El voto que no se dio -por abstención, voto en blanco o impugnado-equivale a 11 millones. Muy alto en un padrón de convocatoria de 24 millones. En un país con emisión de sufragio obligatoria es grave, resta fuerza a la democracia. Pero curiosamente la economía del país, vapuleada hasta con crueldad en los discursos del proselitismo con postulados demagógicos o distribucionistas sin respaldo, sale mejor en su propósito de recuperación por el debilitamiento de sus atacantes. Ambos aspectos, el político y el económico, se reflejan en estas dos notas.
El voto en blanco, el voto impugnado y el ausentismo se mantuvieron ayer, en la observación de la elección del domingo pasado, como la manifestación más importante del electorado. No es para menos: sobre 24 millones de empadronados, habilitados para votar, sólo lo hicieron 14 millones de manera positiva, favoreciendo a algún candidato. El resto no concurrió o apeló al voto rechazo. Sencillamente porque significa una impugnación a la legitimidad de la dirigencia política que recuerda a otros momentos del pasado argentino. El caso de Arturo Illia, que gobernó con 22% de los votos, podría equipararse al de candidatos que salieron primeros con poco más de 20%. Por más que en el caso de Illia su falta de representatividad se debiera a una proscripción, la del PJ, y la de los actuales senadores obedezca al desencanto de los ciudadanos. No se pueden equiparar tampoco estos fenómenos en sus consecuencias: en el pasado, cuando un sistema político quedaba minado por la falta de sustento popular, caía a manos de un golpe militar. Es un desenlace que no puede contemplarse en la actualidad, pero eso no disminuye la herida que introduce en la política semejante grado de repudio por parte de la población. Queda por verse, además, si existe o no un vínculo secreto entre la abstención y el voto nulo y la evasión fiscal. Es decir, si no son dos caras de la misma sustracción de los ciudadanos ante la esfera pública y la manera en que es administrada. En Brasil, donde hasta el desencanto tiene modales cómicos, hubo antecedentes memorables de este tipo de voto antipolítica. El hipopótamo del zoológico de Rio de Janeiro, Cacareco, sacó 100.000 votos como intendente de San Pablo en 1958 y se postuló en 1960 como candidato a presidente: salió segundo, después de la fórmula Janio Quadros-Joao Goulart. (Como en el caso Illia, también después hubo un golpe militar invocando falta de legitimidad.) Una adhesión similar consiguió un mono, Macaco Tiao, también cautivo del zoológico carioca (semillero de políticos, por lo que se ve), que salió tercero en la elección de intendente de Río en 1988. Saliendo del reino animal, la popular Xuxa hizo una excelente elección, sin postularse, cuando Fernando Collor de Melo conquistó la presidencia de Brasil en 1990.
El fenómeno del «voto rechazo» pone en una perspectiva distinta los triunfos de la elección del domingo. Es cierto que Carlos Reutemann triunfó con su candidato Oscar Lamberto. Pero fueron casi duplicados por el voto en blanco y nulo, que superó 30%. Lo mismo pasa con Rodolfo Terragno en la Capital Federal: triunfa con un módico 21,43% y casi lo dobla el «voto rechazo». Es una base muy estrecha para una convocatoria como la que viene realizando para cambiar el modelo económico y generar una fuerza nacional para 2003. Nadie se impuso en la ciudad de Buenos Aires con tan pocos votos y debería recordarse que De la Rúa tuvo una derrota que todavía lamenta en 1993, con Martha Mercader, quien obtuvo 30% de los votos. En definitiva, nunca con tan poco los candidatos consiguieron tanto. Y eso que no se computa en estos datos el nivel de ausentismo, que fue también inédito. Otra perplejidad del voto en blanco y nulo es que alimenta aquello que quiere repudiar, al menos si se miran sus efectos institucionales. Nunca, desde 1983, el PJ y la UCR vieron tan reducida su base de apoyo electoral. Ni siquiera en 1994, durante las elecciones de constituyentes, cuando se puso a consideración el controvertido Pacto de Olivos. Sin embargo, como el voto en blanco o el nulo no tienen representación en bancas, nunca desde 1983 el PJ y la UCR monopolizaron tanto el Congreso. Las terceras fuerzas se vieron retraídas el domingo y por eso la principal víctima del «voto rechazo» fue Elisa Carrió: era la candidata natural a canalizar el descontento pero la ciudadanía prefirió votar a un prócer, un personaje de ficción o a nadie. Por eso resultó una falacia el argumento que ella esgrimió el domingo por la noche, cuando explicó su mala performance en el dinero que vuelcan en la política los partidos tradicionales. Los votos que ella podía pretender no fueron ni al PJ ni a la UCR, sino que se manifestaron como un repudio que la incluye.
