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Todo es dolor y conmoción en la Plaza de Mayo entre los miles que esperan para darle el último adiós a Néstor Kirchner. Afuera, una multitud canta a favor de Cristina y su esposo, y en contra del vicepresidente Julio Cobos.
En la fila incesante el silencio es hondo y oscuro. Sólo se rompe con un aplauso cerrado mientras la gente se acerca a la Casa Rosada. La inmovilidad de los granaderos acompaña el momento de luto, donde las flores y las banderas a media asta señalan que algo en el país se extinguió. Las coronas cubren la entrada, los pasillos y cada rincón.
Cristina, mientras, acaricia el féretro donde yace su esposo. Le habla. Llora. Sus hijos, Máximo y Florencia, la sostienen cada vez que se quiebra. Algunos de los que entran a despedir a su líder político lanzan un grito: "Viva Kirchner", "Fuerza Cristina", es lo que más se escucha. Ella responde con un saludo, un abrazo, se lleva la mano al corazón.
A los militantes o simples adherentes al momento, se le suman sindicatos, gobernadores provinciales y municipales, empresas y personalidades del mundo del espectáculo y el deporte.
De a dos, de manera ordenada, la gente inicia un camino que sólo dura un minuto. Sesenta segundos que sirven para despedirse de Néstor Kirchner, quien con sólo la inicial de su nombre marco una época y un estilo de hacer política. "El patagónico", "Pingüino", "Lupo", "El Loco" o simplemente Néstor, dejó de existir al menos físicamente. Su legado todavía es una incógnita.
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