Al estrenar su nuevo título de director del Banco Central, Alfredo O'Connell -quien se atribuye haber sido el creador de la carrera de Economía, en la UBA, en 1959, quizás porque estaba en una comisión de estudiantes que alargó el curso de contador- disertó al mejor estilo Noam Chomsky. O sea, como si fuera un experto en política internacional y no un especialista en materia financiera. Tal vez sea esa su condición, aunque entonces no se entiende para qué ha sido designado en la institución que preside Alfonso Prat-Gay. Vale la pena escuchar sus originales ideas.
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Por ejemplo, la novedad de que los Estados Unidos son un gigante con pies de barro (o, para intelectualizar más la definición ante sus oyentes, «un Hegemón Malevolente», inspirado quizás en el jueguito de videos de chicos sobre una pelea en Tebas). Al menos, reconoce que no padece un antinorteamericanismo extremo, y acepta el gigantismo, esa perversa macrocefalía universal serían sus palabras. Por si no alcanzara esa lindeza creativa, la base de su exposición -finalmente proviene como docente de la Flacso, hoy cantera con contrato de varios ministerios y cátedras propensas a vaticinar catástrofes que no se cumplen- lanzó su profecía, tremendista claro: la situación devastadora que padecerá EE.UU. debido a la gravedad de su déficit y su bélica pasión invasora (a él, claro, lo que lo inquieta son los coletazos que sufrirá el mundo por este acontecimiento). Más o menos como aquellos augures, a propósito de otros déficits anteriores, que le concedían una futura hegemonía a Japón (y ya lleva más de una década de recesión) o el general Perón anticipando la Tercera Guerra Mundial. Hubo profesionales de la economía local que lo escucharon como si fuera la primera vez, quizás creyendo que destacados economistas y universidades norteamericanas no se interesaron nunca, por ejemplo, en el impacto del déficit sobre imperios crecientes, como Roma.
Pero, al vivir con lo nuestro, hay que conformarse con este gurú que conoce la blandura de la tierra debajo del hemisferio norte. Es que, inscripto desde el subdesarrollo en esa lista de economistas norteamericanos que intentan provocar escándalo en su país -y predican el derrumbe de Washington casi con el mismo entusiasmo didáctico de Bin Laden-, O'Connell también se postula como oráculo doméstico: «Los argentinos tendremos mucho lío por bastante tiempo, negociaciones truncas, éxitos, fracasos. Andaremos a los golpes. Pero tengo la impresión de que la crisis brasileña nos terminará dando una mano porque el buen alumno de la clase (Lula) va a tener un problema». O sea, que la buenaventura llegará a la Argentina merced a la desgracia de Brasil, otro «gigante con pies de barro» para su entendedera. Magnífico funcionario que, al mejor estilo árabe, espera en el umbral pasar el cadáver de su enemigo. Desde esa mediocridad conceptual (no hacer aguardando la desgracia ajena) se hizo decadente una civilización. Total, como decía el raro maestro de Cambridge -universidad por donde también pasó O'Connell-, «al final todos estaremos muertos». Uno suponía, escuchando a otros hombres de este mismo gobierno, que el país se beneficiaría si prosperaba un vecino como Brasil. • Opiniones
Una contradicción, claro, aunque O'Connell, de obsolescencia «cepaleana», tal vez en su juicio ofrezca el dato estratégico de Economía (Ministerio que lo recomendó para el cargo, junto con el radical Rodolfo Terragno). No cerrar o dilatar el acuerdo con el FMI a la espera de la caída de Brasil, de modo que el organismo internacional luego imponga condiciones menos severas. Es decir, mostrar los escombros de Lula, amplificar la frase ¡otra vez se equivocó el FMI!, la culpa no es argentina sino de los otros. A propósito de esto: ¿y por qué no esperar a que caigan los Estados Unidos? Estas ideas pueden estacionarse en la mesita de luz para cualquier noche de insomnio, preocupan en cambio cuando anidan en el directorio del Banco Central.
No le alcanzó al flamante funcionario, hombre de reminiscencias radicales, con denunciar el mal camino y las malas compañías de Brasil. Sacerdote o Savonarola económico también aludió con desprecio al presidente chileno Ricardo Lagos, de presencia confirmada con Néstor Kirchner este mes, quien se atrevió a nombrar como titular del Banco Central a un economista de derecha (o liberal, que tal vez sea lo mismo en la monserga militante de O'Connell). Imperdonable designar a un presunto Pedro Pou del otro lado de la Cordillera, casi una afrenta la que el país vecino le ha hecho al nuevo director del Central argentino quien, ni en un instante de modestia, acepta la consistencia económica trasandina de los últimos 20 años. A la mediocridad de la desgracia ajena le incorpora la envidia. Del mismo atrio intelectual, O'Connell anuncia dramáticos tiempos para la economía uruguaya, gente tan insensata sobre su futuro que hoy, a pesar de su crisis bancaria, todavía capta ahorro de argentinos -más insensatos, claro-que no creen ni en el protector Lavagna ni en su protegido O'Connell.
Interesan también otras opiniones del maestro funcionario, quien ve a la economía como un vicio que quiere abandonar (¿lo habrá contraído realmente?) y se felicita porque hoy no lleguen capitales al país ya que, de ese modo, se estimularán otras formas económicas. Supuestamente el canje, el cartoneo, «los créditos» (esa moneda vil de los nodos con los que se humilló a los indigentes) o artificios que, se supone, por ahora no contempla el Banco Central. Debe haber, inclusive, otras formas económicas si prospera la investigación arqueológica de este O'Connell. Es el advenimiento que esperaba la institución, el hombre para dialogar con un ex yuppie del JP Morgan como Prat-Gay. Si hasta podrá recomendar «un poco de inflación», casi como el venerable Raúl Alfonsín, casi la Argentina como tantas veces se puede equivocar de nuevo.
Queda, de la disertación, una inquietud: conociendo a O'Connell, ¿no será hora de que los inversores del mundo se abstengan de concurrir con sus fondos al gigante de pies de barro y depositen todo en la Argentina? Gente tonta que no escucha, ni siquiera los privilegiados ahorristas de Santa Cruz.
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