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El PJ podría lamentar también la aparición del «voto rechazo» y la abstención: consiguió el mismo caudal de votos de elecciones históricas. Cuando se registra la mayor ola de desencanto respecto del gobierno el PJ está en la oposición y no crece. Más aún, en casi todos los casos retrocede. Y si triunfa es más por la división del campo adversario que por la superioridad de su propia fuerza. Es lo que le sucede a Eduardo Duhalde, por más que el monopolio «Clarín» diga que arrasó, acaso sólo por su sistemática agresión a Carlos Menem. Duhalde sacó 900.000 votos menos que su esposa «Chiche» en 1997, cuando perdió frente a Graciela Fernández Meijide.
El gobierno festejó discretamente el «voto rechazo» precisamente porque no alimenta una oposición con rostro, bancas, recursos institucionales. Es una alegría si se quiere irresponsable: la queja fue fenomenal y lo afecta, sin duda. Pero dentro del radicalismo se comenzaron a escuchar interpretaciones disparatadas o de mala fe. Leopoldo Moreau o Federico Storani, por ejemplo, infieren que el «voto rechazo» es rechazo a la racionalidad económica del gobierno nacional. Es una conclusión equivocada: el rechazo a la política económica suele expresarse votando a la izquierda, aún a la más extrema, que sacó este domingo una buena cantidad de votos. Pero el voto en blanco, la abstención o el voto nulo es probable que expresen un repudio a los «ñoquis», gastos excesivos de la política y aparatos partidarios financiados con fondos públicos (contratos, etc.) que Moreau y Storani representan.
Si en el gabinete se bendecía el «voto rechazo» fue también porque, suponen, le dará una lógica a la política que sería imposible con una Carrió o un ARI crecidos electoralmente. Los ministros de De la Rúa suponen que si el ARI hubiera capturado muchos votos el PJ estaría alarmado por la posibilidad de perder adhesiones en 2003 a manos de una oposición más genuina o fuerte que la que el peronismo ejerce. Esto volvería al PJ más reacio a cualquier entendimiento con De la Rúa. Ahora en el gabinete creen que, gracias al «voto rechazo», ese peligro de un peronismo endurecido es menor.
Otro motivo de alegría para el gobierno, a pesar de la derrota en términos globales, fueron algunos resultados locales. Ganó Jujuy aunque perdió Entre Ríos y Mendoza. Pero impuso a su candidato a gobernador Horacio Colombí sobre Raúl «Tato» Romero Feris en Corrientes. Es cierto que todavía hay que esperar el ballottage y que el PJ conquistó las dos bancas de la mayoría, asociado a Romero Feris.
La aparición de un «voto rechazo» tan caudaloso comenzó a insinuar el debate sobre la obligatoriedad del sufragio. Según la tesis más corriente, en la Argentina se registraría un porcentaje tan alto de voto en blanco o nulo porque el voto es obligatorio, a diferencia de democracias donde el escepticismo o el malestar se pueden expresar en una abstención que es perfectamente legal. La objeción que enfrenta siempre el voto voluntario, no obligatorio, reduce la participación de los que menos tienen y vuelve a la política más elitista, patrimonio de gente más pudiente o ilustrada. Sin embargo, la experiencia electoral argentina desmiente este prejuicio que sí se refleja en otros países. En la Argentina al pobre le gusta votar más que al rico, que suele abstenerse y recluirse en countries el día de los comicios. Por eso Carlos Menem, astuto, pregona la necesidad de eliminar la obligatoriedad del voto: sabe que el PJ, arraigado en los sectores más postergados, ganaría sistemáticamente por esa propensión de los humildes a ir a los comicios como si fueran una fiesta.
Otra novedad de las elecciones del domingo fue la estrategia de varios partidos, sobre todo del PJ, de multiplicar sus candidaturas en varias boletas de distintas agrupaciones. Fue notorio el caso de José Manuel de la Sota en Córdoba, cuyo candidato a senador, Juan Carlos Maqueda, se postuló en 10 partidos distintos. El PJ obtuvo, por eso un porcentaje relativamente bajo (26,88%). Pero el candidato Maqueda se benefició porque absorbió la movilización de otras fuerzas, interesadas en introducir sus candidatos de menor nivel en la Legislatura o en el Concejo Deliberante detrás de un candidato «estrella». Claro que este método distorsiona el voto por confusiones: muchos electores eligen la boleta con el apellido del candidato famoso sin advertir que están votando a un partido por el que jamás se inclinarían. Es lo que puede haber ocurrido en tantos casos registrados en la provincia de Buenos Aires, donde se votaba a Duhalde en boletas de la UCeDé, que lo llevó como candidato a senador.
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