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Mirás llega a la cima luego de haber sido auxiliar del ya fallecido monseñor Antonio Quarracino -de quien, a su pedido, Bergoglio es sucesor- y con seguridad debe haber alegrado al retirado obispo de Córdoba, Raúl Primatesta: fue éste quien lo encumbró a Mirás como la «pluma» de la Iglesia en los últimos tiempos, en reemplazo de monseñor Carlos Galán -ya jubilado-, a quien difícilmente nadie le corrige sus documentos. Se le reconoce una cualidad no frecuente entre los sacerdotes: dice todo lo que piensa.
Pero esa frontalidad sin reparos políticos (ya que se desentiende de esta actividad) le ocasionó algunos tropiezos. Por ejemplo, en los últimos meses se pronunció a favor del cuestionado obispo santafesino Edgardo Storni (denuncias durante años de varios seminaristas por non sanctas prácticas sexuales), quizás sin imaginar que el Vaticano le prohibiría a éste dar misa, con velocidad no frecuente en los trámites de la Iglesia. También, políticamente, esa actitud lo enfrentó con Carlos Reutemann, a quien le endilgó alguna responsabilidad en los ataques a Storni porque éste se oponía a una ley de juego gestionada en la provincia.
Si puede parecer un retroceso lo de Bergoglio (recién regresado de Roma), más expuesto en la derrota ha sido el «club»: Casaretto no fue contemplado y esto representa una crítica a su labor en el diálogo con el gobierno y otros sectores. Curioso, lo objetan por los vínculos con la clase política, la misma a la cual Casaretto desprecia. Otro dato final y a tener en cuenta: ha sido incorporado a la cúpula monseñor Domingo Castagna (obispo de Corrientes), un hombre que no reconoce logias ni dependencias, otro cambio significativo como la misma designación de Mirás.
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