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Este fin de semana, por ejemplo, además de los chistes por tan insólito traspaso, se hablaba entre comensales del nuevo verbo «borocotear» como sinónimo de cambio, de dar vuelta. «Andá a borocotear el asado a ver si se te pasa», se escuchó en un quincho.
La fuerte repercusión por la actitud de este médico pediatra, criticada además por todos los analistas políticos, ya trae otras consideraciones más profundas que lo dicho sobre qué es traición al votante que emite sufragio por una línea política para que el candidato, una vez electo, se vuelque a lo opuesto. Por ejemplo, en la actitud de Borocotó muchos ven simbolizado el extremo de algo que prevaleció para los últimos comicios del 23 de octubre: un asombroso traspaso de hombres al oficialismo en cantidades que no se recuerdan en la historia política del país, lograda no por descubrir coincidencias de ideas sino por los fondos públicos inusitados de que dispuso el gobierno por el boom mundial de la soja. En definitiva, tantos pases molestaron a los argentinos.
También se nota un cierto mayor respeto -no mucho, pero algo más- hacia el político profesional. Borocotó significa que los advenedizos a la política, «los nuevos» que tanto se reclamaba para que «se vayan todos», son capaces de felonías peores que los veteranos hombres públicos conocidos. Un legislador político tradicional si está dispuesto a un «traspaso» lo hace un día votando por fuera de su bloque, va entrando en colisión de ideas con su bancada y en un determinado momento aparece en el otro lado. Pero no hay antecedentes de que el giro total hacia otra fuerza política -y además opuesta en ideas- lo haga apenas electo e, inclusive, antes de jurar como legislador.
La otra consecuencia que se analiza de esta sorprendente «borocoteada» es que Néstor Kirchner se ratifica no sólo como gobernante sino como un hombre extraño al común de los argentinos, que por eso no entienden la mayoría de sus actitudes, enojos, arrebatos no bien meditados y posiciones más habituales (su actuación en Mar del Plata, por caso). Surge esto porque el traspaso del pediatra al hoy oficialismo fue presentado -con conferencia de prensa y fotos oficiales en el despacho presidencial- como si fuera un óptimo hallazgo del gobierno que iba a impresionar favorablemente a los argentinos y resultó todo lo contrario.
No se cree que el Dr. Eduardo Lorenzo (de seudónimo Borocotó, como se lo conoce, porque lo usaba su padre, un legendario comentarista de fútbol de los años '40 a '60) pueda desempeñar bien, frente a la bromas inevitables, los «altos cargos» legislativos con que la Casa Rosada adquirió con nula escrupulosidad su «pase», aunque cumpla y se los otorgue.
La vida política es cruel en imputaciones aun con figuras con menos trapisondas. También el gobierno cumplirá con el puesto oficial en el Estado prometido a su hijo como parte de la operación, pero nadie querría soportar lo que tendrá que sobrellevar también el vástago. Y los primeros verdugos serán los de la propia izquierda donde ahora se ubicaron los Borocotó porque saben que figuras con este tipo de gesto los afectan. Hubieran sido despiadados si alguien se hubiese pasado al centroderecha pero suelen ser más crueles con quienes juegan de izquierdosos, de repudiadores de militares ahora cuando ya no están en el poder y entonces se rasgan las vestiduras criticándolos después de haberlos usufructuado y apoyado. La izquierda le puede aceptar un traspaso a «Clarín» y las fotos de sus directivos con los dictadores Videla y Massera porque les aporta monopolio de prensa para influir en la opinión pública. Pero Borocotó...
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