conocieron los graves hechos de Santiago del Estero todas estas expresiones oficiales se volvieron papel mojado. La violencia política hasta ayer parecía un fenómeno limitado a la agresión piquetera o, cuanto más, circunscripta al escenario nacional de Capital Federal y el Gran Buenos Aires.

•Fatalidad

Pero saltó en una ciudad pacífica en la última década -en 1991 hubo incidentes donde se quemaron casas de varios dirigentes, entre ellas la del ex gobernador Carlos Juárez-, capital de una provincia calificada entre las mejor administradas de la Argentina y en la inminencia de una visita de Menem, un hombre con amigos y adversarios en esa tierra.

La violencia parece un signo de los procesos preelectorales en las últimas décadas y lo sufren ya los ciudadanos como una fatalidad que intimida, así como agreden los pasacalles o la contaminación de la publicidad ca llejera. Los protagonistas de la pelea electoral, a su vez, intentan siempre algún medro en los efectos de la violencia política sobre el público. Los oficialismos creen que ese estado de inseguridad aglutina adhesiones en torno a los gobiernos. Las oposiciones creen que la protesta es un vehículo eficaz de sus consignas. Por eso faltan los que intenten frenar esa violencia que se padece, casi como una maldición, cada dos años, cuando se vota:

• Como prevista por una mano calculadora e invisible actuó la violencia en 1985, con amenazas a colegios que respondió el gobierno de Raúl Alfonsín con una polémica declaración de estado de sitio y la detención de un grupo de políticos y hasta periodistas. Nunca se comprobó complot alguno y esas detenciones le costaron al Estado pagar indemnizaciones a cargo de los contribuyentes que terminaron financiando ese recurso de campaña.

• Las legislativas y de gobernadores que ganó el peronismo en 1987 tuvieron también una antesala de violencia, los alzamientos carapintada que terminaron por sepultar las aspiraciones del radicalismo por controlar a los sectores medios.

• Las generales de 1989 fueron las elecciones que identifica el público con la violencia de los saqueos de supermercados en el marco de la amenaza de hiperinflación que sacó a Alfonsín del gobierno antes de tiempo. Es la foto más reciente de la identificación de violencia y política con una imbricación tan fuerte que hasta hoy se discute quién fue el instigador de aquellos hechos.

• Las elecciones de 1991 parecen en el pasado inmediato las más pacíficas, el país digería la novedad de la convertibilidad y ese año Menem logró pasar con éxito el primer test electoral. En 1993 volvió la violencia de campaña con el caos de los «batatas» del conurbano que se enfrentaron con radicales en las tribunas de la Rural. Era el preámbulo de la puja Pierri-Storani, los dos al frente de las listas UCR y PJ.

• En 1995, reelección de Menem, el electorado ya percibía los efectos de la estabilidad que había traído la convertibilidad y aún no estaba en el horizonte la amenaza de un hecho que ya se había gatillado en diciembre de 1994, la crisis del tequila. La gente, sin violencia, llega al voto debatiendo el pacto de Olivos, la muerte de Carlos Menem (h) y la propia reelección de Menem.

• En 1997 el hecho violento preelectoral fue el terrible asesinato del periodista José Luis Cabezas, un suceso que se enancó, con razón o sin ella, en la puja Menem-Duhalde. Como si fuera el dibujo de un sube y baja en 1999 el triunfo de la Alianza ocurrió con algo más de paz.

• Las parlamentarias de 2001 lo fueron en música de cortes de ruta y piqueterismo cada vez más salvaje y en medio de un creciente desmanejo de la situación por Fernando de la Rúa que terminó en las jornadas de mayor violencia que se recuerde en la Capital Federal entre el 19 y 20 de diciembre, día de la renuncia del ex presidente.

• Esta vez, el adelanto electoral se hace en una prolongación de ese clima que permea de más violencia a la política. La manipulación de los mensajes tiñe las explicaciones, al punto de que un Carlos Menem nunca sufre actos de violencia sino «escraches», según la jerga de algunos medios. Cuando sus adversarios reciben agresiones aparecen como víctimas de «campañas negras».

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