Esta nota fue escrita el lunes pasado por la tarde. Pero el lector advertirá dentro de pocos renglones la razón por la cual se la publica recién hoy. Chrystian Colombo, el jefe de Gabinete, congregó ese lunes en su despacho a todos los voceros del gobierno, es decir, a los que -hay que suponer-están encargados de que la actividad oficial se conozca más acabadamente. Ante ese pelotón de portavoces de los distintos ministros y secretarios, Colombo instruyó: «No quiero que lo que se hable en esta reunión aparezca publicado en los diarios de mañana». El lector sabrá disculpar la demora en conocer lo ocurrido a comienzos de esta semana.
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Hecha esa salvedad, el «Vikingo» comenzó a exponer sus pretensiones ante los responsables de hacer conocer lo que piensa y hace la gestión de Fernando de la Rúa: «Deben organizarse las prioridades de comunicación según las necesidades que establezca el gobierno. De las reuniones de ministros saldrá un esquema de las actividades que deben divulgarse de tal manera que la imagen del gobierno mejore». Nada contra estas intenciones. Es impensable que un gobierno como el de la Alianza ande en busca de un Raúl Apold, aquel jefe de propaganda y comunicaciones del primer peronismo, al que los radicales de entonces convirtieron en emblema de la manipulación y la censura.
Dinero
Marilú Smith, digna representante de «su» ministro, Héctor Lombardo, fue la primera en interrumpir al dueño de casa para hablar de plata. «Yo conozco bien cómo se hace prensa; vengo de los Estados Unidos y allí se obtienen éxitos importantísimos pero para eso hace falta dinero, publicidad», adoctrinó, revoleando la mirada alrededor del salón.
Alguien le preguntó a la experta para quién había trabajado en Norteamérica y ella contestó, suelta de cuerpo: «Para Al Gore». Hubo sonrisas. A Colombo le pareció una falta de respeto que se pidiera dinero en su oficina, donde lo único permitido es el recorte: «No, no, no -dijo, de inmediato-estamos hablando de prensa, de difusión. Sepan que plata no hay y que publicidad es otro tema, que se maneja en otra parte».
Alguien mencionó a «Antonito» De la Rúa para explicarle en voz baja a un colega a qué se refería el jefe de Gabinete. Pero el otro, entendido, lo corrigió: «No es así; Antonio ya abrió el juego. 'Coti' lo juntó con 'el jefe' en su casa de Pilar el lunes pasado a la mañana y arreglaron los tantos». Cuando el experto iba a revelar quién era «el jefe» lo tapó una vocero, Analía Argento, encargada de que el público conozca lo que hace Federico Storani: «Creo que está bien que querramos manejar mejor la información que se les da a los medios, para que se pueda mejorar la imagen de la gestión. Pero para eso se necesita la colaboración de cada uno de los jefes. A mí 'Fredi', por ejemplo, no me cuenta 50% de lo que hace y así no se puede trabajar».
En ese momento, demorado, ingresó al encuentro el secretario de Medios de Comunicación, Darío Lopérfido. Lo acompañaba Ricardo Rivas, «Tachuela», el hombre que le destacaron como segundo para que se encargue de dar operatividad a una secretaría algo somnolienta. Pero el contagio fue al revés del esperado: Rivas, quien siempre se vanaglorió de su puntualidad, llegó una hora tarde, como es costumbre en su jefe.
Reproche
El portavoz de Graciela Fernández Meijide aprovechó la entrada del dúo. Todo el mundo lo miró como si fuera un extraterrestre: tan raro resulta hoy un frepasista integrado al resto del gobierno. Se trata de Jorge Bernetti, un nostálgico del «campo nacional y popular» a quien le quedaron algunos reflejos verbales de la época en que enseñaba comunicación en La Plata. Fiel a ese antecedente y a su matrimonio con Adriana Puigrós, Bernetti «bajó un poco de marco teórico» (según describió un vocero a este diario) y aterrizó luego en un reproche a Lopérfido, indigno de aquellas elevaciones conceptuales: «Darío, te quiero hacer notar que Graciela no aparece nunca en 'ATC'». No tuvo respuesta.
A esa altura del conciliábulo, Colombo precisó más claramente la metodología que pretende instaurar dentro del gobierno en materia de difusión y propaganda. «En las reuniones de gabinete se van a fijar las prioridades de lo que haya que comunicar. Y una vez por semana, los lunes, ustedes van a mantener reuniones de coordinación», adelantó. Después presentó a quien será el coordinador de toda esa tarea, encargado también de articular las tareas de prensa del Ejecutivo con las del Congreso y los partidos políticos oficialistas.
Esa especie de «big brother» será Marcelo Stubrin, cuya presencia en el encuentro nadie se explicaba hasta ese momento. Su función será evitar que se produzcan situaciones irritantes como, por ejemplo, la escena de celos de De la Rúa por una encuesta en la que José Luis Machinea aparecía más recuperado que él después del salvataje financiero.
Entusiasmo
Todos quedaron entusiasmados cuando se adelantó cómo se trabajaría en adelante para «administrar la información». Sólo Nuria Pedregal, la vocero de Jorge de la Rúa, pidió disculpas por ausentarse. Dijo que «me voy de vacaciones a España pero les dejo a alguien en mi lugar». Ni falta que hace, dijo un experto: aunque aparentemente muy republicano, el ministro de Justicia tiene pánico del periodismo y dicen que sólo se relaciona con una lista de profesionales que le recomendó Lopérfido. Menos temeroso, a Ricardo Ostuni -nada menos que el portavoz del Presidente-le pareció ociosa tanta organización. Entró al cónclave silbando un tanguito y al rato de escuchar lo que se hablaba opinó en voz baja: «Acá hay que moverse como nos movíamos en la intendencia, ¿te acordás? Un whisky con los periodistas al final de la tarde y uno cuenta allí todo lo que quiere ver en los diarios al día siguiente». Se lo dijo, cómplice, a Javier García, el divulgador de Federico Polak que antes convirtió en astro a Héctor Polino.
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