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En principio, el modo de argumentación político del gobierno conduce siempre a una especie de referéndum imaginario. Al Presidente y a su equipo les encanta presentarse como los verdugos de un antiguo régimen identificado con una época, los '90, y con un grupo, la dirigencia tradicional del país constituida por la clase política, la CGT ortodoxa, los obispos, el empresariado, la banca y toda otra institución que pueda ser calificada de «corporación». Kirchner echó mano desde el primer día al mecanismo por el cual se apela a la opinión pública para, haciendo palanca sobre esa masa indeterminada, presionar a la burocracia institucional y conseguir reformas. El mismo se encargó de aparecer ante las pantallas de TV cuando quiso remover jueces de la Corte y alentó a los piqueteros más cercanos a su gabinete en más de una oportunidad para que insinuaran que saldrían a la plaza a defender al Presidente si alguna fuerza lo afectaba. Nada nuevo bajo el sol: el general De Gaulle apeló al plebiscito en setiembre de 1958 para convalidar la Constitución que le había rechazado la Asamblea. Y Carlos Menem consiguió arrancarle el Pacto de Olivos al radicalismo (y, por lo tanto, al Congreso) luego de aterrar a ese partido con una consulta que estaba condenado a perder.
La fantasía de una consulta cualquiera que lo consagre ganador puede estar alimentada en la administración actual por otro factor: la falta de votos en el origen de su gestión. Técnicamente, se trata de un gobierno sin mandato. Es cierto que las encuestas no le han resultado agresivas y que, sobre todo en las ciudades grandes del interior del país, Kirchner cuenta todavía con más popularidad que el resto, aportes del Tesoro nacional mediante. Pero a la hora de cuantificar políticamente esas adhesiones, el santacruceño apenas tiene lo que sacó en la primera vuelta presidencial del año pasado, que perdió frente a Carlos Menem. Proveniente de una provincia despoblada como Santa Cruz, esa carencia se vuelve más severa. Se podría pensar, y lo pensaron en la Casa Rosada, que las elecciones legislativas del año próximo compensen esa falla originaria: el triunfo propio en un distrito importante cerraría aquella herida. Pero ya se descartó que esa victoria pueda obtenerse en la provincia de Buenos Aires, desafiando a Eduardo Duhalde. Y los comicios en la Capital Federal son demasiado riesgosos. Además, aunque el gobierno imponga allí a su candidato, siempre lo hará de manera fragmentaria como la mejor minoría, dado otros candidatos fuertes. Nada que permita decir que el gobierno se legitimó de manera nítida, masiva. Kirchner advirtió ya este problema y por eso busca ubicarse en la jefatura del PJ, desde donde podría quedar asociado aunque sea formalmente a triunfos ajenos, como los de muchos caudillos de ese partido que ganarán sus distritos.
Pero con esto tampoco alcanza para abrir un nuevo ciclo de liderazgo nacional, como el que inauguró Raúl Alfonsín en 1983 o Carlos Menem en 1988/'89, al imponerse sobre Antonio Cafiero y ganar la Presidencia de manera abrumadora. En cambio, un plebiscito que identificara el resultado ganador con la figura del Presidente acaso rompería este nudo gordiano del que están libres otros líderes de la región, como Lula da Silva, que es reconocido como jefe por media clase política de Brasil.
Hay un motivo más para que el elenco gobernante en la Argentina imagine una consulta: hoy -mientras no pague a acreedores, al menos- le sobra plata. Como se sostuvo en este diario en la cobertura del referéndum de Chávez, la oposición que debe enfrentar a un gobierno petrolero con el barril a u$s 47 es una oposición que pelea con una mano atada. Los populismos tienden a establecer relaciones líder/masa no mediadas por las instituciones (es la «democracia participativa» que defiende Hugo Chávez, en contra de la «representativa»), también se inclinan por establecer opciones dramáticas entre el antiguo régimen y la nueva aurora que representa el gobierno; pero si estas operaciones no cuentan con capacidad para distribuir los beneficios materiales de un momento de altos ingresos, la grandiosidad de los populismos luce patética.
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