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Su batalla, entonces, puede ser larga. Y, de paso, advierte: «No sé para qué pierden tanto tiempo haciendo discursos sobre el calibre de un arma u otra para permitirla. ¿Para qué debatir entre un arma de guerra y otra que no lo es? Son todas armas, la 45 y la 22». Claro, bien sabe Blumberg que admitir una 22 es desconocer que ésa es la preferida de los killers profesionales y que con una de ellas fue asesinado Robert Kennedy. Los legisladores, en cambio, entendían que era un juguete.
Blumberg fue, ayer, todavía más certero. Prometió que habrá más marchas -que invitará a hacerlas, claro-si no se accede a las demandas cada vez más sólidas y firmadas por la gente (ahora, para ayudarlo, se anotaron los canillitas, los garajistas y hasta los evangélicos con los reclamos a suscribir) y recordó dos cuestiones puntuales. Una, referida a la desidia: «Hace mucho tiempo que estas propuestas ingresaron en este recinto y ustedes nunca las trataron». La otra, al dolor: «Sé que si mi hijo viviera, los habría asistido a ustedes. Porque estudió duro, se recibió, trabajó y seguramente hubiera colaborado para que legislaran mejor. Tratemos de que otros hijos, en las mismas condiciones, no sean asesinados».
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