25 de enero 2001 - 00:00

El gobierno tiene ya cardenal bueno y malo

Decir que, a partir de las últimas horas, en el oficialismo se habla del «cardenal bueno» y el «cardenal malo» sería una simplificación injusta. Sin embargo, las declaraciones de Jorge Mejía, uno de los dos obispos argentinos que serán elevados al cardenalato el 21 de febrero, cayeron mal en Olivos. Experto en asuntos bíblicos, Mejía se desempeña como bibliotecario y archivista en el Vaticano. Desde allí opinó que «en este momento en la Argentina no hay una luz de esperanza demasiado viva». El prelado reconoció que el Presidente «goza de mucho prestigio, pero la cuestión es que el gobierno se mueva como tal».

La inesperada vocación de Mejía para expedirse sobre el país sorprendió a varios funcionarios, sobre todo a quienes lo creían afín al oficialismo. Es que este sacerdote militó hace más de 20 años en el denominado grupo Criterio, una corriente católica identificada con la revista del mismo nombre que Mejía dirigió desde que murió uno de sus fundadores, monseñor Gustavo Franceschi. A ese «club» pertenecen amigos de De la Rúa como Natalio Botana o Carlos Floria (a pesar del paso de este abogado por el menemismo, como embajador ante la UNESCO) y obispos como Emilio Bianchi Di Cárcano, Justo Laguna y Jorge Casaretto.

«¿Cómo puede ser que hable de política un hombre que hace más de 20 años no vive en el país?», se preguntó un contertulio diario de De la Rúa y recordó, enseguida: «Tan alejado está, que ha habido funcionarios argentinos a quienes Mejía recordó que desde hace tiempo posee la nacionalidad vaticana». Estas memorias, siendo ciertas, entrañan cierto desdén provocado en el disgusto por las declaraciones del prelado. Pero tienen algo de cierto: la designación de Mejía como cardenal tiene más que ver con los rituales burocráticos romanos que con la vida de la Iglesia argentina.

Las comparaciones parecieron inevitables para alimentar este nuevo estado de ánimo referido a Mejía. El arzobispo de Buenos Aires comenzó a insinuarse como el «cardenal bueno» en la libreta negra del gobierno: «Bergoglio es otra cosa; ni siquiera vive en la casa que el arzobispo tiene asignada en Olivos y prefiere el departamentito de la curia, donde él mismo se calienta la comida. Nada que ver con 'el otro', que pasa sus días en el Palazzo San Calisto», describió un experto del Ministerio de Relaciones Exteriores. Efectivamente, el obispo vive en un piso que se encuentra en ese palacio, en la plaza San Calisto, en el Trastevere, lo que, más que motivo de censura, parece ser razón de envidia dentro del gobierno.

Si se observa bien la ubicación de Mejía en el espectro político de la Iglesia, no deberían asombrar sus declaraciones. Podrían corresponder a cualquier filo radical -como todo el grupo Criterio-desencantado con la orientación que le impuso el Presidente a su administración.

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