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El caso más notorio y evidentees el de Roberto Lavagna. El ministro de Economía depende como nadie de que Eduardo Duhalde no tenga una performance catastrófica en la provincia de Buenos Aires. No porque tenga pensado montarse sobre la minoría que retenga el caudillo de Lomas para lanzar desde allí un proyecto presidencial. Ese proyecto anida más en la cabeza de duhaldistas y aún del propio Raúl Alfonsín que en la del ministro de Economía. Son los bonaerenses que «quieren a Chiche» quienes imaginaron a Lavagna como una especie de Italo Luder de los 2000, capaz de darle respetabilidad a «los gordos» de Duhalde, convertido, a su vez, en una remake de Lorenzo Miguel. La propia Chiche jugueteó con esa idea durante toda la campaña, diciendo que el ministro «tiene pasta de Presidente» y que «el nombre de la recuperación es 'Roberto Lavagna'».
Aun así, el efecto de una derrota poco elegante del duhaldismo no sería tanto arruinar una carrera presidencial fantasmagórica. La derivación de ese desenlace sería más inmediata y tangible. Lavagna quedaría encerrado en el único proyecto con perspectivas de viabilidad dentro del oficialismo, lo que reducirá su autonomía frente a Kirchner. No es un problema desdeñable cuando comienza a discutirse si la actual escalada inflacionaria no desembocará en un ajuste ortodoxo, de carácter monetario, que será más drástico en la medida que más intente evitárselo.
¿Quién será el titular de esa hipotética operación? Los que piensan que Lavagna estará habilitado para ponerle condiciones a Kirchner e, inclusive, para retirarse con las manos limpias legando esa ingrata tarea a un sucesor, deben saber que un mal resultado de los Duhalde en la provincia reducirá enormemente ese margen de maniobra del ministro.
Otro que, sin estar en las listas, juega parte de su destino con la elección del domingo es el vicepresidente. Daniel Scioli ha decidido soltar amarras del oficialismo reinante. Sueña con la Presidencia mucho más que Lavagna. Pero con astucia prefiere dar señales de interés por la Capital Federal y su gobierno. Sobre todo si la otra posición aparece bloqueada por un Kirchner exitoso. Pero aún en este reino más reducido su futuro depende de estos comicios. No será lo mismo competir en 2007 contra Mauricio Macri que contra Enrique Olivera, los dos pretendientes visibles del sillón de Aníbal Ibarra a partir del domingo. Las ambiciones de Macri están más condicionadas por lo que suceda en la provincia de Buenos Aires que por lo que pase en la ciudad donde compite. Es decir: el candidato de Compromiso para el Cambio se animará a pensar en la Presidencia para 2007 sólo si advierte que Duhalde ofrece una base de operaciones mínima. Gane o pierda él este domingo en la Capital. Si ve que la suerte del peronismo antikirchnerista es ruinosa estará más atraído por un objetivo municipal. Si el domingo, como anuncia la mayoría de los sondeos, se impone como primer candidato a diputado, Scioli tendrá en 2007 un competidor de riesgo en el distrito.
Algo similar sucedería si el ganador del domingo es Rafael Bielsa. Nadie lo cree pero hay encuestas de última hora que, al menos, prometían al canciller el segundo lugar en la grilla. De ser así, ¿quién será el candidato del gobierno en 2007? Scioli, quien no consigue ser atendido siquiera por el Presidente (lo deriva a Alberto Fernández), o Bielsa, que estaría a punto de internarse en el mismo frío polar.
El jefe de Gabinete, Fernández, por su lado, es un beneficiario -si no un impulsor- de esa ambigüedad que caracteriza a la figura del canciller en el mapa emocional de los Kirchner. Si gana Bielsa, la pareja presidencial festejará su propio triunfo. Si pierde, también celebrará la derrota del candidato.
Fernández, responsable directo de la operación porteña, podrá ampararse en esa bipolaridad de los Kirchner y salir indemne en cualquier escenario.
El estado de ánimo de Fernández dependerá el domingo de más de un distrito, dada la gravitación de su cargo. Pero será especialmente sensible a lo que suceda en Buenos Aires: si Duhalde consigue una masa de adhesiones superior a la prevista por el gobierno, el jefe de Gabinete podrá recordar -si se atreve, claro- que fue quien aconsejó con más énfasis un acuerdo bonaerense. Si el resultado es el inverso, se lo recordarán a él.
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