Al nuevo secretario del Tesoro no lo quiere Wall Street

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Washington (Bloomberg) -¿Es imprescindible que el próximo secretario del Tesoro de Estados Unidos venga de Wall Street?

La pregunta ha vuelto a cobrar vigencia con la selección de Paul O'Neill, ahora presidente del directorio de Alcoa Inc., para secretario del Tesoro en el gabinete del presidente electo George W. Bush.

La decisión decepcionó a ciertos analistas de Wall Street, que nunca habían oído de O'Neill. Algunos pensaban que Bush nombraría a una persona con más experiencia en los mercados financieros. La pericia de O'Neill es en el gobierno y la industria.

Es fácil ver por qué Wall Street podría haber estado más a gusto con uno de los suyos al timón de la política económica, sobre todo después de la reciente gestión de
Robert E. Rubin, quien pasó casi toda su carrera en Goldman Sachs & Co. antes de encabezar la Secretaría del Tesoro.

Los mercados adoraban a Rubin.
«Es el mejor secretario del Tesoro en la historia norte-americana», dijo Allen Sinai, ahora presidente ejecutivo de Decision Economics Inc., una firma de Wall Street, en un desenfadado elogio a Rubin en 1998. No había lugar a dudas: Cuando Rubin decía algo, los operadores bursátiles prestaban atención.

Además, la enorme expansión de los mercados financieros en los últimos años los ha vuelto más importantes para la política económica que hace diez años. El derrumbe económico asiático de 1997-'98 fue un fenómeno bursátil más que nada.

Disciplina

Sin embargo, quien examine el desempeño de los secretarios del Tesoro de los últimos decenios verá que los veteranos de Wall Street no siempre han descollado en el puesto, dice I.M. Destler, catedrático de ciencias políticas en la Universidad de Maryland.

«Los secretarios más efectivos no han venido necesariamente de Wall Street»,
dijo Destler luego de estudiar el asunto. «Es difícil clasificarlos de algún modo específico.»

De hecho, aunque Destler no iría tan lejos, algunos analistas creen que
los secretarios del Tesoro con antecedentes financieros tuvieron menos éxito en el gobierno que aquéllos provenientes de otras carreras. David M. Kennedy, que fue secretario del Tesoro en el gobierno de Richard Nixon, había sido presidente del Continental Illinois Bank antes de venir a Washington, pero muchos creen que su gestión fue decepcionante, dice Destler.

William E. Simon,
que vino de Salomon Brothers, fue un firme partidario de la disciplina fiscal, pero irritó a tantas personas promoviendo sus ideas que terminó logrando muy poco.

Donald Regan, presidente de Merrill Lynch antes de encabezar la Secretaría del Tesoro, tampoco fue un dechado de virtudes. Dejó que el dólar subiera tanto que les hizo daño a las empresas de Estados Unidos. Y dejó la gestión de la crisis de la deuda mundial en manos del presidente de la Fed, Paul A. Volcker.

La historia tampoco ha sido generosa con Nicholas F. Brady, que presidió el directorio de Dillon Read antes de venir a Washington. Brady dejó pasar la oportunidad de evitar la recesión de 1990-'91 y malogró las relaciones con el banco central porque lo criticó públicamente.

Hasta Rubin tuvo sus críticos. Algunos dicen que su mayor contribución a la política económica nacional -convencer al presidente Bill Clinton de que renunciara a sus planes originales de gastos-tuvo lugar antes de que llegara al Tesoro, cuando era un alto consejero en la Casa Blanca. Los críticos dicen que Rubin se demoró en tomar medidas para contener el derrumbe económico asiático de 1987, y que dejó el asunto casi enteramente en manos del Japón. Le dio a Clinton dudosos consejos sobre los préstamos a Rusia. Y estropeó el trato sobre el préstamo a México en el Congreso en 1995.
«Tener experiencia en Wall Street no lo convierte a usted necesariamente en un gran secretario del Tesoro», dijo Roger B. Porter, catedrático de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Harvard que trabajó en la Casa Blanca durante los gobiernos de George Bush padre y Gerald Ford. En cambio, las personas a quienes se tiene por dinámicos y efectivos secretarios del Tesoro suelen venir de otras profesiones. George P. Shultz era un economista especializado en asuntos laborales. James A. Baker era abogado y político. Y Lloyd Bentsen había sido senador federal. (Bentsen dio un tropezón espectacular una vez al comentar sobre el dólar, pero en general le otorgan buenas calificaciones.)

Cualidades

Si bien la experiencia financiera puede ser benéfica, lo que cuenta verdaderamente es cuán bien la persona comprende los problemas de la economía y formula medidas para resolverlos, dice James E. Glassman, economista principal en Chase Securities.

«Siempre y cuando comprenda los asuntos macroeconómicos, las relaciones, ésa es la clave verdadera»,
dijo Glassman.

La reputación de O'Neill en Washington permite pensar que reúne las cualidades mencionadas por Glassman. Director adjunto de la Oficina de Gestión y Presupuesto durante la administración Ford, O'Neill se forjó la reputación de ser un economista ilustrado y un funcionario capaz. También colaboró con el actual presidente de la Reserva Federal,
Alan Greenspan, que dirigía el Consejo de Asesores Económicos de Ford en aquellos años, y con el vicepresidente electo Dick Cheney, que era secretario de la presidencia de Ford. Greenspan incluso se lo recomendó a Alcoa.

O'Neill no vaciló en decir que esas relaciones son importantes, y que siguen vigentes. «Nos conocemos hace mucho tiempo», dijo sobre Greenspan.

«No es tan importante que haya una perspectiva de mercado o de gerencia, lo que uno busca es alguien que ha sido una persona efectiva y exitosa»,
dijo Hugh Johnson, director de inversiones en First Albany Corporation, quien añadió que O'Neill «es esa persona».

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