30 de agosto 2002 - 00:00

De: un ciudadano asustado A: otro ciudadano asustado

Déjenme empezar reproduciendo un monólogo de un personaje de la novela de Rosa Montero «La hija del caníbal». En este párrafo Ramón -que así se llama el personajefuncionario público corrupto le explica a su mujer su «versión» sobre las razones de su corrupción: «...Yo creo que en el mundo hay un puñado de gente sin escrúpulos. No son muchos, pero son tipos verdaderamente impresentables... Y luego hay otro puñado de gente decente. Pero decente de verdad, ese tipo de personas que son fuertes y generosas y llenas de seguridad moral y que jamás harán nada malo aún en la peor de las circunstancias... Y yo creo que en medio de estos dos extremos se extiende una masa amorfa de individuos, la enorme mayoría, personas bien intencionadas y agradables, pero débiles, o cobardes, o demasiado ambiciosas, o inseguras... Esta enorme masa se portará de maravilla durante toda su vida si no es tentada a portarse mal. Pero en épocas de desmoralización o de infamia o de corrupción caerán en el delito o por lo menos lo permitirán y se harán cómplices... Verás, uno no se corrompe de la noche a la mañana... No sucede así, no sucede así. Al contrario, las tentaciones son peque-ñas, múltiples, graduales. Vivir es ser tentado, sabes. Todos los días de tu vida tienes que tomar decisiones que poseen cierto fondo moral. Y uno decide. Vas dando pasitos. Para adelante, para arriba o para abajo. Y cada pasito te conduce al siguiente. Por ejemplo, empiezas aceptando un pequeño sobre mensual para redondear tu sueldo. Puede ser una cantidad modesta... y es un dinero que aparece en los presupuestos disfrazado como una compra de material de oficina, por ejemplo. Sí, claro, es una irregularidad, pero, en fin, ya se sabe cómo es la administración, hay que hacer estas tram-pas porque si no, la burocracia impediría que te aumentaran el sueldo. Y tú crees merecer esas cincuenta mil pesetas de más, eso desde luego. Las mere-ces, te dice tu jefe, que es quien te las paga y se paga de paso el triple a sí mismo. Y además, ¡es tan poca cantidad! Y todo el mundo recibe el mismo sobre, no vas a ser tú el único idiota que se queda sin ello... Empiezas así, con una tontería y después vas necesitando más dinero y eres cada vez más ancho en tus criterios. Entonces te piden pequeños favores a cambio de ese sobresueldo, y tú vas aceptando; y así pasan los años, y tú has seguido diciendo que sí a todo; y al final te descubres encerrado en una habitación como ésta, explicándole a tu mujer que eres un cerdo».

• Historia real

Si lo depuramos del cinismo del personaje y suponemos que el conjunto de personas decentes es un poco mayor del que sugiere Ramón, ésta es la historia de lo que está pasando con la policía de la provincia de Buenos Aires y su relación con la política y el delito.

Todo ese sistema funcionaba dentro de un razonable «equilibrio ecológico». Había cierta tolerancia y complicidad entre la seguridad, la Justicia, la política y el delito. El «quinielero» del barrio conocido por todos, vinculado a los punteros políticos y protegido por la policía de la zona. Las «chicas» y sus empleadores, también con las mismas «conexiones», etc. En algún momento, como su-cede también en los ecosistemas, algo lo sacó de ese particular equilibrio. Quizás la introducción de la droga y el dinero grande; quizás, el deterioro creciente de la estructura presupuestaria por la mala administración que llevó a decirle a los policías «pagamos los sueldos, pero ustedes consíganse la nafta y el morfi»; quizás el encarecimiento de los costos de la política, en donde la movilización de los militantes ya no se hace por idealismo, sino que se compra y en donde los medios de comunicación masivos, más «caros», tienen una mayor participación en las campañas. Quizás, simplemente, por la suma de esas pequeñas cosas que llevan a que lentamente la línea entre lo bueno y lo malo, entre lo tolerable y lo intolerable se vaya borrando, desvaneciendo. Como diría el personaje de Montero «eres cada vez más ancho en tus criterios».

Los intentos de restablecer el orden encarados por Duhalde, Ruckauf y Solá fracasaron en medio de ideologías de distinto signo, pero un denominador común, la falta de profesionalidad y de verdadera vocación por encarar una solución de fondo.

El cuadro se completa si se suman cuestiones objetivas derivadas del brusco incremento de la pobreza, el desempleo y la indigencia, de los últimos meses y el hecho de que la plata no está en los cajeros sino en las casas o en cuentas fuera del país y que, por lo tanto, para hacerse del dinero, los ladrones necesitan otras formas de delito y otra logística. El sistema de Justicia y seguridad de la Argentina está colapsado. El monstruo está fuera de control. Más de 80% de los presos son procesados, sin condena. Más de 9.000 presos están en comisarías, con lo que ello implica en materia de seguridad, por un lado, y en materia de absorción de recursos policiales por el otro. Las cárceles están desbordadas y, obviamente, en ese contexto, ni sirven para aislar a los presos de la sociedad, ni mucho menos para rehabilitarlos. La tasa de reincidencia y la falta de control de antecedentes es, en ese sentido, reveladora.

• Costos

Sin embargo, el costo por preso era de 100 dólares por día hasta el año pasado y hoy, pesificando, rondará los 28 dólares, cuando el sistema privado chileno no supera los 10, 12 dólares. (Dicho sea de paso, para los ideólogos, hasta la estatista Francia, tiene privatizado el sistema de cárceles, incluida la seguridad interna.)

Afortunadamente, hay muchas cosas que se pueden hacer para desarmar al monstruo. Desafortunadamente, la vieja política es parte del problema y no será solución.

Ojalá que la indignación y el miedo que hoy nos domina, nos lleve, positivamente, a exigir el cambio dentro de la ley, de la buena ley. Citando a otro protagonista de las artes, en este caso un catalán, «¡Deje ya de llorar padre, que nos han declarado la guerra!».

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